Kintsugi

Llega un momento en la vida en que lo mejor es abrazar las imperfecciones propias con el único propósito de lograr la paz interior como trampolín hacia la realización personal, deportiva o profesional. O incluso las tres juntas. Tiene que haber muchos términos que profundicen en la materia, pero me fascina el japonés: Kintsugi. Reparar las fracturas de la porcelana con resina mezclada con polvo de oro como sublime metáfora de la fragilidad del ser humano, y de que podemos hacernos más fuertes partiendo de nuestras cicatrices.

Dicen los expertos en Kintsugi que la autoestima, la humildad y la confianza son conceptos trascendentes a la hora de recomponernos, siempre sin escondernos porque, aseguran, la felicidad no viene de fuera, sino de dentro.

Y yo, que escribo de deporte en esta tribuna que tan generosamente me ceden, pienso en aquellos enormes atletas como Rafael Nadal, Carolina Marín, Mireia Belmonte o Pau Gasol que han sabido regresar a la élite después de traumáticas lesiones, situaciones familiares delicadas o, simplemente, agotamiento. Y también encuentro procesos similares en los campeones locales David Llorente o Javier Guerra, que no han llegado a la cima por casualidad y que han necesitado reinventarse.

Pero no hace falta irse a la alta competición para encontrar ejemplos. Seguro que ustedes conocen casos asociados al deporte o no de personas que han sabido eliminar la negatividad de sus vidas y han utilizado las desgracias como oportunidad para cambiar de rumbo. Y es que, en la mayor parte de los casos, es mejor arreglar lo que está roto que comprarlo nuevo.