Julio Montero – Tener y buscar amigos

158

Desde que hay amigos de Facebook los amigos ya no son lo que eran. Ahora basta con que uno esté dispuesto a compartir alguna información con algunas señoras y señores, de los que solo conoce el icono de identificación que han colocado en su cuenta, a través de esa red social (cada vez mas mediatizada por sus explotadores) para que sean oficialmente amigos nuestros. Podría decirse que el mínimo nivel de amistad lo marcan precisamente los amigos de Facebook y el peor nivel de falta de sociabilidad del que se podría acusar a alguien sería: ¡no vales ni para amigo de facebook!

La tele también nos ofrece en medio de risas muchas series de amigos. Pueden o no compartir piso; pueden ser del mismo o de otro sexo; pueden ser o no compañeros de trabajo o colegas de actividad… parece que hay muchos modos de ser amigos en Estados Unidos. Lo que más nos extraña a los hispanos es su rara capacidad para gastarse unas bromas pesadísimas entre sí, que por estos territorios no aguantaría nadie. Y más sorprendente aún es la facilidad que tienen para perdonarse o ignorar esas bromas y seguir tan tranquilos con su “amistad”.

Desde luego, un amigo no es un cómplice: ni en este, ni en el otro lado del Atlántico. El compañero de fechorías puede conseguir nuestro silencio, pero no nuestra confianza. En el fondo ambos estamos atrapados por el mal cometido a pachas. No es necesario que sea un delito (aunque más veces de las previstas acaba siéndolo, basta con ver la prensa). Es suficiente con que la hazaña sea vergonzante. Ni siquiera se requiere que reúna los requisitos de aquellas aventuras que solo pensarlas nos producen sonrojo. El cómplice no es un amigo: es un chantajista potencial, con la única ventaja (si no es demasiado sinvergüenza) de que la reciprocidad le mantiene desactivado.

Hay cómplices demasiado cercanos a nuestro entorno empeñados en que seamos amigos, en realidad en que lo parezcamos. Son los más peligrosos, porque suelen empeñarse en hacer manifestación pública de una confianza que ni les damos, ni queremos tener con ellos. Son los que llegan por detrás y te dan golpes en la espalda y te gritan (sobre todo al resto de los presentes) ¡hombre Fulano! ¿cómo estás? Como si fueran más amigos por gritar más.

Es indudable que los amigos nos aguantan. Sin esa paciencia, que nos hace disponibles de verdad para ellos, no hay amistad. Esa disposición es diferente del recorrido de puesta al día (normalmente por teléfono) que hace el interesado: otro personaje que en cuanto puede se disfraza de amigo y te llama para saber qué tal andas. Alimenta así el circuito de información que él mismo genera y en cuyo centro se sitúa. No es que le importe lo que te pasa: sencillamente quiere estar informado y que se note.

A los de mi generación nos insistían nuestras madres en que tuviéramos pocos y muy buenos amigos. No sé los demás. Yo he procurado tener muchos amigos y entre ellos siempre se me cuelan “malos”. Unos son malos para los otros amigos (y viceversa), porque por mucho que se empeñen los decires y refranes, en la amistad no siempre (casi nunca) se cumple la propiedad transitiva. Y es frecuente que algunos de mis amigos no sean amigos de algunos otros de mis amigos. No pasa nada. Aunque lo normal es que acaben acercándose entre ellos.

Luego debieran estar los aspirantes a amigos. En mi mundo siempre ha habido gente con la que me hubiera gustado tener amistad y cercanía y confianza. Las noticias y los comentarios que me llegaban de ellos eran muy positivos y los dibujaban como buenas personas. Y lo he intentado con bastantes. Siempre ha habido personas con las que ha salido bien y me gusta recordar cómo nos comenzamos a tratar y a ganar confianza. Con otras no hubo modo, o me di cuenta que aquello no cuajaría: no pasó nada. Lo importante es que la amistad puede (y me parece que debe) buscarse de manera activa, como ocurre con las novias. A nadie se le ocurre que esto último deba dejarse al albur de algún encuentro en primera, segunda o tercera fase. La amistad, además, siempre tiene algo de activo, de paso adelante, por parte de alguno. Es una garantía de veracidad apoyada firmemente en el interés desinteresado sobre el que se cimienta la amistad de verdad. Tan diferente de las formas degradadas entre las que se disfrazan los de Facebook, los cómplices o los interesados.


(*) Catedrático de Universidad.