¿Qué es un buen profesor?

Una definición para empezar: un profesor excelente es el que consigue que sus estudiantes incorporen a su quehacer lo que me gusta llamar macrocompetencias básicas. Básicas, porque sin ellas no cabe el desarrollo de otras especializadas y propias de cada área; sería construir sobre arena. En versión resumida estas macrocompetencias, son: ser capaces de comprender con sentido crítico lo que se lee o ve; escribir y hablar, expresarse, de modo claro y correcto, de tal modo que se transmitan adecuadamente los propios puntos de vista; entender y asumir que el trabajo en equipo enriquece y facilita la consecución de objetivos comunes. Por último, adquirir lo que podría llamarse mentalidad matemática: la lógica, con capacidad de deducción, y valorar las dimensiones cuantitativas de la realidad.

En resumen y para entendernos aquí: saber leer (entendiendo y dialogando con el texto o las imágenes), saber escribir (o expresarse en modo audiovisual), saber trabajar en equipo, ser capaz de comunicarse y saber matemáticas (entender lo clave del cálculo y del álgebra). Y esto en cualquier nivel educativo: en primaria, en secundaría, en bachillerato y en la universidad, especialísimamente en los grados.

¿Cómo consigue eso un buen profesor en un mundo real de 25 alumnos o más, con inteligencia y capacidad de concentración muy diversas, de manera presencial o a distancia, con un dominio muy distinto de la lengua en la que explica el docente, etc., etc.? Es una tarea dificilísima conseguirlo con todos los estudiantes del aula. Pero desde luego es imposible lograrlo con alguno si quien enseña carece de estas cualidades en un grado razonable.

Porque transmitir estas competencias no consiste en explicarlas mejor o peor, o hacer un ejercicio y luego preguntar en el examen (para que se vea que son importantes). Estas competencias y muchas otras cosas solo se logran transmitir por ósmosis, por ‘contacto’ permeable, por semejanza, por participación y con la fuerza del ejemplo… Exige del profesorado unas cualidades específicas: precisamente esas competencias que desea transmitir. Un profesor que no hace ni caso de lo que le sugiere o razona un estudiante, para no perder tiempo, porque va retrasado en le programa, no logrará que sus estudiantes valoren positivamente el trabajo en equipo. Más aún: si le admiran se irán hacia lo “práctico”: hacer directamente lo que ellos han pensado que es más rápido. Y el profe que se explica mal, o es desordenado en sus clases, mal podrá exigir (ni entender siquiera) qué importancia tiene la comunicación clara de pensamientos e ideas… ¿por qué será que en cualquier centro de cualquier nivel siempre hay un profesor al que se apoda el bikini (porque enseña todo menos lo esencial)?

Se necesitan claustros capaces de transmitir esas macrocompetencias, que no son una lección que se imparte sino un modo de hacer las cosas y de actuar… es asumir una nueva lógica y actuar de acuerdo con ella.

¿Cómo seleccionamos a los profesores de cualquier nivel para que transmitan estas macrocompetencias? Entre la administración y los sindicatos se ha conseguido un sistema enormemente eficaz para esto sea absolutamente imposible. Y eso desde las aulas de primaria a las de la universidad. No extraña por eso que bandadas de docentes de cualquier nivel circulen como zombis por los pasillos, profundamente deprimidos con su trabajo, intentando retrasar, aunque sea solo unos minutos su entrada al aula.

Desde luego no faltan entusiastas que asumen esas cualidades como una forma de vida empapada de optimismo. Y son un número increíblemente alto en las circunstancias en las que se mueven: la movilidad les dificulta dar continuidad a iniciativas. En los niveles anteriores a la universidad porque cambias de centro cada curso. En las aulas doctas porque el departamento universitario les encarga explicar cualquier cosa que nadie quiere asumir. Cuando la antigüedad se establece como único modo ‘objetivo’ de promoción profesional es que las cosas están muy mal. Están muy corrompidas. Es el reconocimiento de que no hay objetividad en la valoración de la actividad académica. Y eso es aceptar que la corrupción es imposible de atajar. De hecho fue la solución para los ascensos que asumió el ejército español como menos mala desde finales del siglo XIX.

Ese equipo de entusiastas, que no se conoce siquiera entre sí, es el que reunimos en nuestra mente cuando queremos recordar a quienes debemos más, incluso a quienes debemos casi todo, al evocar nuestro pasado. No sé qué porcentaje es mayor: si el buenos profesores o el de buenas personas que ‘sacan’ mentalmente esa foto de su vida.