Julio Montero – Odiar con palabras y odiar con hechos

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Están de moda los “discursos del odio”. Ya se habla de ellos hasta en la prensa. Hay gente que piensa que son como insultar a coro en un campo de fútbol a un jugador por su raza, o por haber abandonado el club la temporada pasada. El asunto es más serio.

Los especialistas dicen que estos discursos son la expresión pública, consciente e intencional, de contenidos despectivos hacia un grupo. Es decir, no son “calentones” de un momento en medio de un enfado. La intención es clave: se quiere herir, en lo moral y no se descarta que en lo físico alguien animado por las palabras pase a las obras. La Recomendación de la Comisión Europea contra el racismo y la intolerancia (diciembre de 2015) metía en el mismo paquete “el odio, la humillación o el menosprecio de una persona” siempre que se hiciera no por sus cualidades propias, sino por formar parte de un grupo. En fin: si la raza, el color de tu piel, la religión, tu grupo étnico o tu nacionalidad; o bien tu género e identidad u orientación sexual son motivo de palabras, gritadas o escritas, ofensivas en público estás siendo víctima de un discurso que transmite a los demás desprecio, inferioridad, deseos de que no seas así casi a cualquier precio y, sobre todo, convencimiento de que no eres igual, sino inferior, al que pronuncia o escribe eso.

Es verdad que quien emite esas convicciones se pone por debajo de cualquiera y desde luego por debajo de quien desea convertir en víctima. Pero no es igual que a un descerebrado le dé por eso en un momento determinado a que ese pensamiento sea la expresión de una convicción más amplia, incluso dominante en ciertos lugares y momentos.

En las sociedades occidentales, estas manifestaciones públicas y articuladas de desprecio se amparan en la libertad de expresión, que nadie duda sea un baluarte clave de nuestra ordenación democrática. Dilucidar entre discurso y delito es la gran dificultad para los jueces. Y la paradoja salta de vez en cuando: unas veces, atacar una religión mediante palabras ofensivas expresadas públicamente atenta contra los derechos humanos y otras veces simplemente van en contra de un acuerdo internacional que dificulta la libertad de expresión.

Pero las palabras en público, habladas o escritas, constituyen la expresión de un problema infinitamente mayor: el peligro es que faciliten pasar de los dichos a los hechos. Porque los discursos de odio llenan los argumentarios, primero de la discriminación y luego de los atentados, ataques y asesinatos.

Lo que sorprende de los discursos del odio es lo serio que nos lo tomamos los occidentales en nuestros países y el poco caso que hacemos a lo que ocurre en otras tierras de Asia (que es muy grande e incluye gentes de muchas razas, de muchas religiones y de muchos ateísmos), de África (en las mismas situaciones que Asia) y de Latinoamérica (tan llena también de fuertes diferencias discriminatorias). Precisamente es en estas tierras, tan lejanas del confort decadente que vivimos en Occidente, donde se producen los asesinatos (en realidad muchas veces genocidios) y vejaciones discriminatorias por raza, religión, condición social, identidad, etc.
Mientras tanto los dignos académicos blancos (o de otra raza o identidad) en nuestro blandurrio mundo occidental, andamos dale que dale a nuestros problemáticos discursos del odio. Es un proceso remilgado de autocomplacencia de los terribles males que nos acosan y no soportamos. En algunas dignas universidades norteamericanas hasta se preparan salas blandas y confortables para que los estudiantes bien alimentados y cuidados superen psicológicamente afirmaciones que hieren su sensibilidad: por ejemplo, que algún salvaje afirme que los cerdos tienen menos derechos que los recién nacidos.

Mientras nosotros analizamos detenidamente estas construcciones narrativas que difunden el odio, y que indudablemente conducen a la violencia en nuestro mundo, cerramos los ojos al análisis de los genocidios y asesinatos masivos un poco más alejados. Decididamente hay odios y odios; y muchos muertos valen menos que unos pocos muertos y algunos heridos. Será cosa del mercado.


(*) Catedrático de Universidad.