Julio Montero – Favores extraños… pero favores

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En Holanda, un pajarito pequeñito se había roto un alita. Eso le había impedido, con el debido justificante médico, asistir a las clases de vuelo en el centro de formación profesional para gorriones que le correspondía por asignación zonal. El otoño se le echó encima. Tocaba emigrar, pero no pudo levantar el vuelo. La familia naturalmente confió en que el ayuntamiento sociopodemita le acogería y que ya se lo encontrarían crecido y alimentado a su regreso en la primavera siguiente.

El pajarillo sin embargo se encontró en su rama más solo que la una. Las hojas además se habían caído y se sintió abandonado y expuesto a todas las miradas, incluidas las aviesas. Para evitar esta sobreexposición excitante a la curiosidad y a la pública manifestación de su abandono, hambre y desnudez pensó en echarse al suelo para pasar inadvertido.

Como estaba en las afueras del pueblo comenzó a moverse por un prado. El pasto le protegía y facilitaba algo llenar su buche, pero no lograba quitarse de encima el frío. En fin: eso se convirtió en el peligro más inmediato para su supervivencia.

En esas estaba cuando se le acercó, con curiosidad, una vaca naturalmente holandesa. Con sus manchas de piel rubia sobre fondo blanco, su rostro tan bobalicón como inexpresivo y sus ojos curiosos.

El gorrión temblaba ya de frío porque se acercaba la noche. De hecho, el bobino (o la bobina) iba camino de su establo, tan confortable y moderno, tan limpio como agradable. Y discurrieron sobre la mejor solución para evitar la muerte por hipotermia del plumífero aspirante a volador, en las horas inmediatamente siguientes. Parecía patente que el establo vacuno no era solución: a cualquier movimiento de las durmientes el pajarillo hubiera muerto aplastado. Además era un desorden: ¿qué pintaba entre las vacas un pájaro que además ni sabía, ni podía volar?

La suma de cerebros en equipo no avanzó demasiado y ya en el momento crítico de la separación, a la vaca no se ocurrió mejor idea que largar su inmensa cagada encima del gorrión. Y sobre este cayó una catarata de mierda pastosa. Al principio no supo el de las plumas cómo reaccionar; pero a los pocos segundos, pasado el instante inicial de la maloliente sorpresa, comenzó a sentir un confortable calorcito que le solucionó su problema más inminente y peligroso.

De hecho, satisfecho el estómago con el pasto y resuelto el problema del frío, se sintió primero tranquilo… y luego feliz. Tan contento estaba que se puso a cantar alegremente. Había sido una buena solución la de bajarse del árbol pensó entre trinos.

Con la anochecida entrada, inició su paseo por el prado un zorro holandés (naturalmente protegido y cuidadosamente matriculado). Aunque no era preciso, porque tenía asignada una pensión por inminente peligro de extinción, no podía evitar estar al acecho, que era lo suyo, claro. Y en esas escuchó el alegre trinar del gorrión, aguzó el oído y se dirigió, al continuar aquel rastro musical, hacia la monumental cagada de vaca que el lector puede imaginar. Le parecía soñar por aquella aparente contradicción y se quiso cerciorar. Adelantó su pata delantera derecha (era diestro) y con un poco de asco inicial retiró con prudencia la pastosa plasta, ya un poco endurecida y ahuecada.

Y allí apareció el pajarillo de marras: tan feliz y tan contento. Sus ojos se encontraron con los de la alimaña protegida y vacunada y le sonrió feliz. Tampoco había ido a las clases de animales peligrosos para pájaros de pequeño tamaño. Por eso no advirtió siquiera el peligro que le miraba. El zorro, en una actitud higiénica propia de la zona, le limpió cuidadosamente los fragmentos de caca que aún le quedaban. Podría decirse que lo hizo incluso con cuidado y cariño. Culminada su tarea se lo comió de un solo bocado, de modo rápido y eficaz. Al fin y al cabo los gorriones no estaban en la lista de especias protegidas.

Moralejas para aprender:

1. No faltes a las clases importantes de la vida, porque, si no, nunca sabrás por donde te andas y te moverás entre peligros que ni siquiera conoces.
2. No todo el que te echa una mierda encima lo hace con mala intención y para causarte un mal. Aprende a agradecer los favores aunque inicialmente resulten incómodos.
3. No todo el que te quita una mierda lo hace para ayudarte. Sé prudente y precavido.
4. Y, sobre todo, por muy contento y seguro que estés nunca las píes.


(*) Catedrático de Universidad.