Julio Montero – Decir la verdad con mentiras: la historia en el cine

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Siempre hay historiadores enfadados con el audiovisual. Antes con el cine y hoy con la televisión. En realidad con las versiones de la historia que ofrecen uno y otra. Y no te digo ya con los videojuegos: los critican y no saben nada de ellos. Nunca los han jugado. No saben de qué van. Decía en mi última columna que el cine cambia la historia: ¡gran escándalo! Alguno me ha dicho que cómo la televisión va a cambiar los hechos. Y le contesto que los hechos son los hechos y la historia es la historia: un relato racional que intenta dar cuenta precisamente de los hechos, explicarlos. Dicho de otro modo: que la historia no son los hechos.

El cine, la televisión, los videojuegos sobre el pasado, no cambian los hechos (lo normal, incluso, es que los inventen) pero sí cambian la historia: la explicación sobre esos hechos. Y lo hacen mediante un relato con imágenes, diálogos, banda sonora… a la vez que narran casi siempre una historia de amor o de odio (que es lo mismo como recurso a las emociones) que deja entender al espectador (que ha acudido allí a descansar, divertirse y entretenerse) una parte del pasado de la humanidad.

Los historiadores no suelen preguntarse nunca qué pretende explicar la película, cual es su argumento y su trama. En cuanto aparece retratado el pasado se sienten dueños de lo que allí se muestra. No les importa qué quiere decir el cineasta, sino lo que hubieran dicho ellos. A veces pienso que con esa actitud al leer “A un panal de rica miel dos mil moscas acudieron que por golosas murieron presas de patas en él”, deberíamos enseguida preguntar: A ver ¿quién ha contado las moscas?¿había en realidad dos mil exactas? ¿qué dice la documentación sobre esto? Nadie con sentido común pregunta eso, porque lo que importa es la conclusión: “Así, si bien se examina, /los humanos corazones perecen en las prisiones / del vicio que los domina.”

Algunos amigos historiadores me dicen: bien, pero que cuenten la verdad en todo aquello que no tiene que ver con el argumento. Volvamos al verso: ¿cómo mantener las ocho sílabas de “mil quinientas doce moscas acudieron”? ¿y las rimas? ¿Las cambiamos también? El verso es verso, los octosílabos son octosílabos, la rima es rima y el cine es cine… y la historia científica (la llamaré así para aclararnos) se escribe en libros gordos llenos de explicaciones y notas a pie de página y bibliografía. Algunas veces son entretenidos, pero casi nadie los compra por eso (en realidad casi nadie los compra).

Es llamativo que admitamos a la poesía licencias por ser una manifestación artística y no las toleremos en las películas. Y no se diga que hay películas históricas (y no históricas: iba a decir normales) muy malas, porque también hay poemas horrorosos (y también en número alto) perfectamente editados.

Lo maravilloso de la ficción (en teatro, en cine, en novela) es el uso de mentiras para decir verdades. Falsedades, que lo son en diverso grado y en función de cosas muy distintas, pero que resultan verdaderas en sus resultados narrativos: ¿es mentira don Quijote?

Ese juego de la verdad construida sobre mentiras se da igualmente en la vida normal. En una ciudad del norte en la que habitualmente llueve, ese día hacía un sol espléndido (cosa muy rara). Se montaron en el avión dos amigos que hacían una visita de empresa. Llegaron y rompieron el hielo hablando del tiempo. Uno afirmó que de donde venían hacía un tiempo de perros. Y que al tomar el avión llovía a cántaros. Terminó la entrevista y bien. Salieron. El callado preguntó al deslenguado: ¿por qué le has dicho que diluviaba? Para un día que hace sol… Y el hablador le contestó: para que no se hiciera una idea falsa del clima. Si le hubiera dicho que era bueno esta mañana habría pensado que exageraba al decir luego que habitualmente era malo.

Y tenía razón el hablador. Primero, no había mentido; porque el mensaje era el mal tiempo habitual, no el excelente de aquella mañana. Segundo, había transmitido bien una verdad, de modo convincente. Mientras los historiadores no aprendamos que la verdad está en el relato y no en los detalles, no entenderemos nunca cómo funciona ese nuevo modo de transmitir la historia en el mundo audiovisual en que vivimos. Y como no aprendamos serán otros (no los historiadores) quienes cuenten a casi todo el mundo la historia.

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(*)Catedrático de Universidad