Julio Montero – Como ser un buen homo sapiens (y 12). Buenas personas: test de autoevaluación

327

Los periódicos de antes sacaban cuestionarios que te decían automáticamente hasta qué punto tenías o no determinadas cualidades. Respondías sí o no a unas preguntas; luego una clave las asignaba valores positivos y negativos; al final sumabas y restabas y luego una tabla definía si eras buena esposa o marido; si te alimentabas bien o mal; si tenías o no madera de líder; etc. Supongo que también la gente quiera saber si es o no buena persona. No soy de poner números a las cualidades, pero sí se puede poner un test para que cada quien se piense cómo le va en eso.

Primero: la gente puntual en las citas y entregas merece, en principio, confianza. Detrás de este indicador tan sencillo (la puntualidad) suele haber un montón de vencimientos personales que nadie ve; pero que dicen mucho sobre la firmeza de carácter de estas personas. El que cumple en las entregas es capaz de superar las evasiones quiméricas que a todos nos rondan por la cabeza y nos meten en una nube vanidosa y paralizante. Ser puntual es buen comienzo. Porque exige levantarse a la hora: otro vencimiento del que solo nosotros somos testigos: vanidad cero. El cumplidor además tiene la valentía de enfrentarse sin retrasos tontos a lo desagradable, pesado o costoso que siempre existe en nuestro trabajo. Si no eres puntual piénsate el resto.

Segundo: los que respetan la puntualidad no son máquinas sin sentimientos. Han sido capaces de compaginar sus obligaciones de trabajo, amistad y familia y encontrar tiempo para cada cosa y disfrutar con ello. No son los sufridores responsables que parece que se pasan la vida en un calvario que nadie valora lo suficiente. No te escudes en tus obligaciones para olvidarte de los que tienes que querer y cómo los tienes que querer.

Tercero: las buenas personas son aguantadores sonrientes. Tratan bien a la gente (incluidos los más cercanos), especialmente a los que sufren o lo pasan mal; contestan con paciencia y una sonrisa (de verdad) a los cargantes e inoportunos (que no faltan) y son capaces de cambiar sus planes cuando lo exige el bien común, o el afecto a alguien cercano. En fin, soportan con buen humor (y esto es tan importante como soportar) las mil pequeñeces (o más) que nos asaltan cada día. Si tienes complejo de mártir míratelo.

Primer resumen: puntuales, cumplidores, aguantones con buen humor que saben mirar a los ojos de los demás para que les sirvan de espejo y recapaciten… y terminadores de su trabajo hasta el final, porque piensan en los que vienen detrás de ellos en la cadena del quehacer profesional en el que todos estamos metidos. Este es el perfil interior de la gente buena. A ver cómo andamos de ello.

Cuarto: los sapiens tenemos una dimensión social que también habla de lo bueno que podemos ser. En este tiempo de cobardes el primer indicador de valentía es la capacidad de corregir: a quien le toque y en el momento oportuno. No es un “aquí te pillo, aquí te mato”. Hay que decir las cosas claras, con cariño y en el momento oportuno (que no es un retraso indefinido). Padres, madres, profesores y jefes en general no pueden escudarse en sentimentalismos que reflejan más su debilidad y cobardía que el temor a las secuelas de la corrección. Hay que ajustar proporcionalmente la importancia del error, la situación del afectado y las circunstancia todas que rodeen el asunto; pero hay que dejar claro qué ha hecho mal al que ha metido la pata. Para que aprenda a hacer eso bien y mejore. Si no dices las cosas a las gentes que aprecias y que debes, échate un vistazo.

Quinto: hay que aprender a pedir perdón y a disculparse de corazón. La experiencia de irnos de la lengua es frecuente y está extendida: ¡Menudas organiza la lengua! Calumnias de todos los tamaños, verdades a medias, cosas ciertas inoportunas… hay que tener la valentía de rectificar y disculparse. Es el único modo de evitar odios y de curar heridas… y hacer la vida social llevadera en nuestro trabajo, en nuestra familia, entre nuestros amigos. Si te pasas: ponle freno a tu lengua.

En fin: un test sencillo. Y no necesita de números para que saber cómo nos van las cosas. Con que le sirva a uno, vale.