Julio Montero – Aprender a escuchar

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Vivimos en un mundo en el que prima la rapidez, el llegar primero, el dedicar menos tiempo que otros a cualquier tarea… Como si la vida fuera una perpetua carrera de campeonato de atletismo. Hace unos meses encargué a un escultor de miniaturas nueve figuras para celebrar un evento: estábamos a principio de mayo. Me dijo que el encargo no podría estar antes de octubre… y me preocupé, porque enseguida pensé que no podría pagar un trabajo que llevase tanto tiempo. Pareció adivinar mi pensamiento: “lo iré haciendo entre otros encargos, pero es que lleva tiempo mirar, y pensar y hacerse cargo de si aquello será lo que hemos hablado.”

Recordé entonces un suceso de mi época de estudiante. Teníamos un curso con dos asignaturas: historia del siglo XIX e historia del siglo XX. Propusimos al director del departamento que se impartiera una en el primer cuatrimestre y la del sigo XX el segundo. Así habría continuidad cronológica y se aprovecharía mejor todo. Y don Miguel Artola nos dijo que no: mejor que tengan ustedes tiempo en cada una para pensar y madurar, para hacer lecturas de manera tranquila. Supongo que aquello impidió que fuéramos los precursores del Plan Bolonia, pero a mi ayudó mucho a aprender efectivamente historia y dedicar tiempo a leer y a pensar las lecturas.

Las dinámicas de los concursos televisivos favorecen esta confusión entre rapidez, prisa y eficacia, aunque no hay que echarles la culpa: se dejan llevar por los vientos dominantes. Una de las consecuencias de las prisas, que es la traducción habitual de la rapidez, es que el personal apenas tiene tiempo para escuchar y menos aún para escuchar a la velocidad del que cuenta y menos todavía para aguantar los detalles de la narración. Y no escuchar a alguien es un modo de decirle que no nos interesa él, ni lo suyo. Y desgraciadamente me parece que esa conversación es demasiado frecuente ahora mismo. Podría decirse que no escuchar es uno de los signos de nuestra época.

La primera víctima de las prisas es la atención. Vamos tan deprisa que no hacemos caso a nadie. Nos parece que escuchar es una pérdida de tiempo. Y eso vale tanto para los que quieren hacer lo que se les dice como para aquellos a los que los demás les importan un bledo. Es una paradójica buena disposición (el actuar deprisa para que se vea que estamos en buen plan) que sólo de casualidad logra cumplir esos rectos deseos. Estamos metidos en un perpetuo correr y correr para no llegar a ningún sitio. No me extraña que la masturbación tenga tanto éxito. Es un aparente conseguir resultados de manera rápida. Lo que ocurre es que ese resultado está equivocado.

Supongo este empeño en no atender, en no escuchar, a los demás, tendrá que ver con la campaña, cada vez mas intensa, de ignorar los hechos biológicos patentes e innegables. Ahora la biología no puede nada ante la cultura: eres, al parecer, lo que la cultura ha hecho de ti (te guste o no), que coincide bastante con como te sientes y como te piensan o perciben los de tu círculo próximo, incluso íntimo (si es que esta posibilidad se diera en algunos casos). Si hiciéramos caso a la anatomía nos encontraríamos con una realidad brutal: tenemos dos orejas y solo una boca. Podría afirmarse que la constitución física primordial pide a los humanos que dediquen a escuchar el doble de tiempo y atención que a hablar; pero ni se te ocurra mencionarlo. Serías un vulgar retrógrado.

La ventaja de escuchar es que se puede aprender algo. Y no te digo si consigues escuchar con atención: eso sí que es grave ¡Podrías llegar hasta a pensar! Y por esa senda cabe incluso que tengas ideas propias y las expongas tan tranquilo ante la mirada sorprendida de tu fraternidad mas cercana. Tampoco sería inicialmente peligroso, porque como no te escucharían, pensarían sencillamente que dices lo de siempre, lo que dicen todos los del club. Quizá en algún momento de intimidad alguien se hiciera cargo de tu peligrosa deriva: estarías pensando de manera insolidaria, individual y egoísta. En fin, que ibas camino de dejar de decir bee en el rebaño. Y eso plantea un problema radical: el resto de la gente tendría que pensar también, aunque solo fuera para llevarte la contraria. Y, francamente, tanto esfuerzo no compensa. Es mejor buscar otros amigos. Decididamente esto de escuchar solo tiene inconvenientes y conlleva una complicación enorme. El día menos pensado unos jubilados organizan una ONG: escuchadores sin fronteras.


(*) Catedrático de Universidad.