Julio Montero – Amor y libertad

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Debo ser un personaje ya antiguo, porque cada vez me pasa más que recomiendo a mis amigos y lectores que consulten el diccionario. Parece que hable una lengua que no es castellano. Quizá sea que ese empeño por meter en las cadenas de televisión la parte más ancha de la sociedad esté difundiendo un modo de hablar cada vez más estrecho. Y ya se sabe, cuando tienes pocos términos para definir una cosa, acabas empleando el mismo para referirte a cosas muy distintas. Y cuando pasa eso viene, inevitablemente, la confusión. Ahora mismo basta con no salirse de “lo que es”, “lo que viene siendo”, “una movida” y un par de verbos de acción, para sacar adelante una tertulia.

La gente piensa que la libertad es hacer lo que uno quiera. El problema es el tiempo. Si quise una cosa (pagar un alquiler por un piso, por ejemplo) hace un año y ahora quiero pagar menos, probablemente el propietario deduzca no que somos libres, sino que tenemos una jeta impresionante.

Pero la libertad, me parece a mí, es más conseguir hacer (o simplemente conseguir) lo que realmente se ama. Querer y amar parece que yuxtaponen sus significados. Hemos eliminado amar del vocabulario normal quizá porque nos suena cursi. Ya no se escucha en el autobús, ni en el metro, ni en la calle, en esas conversaciones telefónicas descaradas y gritonas, decir “te amo”. Lo normal es el “yo también te quiero”. A los hombres y a las mujeres solo se nos desea ¡Y solo en los momentos de mayor intimidad! Del amor solo nos queda hacerlo: ¡menudo reducto le hemos dejado!

Y a veces pienso que no sabemos ser libres porque no sabemos amar. Vaya, que no sabemos ni qué es amar. El amar tiene tal sentido de permanencia que raya con la eternidad. Y su otra conexión clave es el bien. En su mejor significado sería desear siempre el bien más duradero y mejor a alguien, el amado. Gastar la libertad en eso, en conseguir lo mejor para la persona amada, darle lo mejor de nosotros se podría decir también, me parece que es la mejor inversión.

Lo mejor de ese empeño por amar así es que nos hace mejores. Saca lo mejor de nosotros y lo pone al servicio de la gente y con frecuencia genera felicidad a nuestro alrededor. La gente se lo pasa bien y muchos se animan en el mismo círculo a intentar lo mismo. Se percibe en familias, vecindarios, centros educativos, empresas, instituciones… A veces hasta se produce el milagro en las comunidades de propietarios.

Los que no saben amar, los cobardes, piensan que empeñarse en ganar todo para el amado es perder la libertad propia. Son como el Tío Gilito, el familiar rico del Pato Donald, que amasaba ingentes cantidades de dinero y era tan tacaño que su disfrute no pasaba de contarlo y recontarlo, una y otra vez, y ver como crecía… y no gastar nunca nada para no tener nunca menos. Los que almacenan así su libertad son esclavos de su indecisión; pero sobre todo de su egoísmo; porque una libertad sin compromiso es una libertad no realizada. Al final es una libertad para nada: es libertad sin libertad.

Y al contrario: cada vez que gastamos libertad, y el esfuerzo consiguiente, en cosas que nos hacen menos o nos destruyen en parte, estamos pidiendo que nos pongan las cadenas. Somos como el traidor de Matrix que vende a sus amigos por disfrutar de un mundo que sabe falso. Si estuviéramos en esas, lo único llevadero sería no despertar nunca de ese sueño, porque el final es lamentable: una vida tirada.

El negarse a amar del todo lleva a poner esfuerzo y “gastar” libertad en cosas que sabemos no merecen la pena, o la merecen solo circunstancialmente. Es una mala inversión. Muchas veces además se acaba dañando a alguien que no solo no se lo merecía, sino que tampoco se pretendía. Provoca demasiados daños colaterales.

También podemos equivocarnos al poner nuestro amor en alguien o en algo que nos empequeñece, nos hace menos, nos hace peores. Ocurre. Pero peor es escoger, a sabiendas, a alguien a quien no amamos. Lo primero es un error, tiene arreglo, difícil, pero lo tiene. Lo segundo es una desgracia, parece fácil, pero es complicado de arreglar y casi nunca se soluciona. En fin ser libre no es hacer lo que nos pide el cuerpo. Es descubrir nuestro amor y apostar todo por él. El resto son atracciones de parque temático barato.

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(*) Catedrático de la Universidad.