Julián Otero: el segoviano azul

Julián M. Otero (1888-1930), como Ignacio Carral, como Emiliano Barral, fueron talentos que murieron incompresiblemente jóvenes, aunque mirados los retratos que subsisten del escritor pareciera que tuviera la muerte dibujada en su ceño cetrino ganado por la melancolía. Antonio Machado escribió en su muerte: “He conocido pocos hombres tan nobles, tan limpios de alma como Julián Otero” (Heraldo Segoviano, 2 de marzo de 1930). Junto a él y a Torreagero y a Emiliano Barral aparece el poeta en el jardín del estudio que Fernando Arranz abrió en la antigua capilla de San Gregorio, en la casa nº 11 duplicado de la calle del Socorro. Frente a la pose festiva de los concurrentes —hasta Antonio Machado parece contento envuelto en una nube de humo— Otero se muestra cabizbajo, con su sempiterna pajarita y sus gafas de montura circular.

Era un hombre dotado de una exquisita sensibilidad. Que deja traslucir en sus escritos. No posee una obra cuantiosa, pero sí significativa. Como ocurrió con Blas Zambrano, pasaban años de su muerte cuando sus artículos fueron recogidos en una edición de Francisco Otero, de 1990, titulada Bajo el chopo dorado.

De Segovia, como decía Machado, escribió “páginas bellísimas, que no deben perderse”. Muchas de esas imágenes están recogidas en su libro Itinerario sentimental de la ciudad de Segovia —en realidad el título es más largo: Otero juega a la manera antigua de presentar los libros e incluso se ofrece como juglar pregonero de encantos en un hilarante prólogo—: un road book a través de la noche y tomando como excusa el paseo que un anfitrión realiza a unos recién desembarcados en la ciudad. La descripción en principio naturalista y con matices góticos de la ciudad crea un halo del que emerge una mirada romántica, tierna, mágica, envuelta de colores azules y sombras oscuras. Ayuda, por supuesto, las magníficas ilustraciones de Manuel Martí Alonso. El modernismo campaba todavía a sus anchas por España, y Otero se deja engatusar por su atmósfera en muchos pasajes del libro.

Julián Mª Otero figura entre el grupo que se unió a Segundo Gila en la fundación de La Tierra de Segovia (1919), tras haber absorbido El Adelantado de Segovia al Diario de Avisos. Allí ejerció la crítica teatral. Junto con Marceliano Álvarez Cerón dirigió manantial, en donde escribió un magnífico relato: La novena de las brujas —números IV y V, julio-agosto de 1928—. Su publicación causó la ira, cerril, torpe, apolillada, de Alberto Camba el 4 de septiembre de 1928 en El Adelantado de Segovia. A resulta de ella, Otero dimitió de la Universidad Popular Segoviana en donde había sido acogido como miembro en 1925. Se declaraba incompatible “con cualquier obra” de Rufino Cano de Rueda y, lo que es más extraordinario, de Segundo Gila, con quien había colaborado en la fundación de La Tierra, que dejó de publicarse en 1922, y a quien probablemente no perdonaría su adscripción política a la Unión Patriótica, en la que se apoyó Miguel Primo de Rivera.

La muerte de Julián M. Otero supuso una conmoción intelectual en Segovia. El Heraldo Segoviano le dedicó unas páginas especiales el 2 de marzo de 1930. Escribió lo más granado de la ciudad: Machado, Quintanilla, Marquerie, Contreras, Álvarez Cerón…