La otra crónica del 120 | Juan de Mairena: Machado, filósofo

Después de Campos de Castilla (1912), Antonio Machado —un lector autodidacta pero de aguda percepción de las corrientes literarias— debió de adivinar el no muy extenso recorrido que le quedaba a su lírica. Dando las últimas bocanadas el modernismo, anticuados ya el simbolismo y el orfismo que le habían proporcionado —es mi parecer— sus mejores producciones, se veía compelido por dos fuerzas opuestas: la realidad social española, que le conducía a una literatura comprometida, o el arte por el arte, con su expresión en las vanguardias.

No era autor Machado propenso al puro esteticismo. Y a la poesía militante se dedicó en pequeñas dosis —gracias a Dios— en tiempos de guerra. Entre ambas fuerzas disonantes, encontró el escritor salida a sus inclinaciones —y excusas a su escasez literaria— en la reflexión ética.

Juan de Mairena (1936) es el resultado del esquema antes definido

Juan de Mairena (1936) es el resultado del esquema antes definido. Con probabilidad, este cambio en la producción literaria del poeta comenzara en Baeza, pero tuvo su máxima expresión en Segovia (1919-1932). Principió literariamente con Nuevas Canciones (1924), pero alcanzó su cénit con el libro cuya referencia hoy nos ocupa.

Machado, con Juan de Mairena, pero también con Proverbios y Cantares (Nuevas Canciones, 1924), realiza una introspección en los sentimientos colectivos para construir una especie de guía moral, intelectual y cívica, fuera de los catecismos al uso de la época. Sus reflexiones están bien armadas, y su prosa es limpia y nada barroca.

Sus tesis no siempre guardan coherencia, pero no perjudican al volumen que se lee con agrado, facilidad y provecho. A quienes no sepan lo que Antonio Machado opinaba de la vida en provincias, recomiendo que lean algunos de sus episodios, en concreto el número dos del libro.

En los años veinte las corrientes líricas iban por otro camino. Él, que había sido tan crítico con la poesía española —de la que salvaba a Jorge Manrique—, lo sabía. Incluso creo que aceptaba de mal grado el orillado que suponían a su producción. Gustaba de los homenajes —como el que se le dio en El Pinarillo en mayo de 1923, y a cuyos jóvenes poetas dedicó un poema—, pero se negó a participar en el que los otros jóvenes del 27 —que no acudieron a Segovia— le hicieron a Góngora en su Sevilla natal. Sus excusas fueron pobres: “Todo el día me ocupan clases, prácticas, repasos en el instituto”.

Machado dedica la década de los veinte y de los treinta a la filosofía y al teatro. Tiene algún destello magnifico de poesía. Por ejemplo esos sonetos —composición a la que no tendía su gusto poético, y que hermano Manuel bordó—, que componen Los sueños dialogados, y en especial el dedicado a su padre en Sevilla (Nuevas canciones, 1924). Juan de Mairena es un libro de filosofía aplicada excelente. Hubo en aquella época de entreguerras grandes filósofos en España: Ortega y Gasset, Xabier Zubiri, García Morente, María Zambrano…Antonio Machado fue uno de ellos.