Juan Antonio Folgado Pascual – Reflexiones sobre el coronavirus en Segovia

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También Segovia ha recibido la visita del coronavirus COVID-19, la pandemia nacida hace cuatro meses en la China comunista por imprudencias consentidas por el régimen dictatorial en la salubridad de los mercados de ese enorme país, antaño Imperio. Aunque los datos son estremecedores, tres centenares de casos confirmados (que serán muchos, más porque no se realiza el test por falta de medios a todos los infectados) y algo más de una treintena de fallecidos por la epidemia en nuestra provincia, nada tiene que ver con la última pandemia que se recuerda en Segovia, que fue la gripe mal llamada española de 1918, año en que fallecieron 6.469 personas (2.754 más que en el promedio de los dos años anteriores, incremento de la mortandad que tuvo continuidad de medio millar de personas durante los dos años siguientes). España fue uno de los países europeos más afectados con cerca de 8 millones de personas infectadas en 1918, de una población total en torno a los 21 millones de habitantes y se estima que se produjeron más de 200.000 fallecimientos a causa de esta epidemia.

Legendaria sigue siendo en la Historia de Segovia la epidemia de peste bubónica de 1599, que, según narra Diego de Colmenares, supuso en seis meses doce mil fallecimientos (se supone que en la Comunidad de Ciudad y Tierra de Segovia) y motivó el voto de la Ciudad a San Roque, que todavía sigue realizando el Ayuntamiento capitalino cada 16 de agosto. Por referirnos a un periodo más cercano, en el siglo XIX, Segovia fue fustigada por las epidemias de cólera en los años 1834,1855 y 1885, las de viruela infantil y el tifus en los adultos de 1869 que vinieron con “La Revolución Gloriosa”, como secuela de la crisis de subsistencias, así como las epidemias de viruelas en 1876 y de sarampión en 1883,1886 y 1889.

Tal vez nos hemos acostumbrado a disfrutar de lo que se ha dado en calificar como una de las mejores sanidades públicas del mundo, denominación que pudiera ser cierta en tiempos de normalidad, pero que se está demostrando que no lo es en tiempos de pandemia, a la vista de los datos comparativos con otros países afectados, tanto en el ritmo de expansión del número de casos oficialmente declarado (dato discutible y no homogéneo) como por el número de defunciones (dato bastante más creíble). España evoluciona en las gráficas de ambos aspectos peor que Italia y que la China de los 1.400 millones de habitantes (cuando esto escribo, ya tenemos más fallecimientos que el país donde surgió la pandemia) y, por supuesto, peor que Alemania, Francia y otros países de la Unión Europea. ¿Qué ha fallado en España para ocupar ese puesto en la Champions League del coronavirus?

Parece evidente que el llamativo y lamentable retraso del Gobierno de España en adoptar medidas, como la declaración del estado de alarma (14/03/2020), con respecto al primer contagio en nuestro país (31/01/2020) y al primer fallecido (13/02/2020), es uno de los lastres de gestión que nuestro país está pagando muy caro. Es cierto que la evolución no era tan preocupante hasta la semana que siguió al domingo 8 de marzo, fecha en que se celebraron manifestaciones multitudinarias de reivindicación feminista, impulsadas por las izquierdas y por el gobierno de Sánchez y su socio comunista, en contra de lo recomendado por la Organización Mundial de la Salud y desoyendo la advertencia de los científicos especialistas más cualificados en la materia del CSIC. Pero la verdad es que ahora España está en un lugar preocupantemente destacado de la pandemia con casi tres mil quinientos muertos a la fecha en que escribo, y que previsiblemente crecerán exponencialmente. A ello han contribuido las deficiencias en la gestión centralizada del Gobierno español en materia de suministros sanitarios, de respiradores, mascarillas protectoras, guantes, batas, tests para determinar la infección y un largo etcétera, por no hablar de la falta de previsión en el número de camas de UCIs o en las plantillas sanitarias. En los dos años que lleva el PSOE al frente del Gobierno incluso han llegado a exigir por escrito a las comunidades autónomas recortes en los presupuestos de sus sanidades respectivas. No es extraño que el descrédito del Gobierno (en su momento, autoproclamado “progresista”, pero que no nos ha traído precisamente el progreso) se haya esparcido incluso más que el coronavirus.

En definitiva, a pesar de estas carencias y errores de gestión, tenemos que ver la actual pandemia como algo mucho menos dañino que las epidemias que sufrieron nuestros antepasados, aunque estamos mucho menos acostumbrados a sufrir disciplinadamente las medidas a adoptar y las secuelas de la enfermedad. Lo más probable es que la pandemia pase en unos meses, si seguimos las medidas de prudencia recomendadas por las autoridades sanitarias y siempre con la esperanza de que la ciencia descubra alguna vacuna o antídoto que permita superar esa enfermedad. Sin embargo, el impacto en la economía y el empleo en los países que más han sido sacudidos por el coronavirus va a ser tremendo y, a fecha de hoy, nadie se atreve a hacer una estimación razonable del mismo. Ahora procede volcarnos todos en la acción solidaria de salir adelante con las menores pérdidas en vidas humanas posibles, pero, cuando esto acabe, los gobernantes tendrán que hacer una autocrítica de las negligencias y carencias, en definitiva de lo que ha funcionado mal y habrá que depurar responsabilidades. Sin duda, la mejor terapia serán las urnas de la Democracia.