Un año robado

No hay actividad en mi pueblo que no esté contaminada por esta pandemia. Como un vendaval que no enseña su fin, se ha llevado por delante muchas de nuestras emociones colectivas. Repaso en el calendario las ausencias de las Semanas Culturales de San Eutropio y de La Estación, los conciertos de la Banda de Música, el 50 aniversario de la Asociación de Jóvenes, las verbenas de las fiestas, la llegada del Caloco al Portalón… Personalmente, lo que más me duele es haberme perdido la magia de ver crecer a mis nietos con sosiego, día a día.

Además, en estos meses han ocurrido demasiadas desgracias que aún tenemos dentro, sin digerir. Los días han seguido cayendo y ahora nos damos cuenta que muchos de nuestros seres queridos y cercanos ya no están aquí, ni lo van a estar nunca. No hemos podido ni despedirnos. Tampoco estoy seguro de que puedan volver los empleos y proyectos perdidos. Y no vale con decir que el año que viene nos desquitamos, porque lo que se va nunca vuelve. Siento que estamos ante un año robado, imposible de recuperar.

Prefiero trasmitir desde aquí mis emociones optimistas a mis vecinos, ese es mi deseo, pero según avanza este año robado noto el desaliento. Necesitamos recuperar la ilusión, aunque para eso hace falta alguna realidad, no bastan los buenos deseos.