José Miguel Espinosa Sarmiento – Más allá de los datos del Coronavirus

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La irrupción en nuestras vidas de la pandemia del covid-19 ha removido las seguridades a las que estábamos acostumbrados. Ante una realidad fuerte que afecta por entero a nuestras vidas surge la búsqueda de respuestas. Ciertamente nos interesan los tratamientos, los avances en la investigación en laboratorio, la normativa que rige nuestras posibilidades de movimiento, pero hay interrogantes profundos que se han abierto paso en tantas horas difíciles de llenar en confinamiento. Podemos asomarnos a lo que diversos pensadores han querido compartir. Puede servir como punto de partida para la reflexión personal.

El filósofo y sociólogo Edgar Morin en una entrevista de Le Monde entiende la crisis vital que nos acompaña como una cura de humildad para el hombre consumista y soñador de una era transhumana libre de bacterias y virus como fruto de espectaculares resultados científicos. Desde luego, queda cuestionado nuestro estilo de vida que ha apostado por lo inmediato, secundario y frívolo, en vez de por lo esencial. El escritor Fabrice Hadjadj nos hace ver a los que tememos un virus informático como hemos sido desbordados por un pequeño microbio. Nos pone en guardia frente a creernos omnipotentes, y también frente a una adicción informativa sobre el covid-19. Ve que es una ocasión para reinventar la vida familiar, para las grandes preguntas. Observa que los gestos han debido cambiar, lo que antes era signo de cariño, amistad, ahora puede ser mortal. El psiquiatra Enrique Rojas en ABC también nos advierte frente al síndrome por exceso de información del coronavirus, una adicción que nos puede paralizar.

Stephen Davies, del Institute of Economic Affairs, ve dos consecuencias de esta pandemia: la prevalencia de lo comunitario sobre lo individual, y la tendencia a abandonar lo frívolo y la autocomplacencia intelectual. El historiador israelí Harari, advierte en Financial Times que hay que optar entre la vigilancia totalitaria o dar más poderes a la ciudadanía, y también entre el aislamiento nacionalista y la solidaridad global. Un cierto pesimismo de este conocido escritor por su obra Homo Deus le lleva a vaticinar que no se aprovechará la lección presente de la fragilidad de la vida humana y de sus conquistas. El profesor de ciencia política Pierre Manent en Le Figaro también observa un reforzamiento de lo estatal.

El filósofo Rémi Brague sostiene que el coronavirus ha colocado lo económico en un segundo lugar. También ese esfuerzo por salvar vidas humanas hace ver que occidente sigue impregnado de lo religioso, de lo cristiano. Y en una entrevista de Le Monde, el filósofo alemán Jürgen Habermas recuerda el deber de tratar igual a todos en los hospitales, con independencia de su estatus, origen y edad. No es partidario de que por razones económicas los políticos pongan en peligro la vida de los ciudadanos. Y pone de manifiesto los límites del saber de los expertos a los que se ve con bastante incertidumbre.

Por el marco, una plaza de San Pedro vacía, por la autoridad moral reconocida mundialmente al Papa Francisco, me parece que la intervención del Obispo de Roma el viernes 27 de marzo ha sido una de las más seguidas y profundas. En torno al pasaje de la tempestad calmada (Mc 4, 35- 41) en el que Jesús mostró su dominio sobre las fuerzas de la naturaleza socorriendo a sus Apóstoles, Francisco, comparando la dramática situación que nos aflige con la prueba narrada por los evangelios, señaló: “La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad”. En su diálogo con Dios, el Papa dijo: “En nuestro mundo, que Tú amas más que nosotros, hemos avanzado rápidamente, sintiéndonos fuertes y capaces de todo. Codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa. No nos hemos detenido ante tus llamadas, no nos hemos despertado ante guerras e injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo. Hemos continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo”. El Romano Pontífice a modo de conclusión afirmó que “El Señor nos interpela y, en medio de nuestra tormenta, nos invita a despertar y a activar esa solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y sentido a estas horas donde todo parece naufragar”.

En estos días en que tenemos más tiempo para la lectura puse atención en el terremoto que asoló Japón en 1995 con 6.434 muertos. Teruko Vehara una de las supervivientes dijo: “La desgracia nos igualó. Ya no había ricos ni pobres. Todos éramos personas sin hogar y comenzamos a ayudarnos como hermanos, sin distinción de origen o religión…Antes de aquel desastre muchos pensaban que los templos son edificios inútiles, porque son lugares donde no se fabrica nada productivo: automóviles, teléfonos, chips para ordenadores…descubrieron entonces que las realidades espirituales son más importantes que las simples cosas”. Esto en un país tan materialista es muy significativo. (J.M. Cejas, Los cerezos en flor, Madrid 2013, 238 s.). Y hablando de lecturas, y dado que en estos meses el sufrimiento es una realidad al menos cercana, sugiero la lectura de una obra del escritor inglés Clive. S. Lewis: El problema del dolor, 1940, que merece estar en la lista de los clásicos. Vaya este botón de muestra: “cuando el dolor tiene que ser sufrido, un poco de valor ayuda más que mucho conocimiento; un poco de simpatía humana ayuda más que mucho valor, y el más leve rastro de amor de Dios es lo que ayuda más que cualquier otra cosa” (Santiago de Chile, p.10).