José María López López – Solos 1

1277

Hace unos días me llamó el hijo de un gran amigo mío para decirme que su padre había muerto, no a causa del coronavirus, lo primero que pensé por su avanzada edad y su sintomatología, sino de muerte natural en la casa de su propio hijo, rodeado de parte de su familia, ayudado en sus últimos días con cuidados paliativos. Me ha causado mucho dolor perder a este amigo. Deja un espacio vacío en su familia y lo deja en mí a quien consideraba uno de sus mejores amigos. No volveremos a disfrutar de las conversaciones sabrosas sobre los temas de actualidad de la sociedad y la Iglesia con sus atinados y críticos comentarios, fruto de su amor al mundo en el que le tocó vivir y a la Iglesia Católica de la que se sentía miembro activo. “Tenemos que volver en la Iglesia al espíritu del Concilio Vaticano IIº, me decía con frecuencia, o dejaremos de ser referencia para muchas gentes de hoy”.

Me comentaba su hijo: “En medio del dolor profundo por la muerte de mi padre, viendo y viviendo cada día en el hospital en primera persona la situación trágica de tantas personas mayores afectadas por el coronavirus, que te conmueven las entrañas, me siento afortunado en este momento por haber podido acompañar a mi padre hasta el final y porque haya muerto en mis brazos”. La muerte de mi amigo ha sido una muerte digna.

La muerte de tantas personas mayores por el Covid 19 está siendo una muerte indigna, no señalo culpables, solo el hecho, que ellos afrontan con dignidad, tal como reflejaba un profesional sanitario que trabaja en una sala de urgencia de un hospital de Madrid: “Imaginaos una sala con cincuenta camas que no cumplen criterios de UVI, con abuelitos y abuelitas afectados por la enfermedad del Covid 19. Ni una queja, ni un lamento, ni una protesta, rodeados de sanitarios con buzos que no dan abasto y tienen la mirada llena de cansancio, miedo y frustración. Estos ancianos son los únicos y verdaderos HÉROES… Estos ancianos, solos, aislados, que han trabajado toda su vida para empujar a este país hacia arriba, y que tienen la desgracia de morir, resulta que ni se les puede enterrar decentemente. Porque se nos acumulan los muertos”. Hasta aquí la cita del profesional.

Que conste que sí considero HÉROES a todos los que luchan cada día, con riesgo de su propia vida, por combatir el coronavirus y atender a las personas que lo sufren desde los distintos campos profesionales. Cada día, a las 8 de la tarde, les dedicamos los ciudadanos un aplauso, que nos sale del corazón, en reconocimiento y agradecimiento a su tarea. Sugiero que en nuestra mente y corazón incorporemos además en este acto una petición de perdón a todas las personas que han muerto solas, a causa del coronavirus, sin haber podido ser acompañadas ni despedidas por su familia. Y a todas estas familias, que como reflejaba una de ellas en el Adelantado de Segovia del día 24 pasado “llevan encima la pesada carga de no volverlos a ver, la de no haberlos podido acompañar mientras estaban enfermos, la de no haberlos podido despedir como debían y como ellos se merecían y la de tener que recoger sus cenizas en la soledad con una tristeza e impotencia que jamás hubieran podido imaginar”.

Unas palabras del Obispo de Segovia, en su Carta Pastoral sobre la Semana Santa, pueden iluminar estas situaciones: “Acompañemos al hombre en su dolor, ese hombre doliente del que trata V. Frankl en sus escritos humanísticos, pero que nuestra compañía le abra al horizonte que trasciende su fragilidad: el del mundo del espíritu abierto a perspectivas de plena humanidad y de vida eterna. Seamos humildes ante la constatación de la impotencia. Podremos vencer al virus, en efecto, pero jamás venceremos el miedo que nos inculca nuestra condición mortal si no hacemos germinar la semilla de inmortalidad que Dios ha puesto en nuestra carne humilde”.

Y esta llamada al aliento: “En cada Eucaristía os tengo presentes y rezo especialmente por los enfermos y sus familias. Rezo con profundo dolor por quienes enterráis a vuestros seres queridos sin poder hacer el duelo que deseáis, y también por los ancianos de las residencias que teméis al contagio. ¡No temáis, desechad todo pensamiento que os agobie! Que el Señor os proteja de toda tribulación y María, nuestra madre piadosa, cuide de vuestras casas como cuidó la suya de Nazaret”.