José María López López – Aporofobia (Miedo y rechazo a los pobres)

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Cuando escribo este artículo el barco de la organización española Open Arms está varado frente al puerto de Lampedusa, a la espera de poder atracar en el mismo, después de que la justicia italiana, anulando el decreto del Ministro del interior italiano, Matteo Salvini, que trataba de mantener los puertos italianos cerrados a embarcaciones con emigrantes, le hubiera permitido entrar en aguas territoriales y ordenar la inmediata atención sanitaria de los 147 inmigrantes que viajan a bordo. Salvini, sin embargo “se mantiene en sus trece”, ya que, en el colmo del absurdo, es él mismo quien tiene que dar un permiso expreso para tocar tierra, a pesar de que los gobiernos de seis países europeos, Francia, Alemania, Portugal, Rumanía, España y Luxemburgo parece que han llegado a un dificultoso acuerdo para acoger a estos inmigrantes.

Brindar auxilio a quienes se encuentran en peligro de muerte en el mar, lo mismo por el naufragio de un crucero de lujo que de una patera que transporta personas que escapan de situaciones de violencia extrema, que se ceba sobre todo con mujeres, niñas y niños en situación de especial vulnerabilidad, como es el caso que ocupa los medios de comunicación estos días, es una obligación consagrada en el Derecho Internacional: Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (Convención CONVEMAR) de 1982. Dicha obligación implica el salvamento, el desembarco del buque que prestó el auxilio y la conducción a un puerto seguro (art. 33 Capítulo V Convenio SOLAS).

Espero que el compromiso de acoger a estos inmigrantes por parte de los gobiernos aludidos se haga realidad, lo que siendo una actitud humanitaria, no dejaría de ser una actitud demagógica, fruto de la presión social, si al mismo tiempo no se fuerzan las cosas para plantear, en serio y de una vez por todas, una política de migración común en la Unión Europea con realismo, equidad, justicia y humanidad, que dé respuesta a la situación.

Y ¿qué pasa con el otro barco humanitario Ocean Viking fletado por las ONG Médicos sin Fronteras y SOS Meditarreneé, que espera con 356 migrantes a bordo o con los migrantes que van a seguir llegando e Europa por el Mar Mediterráneo, a los que habrá que atender, a pesar de la oleada xenófoba que recorre nuestro continente?.

¿Xenofobia o aporofobia? La xenofobia quiere decir: rechazo u odio al extranjero. La filósofa Adela Cortina se pregunta: “¿rechazo al extranjero o a determinados extranjeros sí y a determinados extranjeros no?, porque, cuando vienen los turistas, lo publicamos con mucho entusiasmo. Incluso hay un grado universitario que son las Ciencias de la Hospitalidad, en las que se prepara a los graduados para que atiendan a los turistas en los hoteles, en los restaurantes… Hospitalidad para los turistas o los extranjeros que vienen con dinero. Y ¿para esos otros extranjeros que no vienen con dinero, sino que vienen del otro lado del Estrecho, en nuestro caso o mexicanos, nicaragüenses… a quienes se les pone una valla en Estados Unidos?. Lo que lleva a preguntarme: ¿realmente molestan los extranjeros o lo que molestan son los pobres, sean extranjeros o sean de la propia casa? Lo que molestan son los pobres y además eso es transversal y un fenómeno universal al que había que poner nombre para que se visibilice”.

Esta filósofa acuñó una nueva palabra para definir esta situación: “aporofobia”, que viene del griego “á-poros” (pobre-sin recursos)” y “fobos” (miedo) para definir el rechazo al pobre. Desde el año 2017 esta palabra está incluida en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española e intenta que se universalice y esté en los diccionarios de todas las lenguas del mundo, porque “ponerle un nombre para reconocerlo es una de las maneras de darse cuenta de que algo existe. Lo que no se nombra no existe y era necesario inventar este neologismo que señalase la discriminación universal a las personas sin recursos. La aporofobia va en contra de la dignidad humana y es excluyente. La democracia tiene que ser inclusiva necesariamente. Por eso no puede existir una sociedad aporófoba y democrática. Y todas las sociedades que conozco son aporófobas”.

Europa no puede permanecer impasible a este problema. En palabras de la citada Adela Cortina, “debe promover una educación en la compasión, ya que mientras no lo hagamos, no vamos a tener sociedades verdaderamente democráticas y pluralistas. Y educar también para que la compasión pase a la vida política y a la vida pública, que no se quede solo en los terrenos privados y ámbitos cerrados. Ese tercer grado sería educar ese vínculo compasivo que debería unirnos a todos los seres humanos, porque somos humanos y nada de lo humano nos debe parecer ajeno”. Aclaro, compasión no es “sentir lástima”, sino “padecer con” e implicarse en la solución de los problemas de tantas gentes que sufren.