José Luis Sanz Merino – Un alcalde con oficio

367

Ramón Escobar fue un alcalde de madrugar la ciudad.S us principales reuniones las mantenía cada mañana con lo que él llamaba las “fuerzas vivas de Segovia”: con el operario que vaciando la papelera se quejaba indignado de los gamberros nocturnos, con el comerciante que recién levantada la persiana salía al encuentro del humear del paseante para contarle “lo que de verdad hace falta en Segovia”, con la pareja de municipales que ultimaban su turno de noche y se aprestaban a darle novedades con la indisimulada complicidad que acompaña a los que amanecen cada día con la salida del sol. La misma que a él le permitía ver la ciudad de verdad, no sólo la de los informes técnicos.

Así recuerdo al Ramón Escobar alcalde, un político metido a empresario de su ciudad. Y es que Ramón disfrutaba de gerenciar Segovia y a ese oficio se aplicaba cada día escuchando a los vecinos en sus proyectos y sus afanes, prestando oídos a sus inquietudes y ambiciones, extrayendo el mínimo común múltiplo de sus charlas con los viandantes, conversaciones que él transformaba en bocanadas a favor del interés general con las que acudía de vuelta a su despacho y también a los de los “jerifaltes”de Madrid y Valladolid, como gustaba decir.

La ambición que desplegó siendo alcalde había germinado cuando inició su vocación política allá por los años 70, pero fue en 1991 cuando el Partido Popularle ofreció la oportunidad de vivir una pasión que ya no le abandonaría nunca: Segovia.Su andadura como munícipe le ocupó más de una docena de años, pero en los ocho como alcalde impregnó a su empresa, su ciudad, de entusiasmo y ambición, de una fe propia de un emprendedor en su gran proyecto, de una labor que desempeñó con singular paciencia y perseverancia.

Ramón fue un alcalde con oficio; sabía de qué iba el ayuntamiento y ocupó también su temprano quehacer cotidiano, entre muchas realizaciones, en el primer aparcamiento subterráneo de la entonces avenida de Fernández Ladreda; el acondicionamiento como hoy lo conocemos de la plaza del Azoguejo, la actual avenida del Acueducto y la propia plaza Mayor (incluido el Ayuntamiento), todos ellos espacios ganados para el peatón en una ciudad que merecía ser caminada.

Segovia era también su ambición cultural y así lució ciudad en el Grupo de Ciudades Patrimonio de la Humanidad, en la Red de Ciudades con Juderías, creando la Fundación Juan de Borbón o en citas de promoción turística nacionales e internacionales de primer nivel.

Supo sumar a esas actuaciones las primeras restauraciones de la muralla, la construcción de viviendas de protección oficial, la adquisición de la Casa de la Moneda, el Centro de Transportes, la gestión del primer hipermercado de la ciudad, el Centro de Servicios Sociales en la Albuera, la primera piscina cubierta, las instalaciones deportivas en Nueva Segovia y tantas otras prolijas de enumerar. Del mismo modo, también empujó la construcción dela circunvalación y de la autopista a Madrid, exigió el paso del AVE por Segovia y su estación.

Muchas obras, mucha inversión, mucho dinero se logró para Segovia durante esos años, apoyado por sus muchos amigos en la Junta de Castilla y León y en el Gobierno de España. Recuerdo que por entonces contábamos en pesetas y en muchas ocasiones, tras volver de los despachos de Madrid o Valladolid, solía decir con satisfacción casi jactanciosa “se me cansan las manos de escribir ceros”.

También recuerdo que se obsesionó con los parques, con los jardines, con los espacios que inundaban de naturaleza la ciudad; espacios que merecían ser disfrutados por todos. El cinturón verde de los valles del Eresma y el Clamores son sin duda su más bello legado, un empeño personal a la altura de una ciudad que gustaba de calificar como espectacular.

Y como muestra de ese espectáculo sin igual situó a la joya más preciada: el acueducto romano, propiedad del ayuntamiento solía apostillar, al que dedicó sus momentos más difíciles en la alcaldía, sopesando en soledad la decisión de cortar o no el tráfico bajo sus arcos. “Calles por las que cruzar hay muchas, acueducto como el de Segovia solo hay uno”, solía decir. El coraje suele distinguir a los diletantes de los que dejan huella. Ramón Escobar Santiago ha sido un alcalde con oficio. Merece ser recordado y reconocido por ello y, en primer lugar, por su ciudad.


(*) Viceconsejero de Infraestructuras y Emergencias en la Consejería de Fomento y Medio Ambiente de la Junta de Castilla yLeónFue Teniente de Alcalde y Concejal de Urbanismo con Ramón Escobar entre 1995 y 1999.