José Luis Salcedo – El triste fin del hijo del autor del Coyote

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Dedico este artículo a mi buen amigo y compañero Francisco Javier Martín González

El Coyote es un personaje de ficción creado en 1943 por el novelista español José Mallorquí Figuerola (Barcelona,12/2/1913-Madrid, 7/11/72), basándose en otro de Johnston McCulley, El Zorro. Fue a partir de ese año que el Coyote en España tuviera gran popularidad, publicándose más de 200 novelas con ese título. Huelga decir que fui un entusiasta lector de dichas novelas de las que por mi casa todavía quedarán algunas.

En 1967 la mujer de José Mallorquí, enferma de leucemia, fallece en junio de 1971. En 1972 un grave problema de espalda le imposibilita continuar escribiendo, por lo que tiene que recurrir a dictar a una secretaria; deprimido por sus dolores y no tener a su mujer, se suicidó en la madrugada del 7 de noviembre de 1972. La nota que dejó fue sencilla: “No puedo más. Me mato. Papá”.

Allá por la década de los 60, fui estudiante en Madrid y me reunía con mi buen amigo Javier Martín González en su casa, que también era estudiante de la misma ingeniería, para estudiar por las tardes y muy a menudo por las noches. Sabido es que el estudiante, aunque estudie, que nadie lo duda, por las circunstancias de los exámenes, también tiene algún tiempo libre para solazarse. Por entonces se me conocía a mí por el apodo de El Profe.

El caso es que hubo un tiempo a partir del año 67 que con frecuencia, por la noche, nos acercábamos al café Amaya, junto al cine y teatro del mismo nombre en la calle Martínez Campos, a tomar un refrigerio. Solían acompañarnos dos personajes del barrio muy singulares que eran José “El Truni”, cuya profesión era regidor de escena o traspunte (a través del cual conocimos a muchos artistas de Madrid) y Manolo “El Chufi”, cuya profesión era maître d’ Hôtel pero entonces oficiaba de encargado de un bar sito en la calle Rafael Calvo llamado Napa (hoy se llama Café Bierzo y Encarna) y con frecuencia también venía un compañero llamado Pedro Tarancón Chércoles. El caso es que tantas veces nos reunimos los cinco que terminamos por formar informalmente la Serenísima Orden de la “Peña de los Moyanos”. Esta Peña no tenía ni estatutos, ni presidente, ni nada, éramos cinco jóvenes que tratábamos de pasar un rato agradable. En fin, que aquella misma noche buscamos unas chapas redondas de las que traían antiguamente los chorizos y atados a una cuerda a modo de collar, nos condecoramos colocándonos aquel colgajo que nos hacía cofrades de la Peña.

El bar Amaya, donde habitualmente íbamos los cinco, era regido por su propietario de nombre Porfirio San Juan Sanz, un segoviano de Duruelo. Esta circunstancia fue el acicate para intimar con él y hacernos muy buenos amigos.

En este bar nos sentábamos a charlar y a jugar a los dados, a veces se unía a nosotros el bueno de Porfirio.

Regularmente iban por allí dos jóvenes inseparables desconocidos; uno de negra barba y mucho pelo negro también, grandullón, bien parecido y otro de hechuras normales. Se solían sentar en la mesa contigua a la nuestra.

Tantas veces coincidimos que terminamos por comunicarnos y entablar conversación con ellos. En fin que nos hicimos amigos. Entonces decidimos proponerles en hacerles cofrades de nuestra Serenísima Peña de los Moyanos, lo que aceptaron gustosamente. Naturalmente una tarde quedamos en celebrar la ceremonia de imposición de las medallas (chapas de chorizos atadas a una cuerda) con el formulismo que conllevaba “la entronización”. Hizo de padrino el mismo Porfirio y para celebrar el acontecimiento, nos fuimos todos a cenar al bar-restaurante La Colorada, sita en la calle García Morato (hoy Santa Engracia), Su dueño, un valenciano llamado Manolo Suárez, nos preparó sendos y hermosísimos filetes con patatas fritas, regados con un rico vinillo tinto del Marqués de Riscal.

Estos muchachos se llamaban Eduardo Mallorquí del Corral y Fernando Martín. La profesión del primero era la de traductor de libros del inglés al español, escritor de novelas y guiones para radio y televisión y también hacía de crítico teatral. Había colaborado en el periódico cómico-satírico La Codorniz, pero ya por esas fechas no existía el semanario jocoso. Fernando era ingeniero de caminos que hacía poco tiempo había ingresado al servicio del Ayuntamiento de Madrid.

Eduardo Mallorquí, nació en Barcelona en mayo de 1943, hijo del escritor José Mallorquí Figuerola (autor de las novelas El Coyote) y de Leonor del Corral. Fue el segundo hijo de tres hermanos. Vivía entonces con su padre en la calle Españoleto. Era ingenioso y estaba dotado de un extraordinario sentido del humor. Era un brillante conversador aunque de trato muy afable, culto, un impenitente lector y con gran ingenio. Era bondadoso y algunas veces se manifestaba con cierta ingenuidad tal vez porque desconocía la materia de la que se hablaba. En resumen su personalidad era muy interesante dentro de su sencillez.

Fernando aunque muy inteligente era un buenazo. Hemos de decir que ambos resultaron ser unos buenos amigos. Eduardo se quejaba muy a menudo y amargamente de que sus trabajos eran minusvalorados, pagándole poco. Aunque muchas veces, decía, que no se los pagaban. No obstante entre los muchos trabajos que escribió fueron los guiones de la serie televisiva Tristeza de Amor (actualmente pueden verse por internet), que a lo largo de trece semanas interpretaron: Concha Cuetos, Emma Suárez, Cándida Losada, Alfredo Landa, Alfredo Mayo, Carlos Larrañaga y Eduardo Fajardo. También llegó a vender otro guión titulado Trileros del cual parece que se hizo una película.

Los guiones de Tristeza de Amor los transformó en un libro (una novela) que fue editado y que a través de Javier Martín adquirí y que el autor Eduardo mallorquí me dedicó, libro que conservo como oro en paño. Es curiosa la dedicatoria que tiene y que trascribo: “Dedicado a José Luis Salcedo, El Profe, componente de la Peña de los Moyanos; el pertenecer yo a esta cofradía es el mayor orgullo de mi vida. Eduardo Mallorquí”. Firmado.

Dado los grandes muchachos que eran, estuvimos reuniéndonos los tres años finales de la carrera, ya que la peña se disolvió al terminar nosotros la carrera y regresar a Segovia.

No obstante un día que fui a Madrid y me acerqué por el barrio, me encontré a Eduardo en el Café Tyché de la calle Alfonso X, iba acompañado de dos señoras muy emperifolladas, elegantísimas, una de ellas era Concha Cuetos y la otra, acaso, era la artista Emma Suárez (entonces desconocida) que tuvo la amabilidad de presentármelas.

Trascurrieron años sin tener noticia de ambos muchachos, pero un día que me acordé de ellos, miré por internet a ver si encontraba su paradero y cuál no sería mi triste sorpresa al ver que Eduardo se había suicidado, casi a la misma edad que su padre. Esta trágica noticia ocurrió el 16 de marzo de 2001. Aunque se casó dos veces no tuvo hijos.

Al parecer fue consecuencia de una depresión que le condujo a borracheras diarias, ya que se le debieron acumular problemas económicos. No resistiendo esta situación decidió tomar una ingente cantidad de barbitúricos que acabaron con su vida.

Como era un personaje que por su talante se hacía querer, sentí profundamente la pérdida de aquel querido amigo que hoy tristemente he rememorado.