José Luis Cuenca Aladro – Mucho más que una afición

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Ser aficionado a los toros, a la Tauromaquia, ha constituido para mí una edificante manera de ver la vida. Mis recuerdos y añoranzas vinculados a mi condición de aficionado a los toros, pasión que ha sido una constante en mi vida, ha llenado muchos de los mejores momentos de mi existencia. Afición, la mía, que tiene un larga etapa ligada a la plaza de toros de Madrid, ciudad en la que nací, y otra paralela, igualmente dilatada, a la “monumental” de Riaza, mi segunda “patria chica”.

La devoción y sentimiento con que vi siempre a mi padre (mi maestro de todo) disfrutar de las corridas de toros, caló muy pronto en mi interior desde que, siendo muy niño, me llevaba a aquellos “apartaos” inolvidables a las doce en punto de la mañana de los domingos en la madrileña plaza de toros de Las Ventas donde se enchiqueraban (entonces y ahora) las reses previamente sorteadas y “enlotadas” para los diestros encargados de su lidia por la tarde. Había entonces en Madrid novilladas los jueves y domingos. Me contaba él, mi padre, con el cariño, sabiduría y serenidad que siempre le caracterizó, que cuando llegó a Madrid siendo un adolescente se instaló junto a su hermano y primos en un amplio piso cuya balconada daba justo frente de la antigua plaza de toros de Tetuán de las Victorias, donde presenció muchos festejos taurinos en los que participaban las figuras más destacadas de la época.

Uno de los primeros recuerdos de mis tiempos de niñez es el de cuando, con apenas 4 años de edad, acudí por primera vez a la Monumental de Las Ventas, en esta ocasión de la mano de mi hermana mayor, Tita, y en compañía de Goyo y Emilio, otros de mis hermanos. Se celebraba la tradicional novillada del Montepío Industrial y de Comercio de Madrid en la que actuaba mi hermano Ángel, de 16 años, al que ni mis padres ni el resto de hermanos y hermanas pudimos disuadir de su empeño en torear. Recuerdo a mi padre en el callejón de la plaza, al lado de mi hermano, fumando un pitillo tras otro con el rostro demudado por la preocupación del momento. Se le veía disgustado y emocionado al mismo tiempo, igual que lo estábamos nosotros, sentados en la delantera del tendido bajo del 2. La mañana era soleada y agradable a pesar de que el día anterior había llovido intensamente en la capital. Da comienzo el festejo. De pronto, como si hubiera surgido del interior de la tierra, ya estaba Ángel allí, en el centro geométrico del ruedo esperando la salida de su novillo de los toriles. Tranquilo, inmóvil y desafiante. Vestido impecablemente con un terno negro y plata, alquilado el día anterior en la sastrería de toreros de don Ángel Linares de la calle Ventura de la Vega. Salta al ruedo el eral, casi utrero, de la ganadería de Fermín Sanz de Colmenar Viejo. Se gira a la derecha, remata en el burladero del tendido 10 e inmediatamente se arranca al galope y con codicia hacia mi hermano, que le había citado con su capote desde el centro del anillo. Al producirse el encuentro, Ángel inicia el lance a pies juntos sin enmendarse lo más mínimo. La res no obedece y se produce el choque brutal, el tremendo impacto. La cogida revestía todos los visos de gravedad. Los banderilleros y asistencias trasladan hasta la enfermería al valeroso novillero a toda velocidad. Transcurridos los primeros minutos de angustia que pasamos todos esperando noticias a las puertas de la enfermería, el cirujano-jefe de la plaza, el ilustrísimo e insigne doctor don Luis Jiménez Guinea nos tranquiliza un poco cuando nos dice que Ángel Cuenca, mi hermano varón mayor, sufría diversas contusiones y una fuerte conmoción cerebral de la que despertaría en breve, como así sucedió un par de horas más tarde, gracias a Dios.

Después de aquel suceso impactante, acaecido el 7 de junio de 1953, que les acabo de relatar, y como no podía ser de otra manera, en casa no se volvió a hablar de toros durante un tiempo… pero no mucho. Ángel prefirió no preocupar más a la familia y prosiguió con sus estudios y ocupaciones. Más adelante, y dada su desmedida afición, retomó los trastos y, ya como aficionado-práctico, participó en festivales benéficos en los que alternó con diestros de la categoría de Julio Aparicio, Antoñete, Andrés Hernando, Pedrés, Julio Robles, Ortega Cano, Enrique Ponce, y otros muchos. Lo hizo en más de 160 ocasiones, lo que le convirtió en el aficionado práctico más longevo del “escalafón”. Nunca pretendió pasar al campo profesional, pero sí satisfacer su pasión por torear, algo que todavía, a día de hoy, sigue haciendo para “matar el gusanillo” en el campo y en las placitas de tientas de sus amigos ganaderos a la menor ocasión que se le presenta. Un caso el de Ángel verdaderamente singular. Único.

A los diez años de edad, “debuté” como espectador en la primera de Feria de San Isidro de 1959. Mi padre, mi madre, mi hermano Ángel, mi hermana María Hontanares y yo, en el tendido 10 de Las Ventas. ¡Qué ilusión! ¡ Qué emoción! Se lidiaron toros de Atanasio Fernández para los diestros Julio Aparicio, Antonio Ordoñez y Victoriano Valencia, que confirmó alternativa. La plaza casi llena en tarde primaveral. El maestro de Ronda cuajó una extraordinaria faena a su primero premiada con un apéndice con petición insistente de un segundo trofeo que el presidente no concedió. Se dio la circunstancia de que fue la primera corrida de toros que se televisó en directo para toda España.

Recuerdo con nitidez absoluta algunas tardes de toros inolvidables, por apasionantes, en Madrid. Un faenón increíble del Antonio Ordóñez en la Feria de San Isidro de 1960 al toro “Bilalarga” de Atanasio Fernández en tarde lluviosa que obligó a la suspensión de la corrida después del tercer toro; la tarde de Antoñete con “Atrevido” de Osborne en 1966; la de Palomo Linares con “Cigarrón”, también de Atanasio; la de Curro Romero con “Marismeño”, de Benítez Cubero. Otras tardes también gloriosas de Gregorio Sánchez, Andrés Vázquez, Antonio Bienvenida, César y Curo Girón, Paco Camino, El Viti, El Cordobés; más de Chenel (“tiene más arte que todo el Museo del Prado”, me solía decir mi padre), Rafael de Paula, Manolo Vázquez (el preferido de mi hermano Ángel), Ortega Cano, Julio Robles, Curro Vázquez, Roberto Domínguez, El Capea, José María Manzanares (padre), Yiyo, Joselito, Espartaco, Ojeda, César Rincón, El Cid, Morante, Enrique Ponce, Juan Mora, Esplá, José Tomás…

Más de cuarenta años de abonados en Las Ventas (4 abonos del tendido 1 fila 3) y con cerca de 2.000 festejos presenciados en la primera plaza de toros del mundo dan para mucho. La “plantilla” fija o titularísima, la componíamos mi padre, mi hermana Mari , Tita o Araceli, mi hermano Ángel y yo… también Goyo y Emilio. Nos planteamos dejar los abonos cuando nos faltó mi papá, pero decidimos continuar como a él le hubiera gustado. Después, cuando Víctor Barrio fue corneado mortalmente en la plaza de toros de Teruel aquel infausto 9 de julio de 2016 … no lo pensamos más, y tras la feria de Otoño madrileña de ese mismo año decidimos no renovar los abonos para 2017. Que ya vale, que uno va teniendo una edad y se acomoda… Solamente por el hecho de haber estado sentado a la vera de mi padre y hermanos/as tantas tardes de toros, todo ha merecido muy mucho la pena.

Ahora voy a Las Ventas en fechas determinadas, a veces solo, a veces acompañado por mi esposa. En la presente feria que está a punto de concluir he acudido al coso venteño en cinco ocasiones, y el resto de corridas las he visto por televisión tan ricamente sentado frente a la “caja tonta”. Volveré a la Monumental el próximo sábado y domingo. Luego llegará, en septiembre, la feria Taurina de Riaza con sus encierros tradicionales, a la que no falto desde que tengo uso de razón. Antes Granada y José Tomás, Segovia por San Pedro, Pamplona y los “escolares”, Burgo de Osma, Cantalejo, Sepúlveda, los encierros de Pedraza, y a finales de septiembre Ayllón… aunque pueda que sea más bonito pensarlo que hacerlo. Veremos.

La carrera de aficionado activo es muy larga. La de entendido todavía más. Ni toristas ni toreristas. Sí integristas del “todo”. De la verdad y la pureza del toreo. Con la mente abierta a todas las tendencias para apreciar lo mejor de cada una, porque cuantos más toreros, más estilos de torear, más ganaderías y encastes nos quepan en la cabeza, más disfrutaremos. No hay que pontificar en esto de los toros. Hay que argumentar. Los buenos aficionados (y en Madrid y en Riaza están los mejores) deben ser muy puros en todas sus expresiones. Torear es burlar las embestidas del toro con la verdad o, si lo prefieren, de engañar al toro sin mentiras. No se olvide. En la tauromaquia, siempre, sin trampa ni cartón. Con la pureza del espectáculo como estandarte principal.