Joe Biden y algunos de nosotros

Lo objetivo es una entelequia. Y lo digo cuando el matiz en la toma de posición empieza a ser signo de sospecha; cuando hay que refugiarse en una adversativa como manera de higiene intelectual. Detrás de cada página en blanco existe una mochila cargada de vivencias, de conocimientos, de experiencias, que trazan y condicionan una determinada manera de contemplar la realidad; la apuesta reside en que intereses espurios, ajenos a ese proceso, no enturbien un análisis sereno y serio, que sea la razón la utilizada como método y se dejen atrás otros factores de índole más irracional. Los periodistas debemos, al menos, ofrecer un producto que huya del esquematismo y del maniqueísmo, los dos grandes enemigos del análisis.

Quienes hemos nacido en la Europa de los años sesenta estamos marcados por unos condicionantes intelectuales y culturales. Quienes lo hicimos en España, veinte años después de terminada la Guerra Civil, adicionamos a nuestra mochila una especial susceptibilidad ante los extremos ideológicos, los mensajes populistas, las tendencias a violar el sacrosanto templo de los derechos humanos. Posiblemente les ocurra lo mismo a los franceses con respecto a su comportamiento durante la invasión nazi y el gobierno del régimen de Vichy; a los alemanes con la comunión de amplias capas sociales con el nazismo, o a los italianos con el movimiento fascista. Quizá estos tres últimos expiaran sus hipotéticas responsabilidades morales con la derrota final de los regímenes totalitarios. En España el dictador murió en la cama de palacio; en España cualquier revolución no solo no ha triunfado sino que ha sido machacada por la fuerza de las armas.

Posiblemente todo ello influya en mi percepción sobre las elecciones de EE.UU. Claro que no puedo ser objetivo. Claro que tengo mi preferencia. Con la mochila personal e intelectual que carga mi espalda, y a la que no renuncio, es muy difícil aceptar y ni siquiera comprender actitudes y comportamientos no del ciudadano sino del presidente Trump en los últimos cuatro años, y especialmente tras las elecciones del martes pasado ganadas por Biden. Con Trump se pasa del surrealismo a Kafka en el breve espacio de un tuit.

Por más que la empatía se despliegue en mí no consigo siquiera acercarme a entender el uso de instrumentos y escenarios propios del cargo para la defensa por encima de todo –incluso de la imagen como país- de intereses particulares; de la profusión de acusaciones sin pruebas; de la incitación, de la amenaza, del insulto al rival, del desprecio a la libertad de prensa, de la no aceptación de la derrota como hipótesis de vida. Hoy más que nunca están vivas las palabras del repudiado Óscar Wilde: “una persona inteligente pronto se recupera de un fracaso, una torpe nunca lo hace de un éxito”.

Vacunados ya buena parte de mi generación de ese maniqueísmo político que impelía a cerrar los ojos ante tropelías como la dictadura cubana o ante supremacismos morales supuestamente progresistas; vacunados del “yankee go home”, no puede dejar de estremecernos lo que pase en EE.UU., cuna de la democracia moderna y de valores todavía vigentes doscientos años después.

Cuando escribo este artículo, Joe Biden acaba de conseguir su 279 voto electoral, nueve más de la mayoría. Pero no todo se ha acabado. Han sido unos miles de votos los que le han dado la victoria, lo que conduce al recuento oficial en algunos Estados y al juego de las impugnaciones en los Tribunales. Hicieron falta 36 días para dar por zanjado la disputa entre Bush hijo y Al Gore. Hasta mitad de diciembre hay tiempo para que se desplieguen las resoluciones judiciales. En los primeros días de enero, el vicepresidente debe comunicar a las dos cámaras del Congreso los resultados definitivos.

Hay que recordar que en los EE.UU. se designa al presidente de manera indirecta. Ahora lo que se han elegido son 538 electores. Forman el colegio electoral que es quien elige al presidente. La Constitución no obliga que quien ha sido designado en las listas demócratas tenga que votar necesariamente a su candidato. Algunos Estados sí obligan, pero no todos. Hay un precedente en la historia americana en la que el colegio electoral se negó a respaldar a un vicepresidente. Martin van Buren ganó en 1836 por voto popular y de electores. Le acompañaba en su candidatura Richard Menton Johnson como vicepresidente. Que fue rechazado por el colegio electoral. Los faithless electors –tránsfugas- de Virginia le achacaron que tenía hijos con una afroamericana. El primer lunes después del segundo miércoles de diciembre, o sea el 14, los electores de cada Estado depositarán su voto para elegir al nuevo presidente. Todo indica que será Biden, pero tal y como están las cosas nunca se termina de saber. Never say never more.