Jesús Fuentetaja – Un día festivo para el olvido

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Me levanto el día de San Pedro, con la resaca de la fiesta de la ciudad instalada en la nostalgia de otros años. Hoy, no he oído las dianas y desconozco si mis amigos los Silverios habrán sacado a pasear al señor Frutos y a la señora Fuencisla, gigantescos personajes de cartón piedra que escuchan y ven lo que quieren, pero sólo por sálvese la parte.
De momento hasta mi ventana no han llegado las notas de las “Habas Verdes”. Tampoco he escuchado el petardeo de las motos por La Piedad, en donde se mostraban como enormes pulgas estridentes.
Presiento que esta tarde tampoco me emocionarán los compases de “Gallito”, en el viejo coso de la carretera de la Granja. También lamentaré que no peligren mis lumbares con el movimiento sincopado de “Paquito el Chocolatero”, tocado por la orquesta de turno con nocturnidad y para mi espalda, puede que también con alevosía.
Por los motivos que todos conocemos, no andan los cuerpos con ánimo de fiesta, y este día de San Pedro se ha presentado como el más raro y más triste que uno recuerde, con la carga de decepción y preocupación que venimos arrastrando. Decepción por sentirnos ninguneados por las autoridades sanitarias de la Administración autonómica en la que fuimos incluidos a la fuerza, como nos recordaba este mismo periódico en su editorial del pasado domingo. Y, sobre todo, preocupados porque podamos encontrarnos inermes para enfrentarnos de nuevo a la pandemia, que afectaría a nuestra salud pero también a nuestros bolsillos. No nos valen las promesas futuras que bien conocen los que las hacen, que el tiempo les impedirá a ellos cumplirlas, cuando lo que precisamos son compromisos concretos, ciertos e inmediatos que puedan ayudar a solucionar el problema cuanto antes.
En este día de San Pedro, último antes de celebrar el 500 aniversario de la rebelión comunera, algunos sentimos que la Junta se está comportando con Segovia con un espíritu de revancha muy similar al que llevó al emperador Carlos V a ordenar desmochar los escudos de los nobles segovianos que se atrevieron a secundar a Juan Bravo.
Resultaría muy duro siquiera pensar que se pretenda cercenar definitivamente el blasón del Policlínico para que no olvidemos a quien debemos pleitesía y sumisión administrativa.
Ojalá nos demuestren que vamos demasiado lejos con estas elucubraciones, y que solo son hijas de la pesadilla de una noche de verano de la que desearíamos despertar, a ser posible con el resplandor del último cohete imaginario que, al final del día, viniera a iluminar la angustiosa oscuridad que se cierne sobre Segovia.