Jesús A. Marcos Carcedo – La intimidad asediada

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Sentimos ahora, por lo que parece, no sólo un gran aprecio por la intimidad, sino que procuramos protegerla por todos los medios. Nuestra Constitución, nuestros códigos, leyes y decretos y las declaraciones universales y las europeas se vuelcan para resaltar la importancia de su salvaguarda. Sin embargo, se tiene la impresión de que algo no concuerda, de que la obsesión por preservar lo íntimo está llenando de controles la vida cotidiana, que se nos cerca y hasta se nos asedia con la imposición de tantos trámites e informes de privacidad. Casi no se puede mover un dedo sin tener que firmar un papel autorizando el uso de nuestros datos o sin verse obligado a consentir esas cookies que controlan los cucos o a permitir operaciones descritas con filigranas técnicas que se nos escapan. Los teléfonos de las empresas e instituciones cacarean interminables alertas cuando necesitamos dirigirnos a ellas. Ni siquiera puede uno acercarse por las buenas a visitar a su padre o a su cónyuge hospitalizado: si has olvidado el número de la habitación, nadie te lo facilitará en la recepción, no vaya a ser una revelación peligrosa. Y, a la vez, como si se tratara de un juego de engaños, nuestros teléfonos se hallan más que nunca a merced de la propaganda de las empresas o los mismos empleados que te han negado el número de la habitación de tu padre no te impiden adentrarte en los pasillos del hospital.

Seguramente, lo paradójico de este cerco al movimiento de las personas corrientes tenga que ver con otra dimensión de nuestra vida social profundamente contradictoria. En efecto, ¿cómo podemos demandar protección de la intimidad con tanta vehemencia y, a la vez, devorar con entusiasmo todo lo que suponga penetrar o incluso violentar los sentimientos y la vida particular de los demás? Hay cadenas de televisión que se sostienen sobre las patas de los reality show, que no son otra cosa que grandes escaparates en los que se exhiben los sentimientos y las reacciones peculiares de quienes participan en ellos. Pero si las empresas audiovisuales, en mayor o menor medida, viven de eso es porque nosotros les compramos los escaparates. Somos nosotros los que les ofrecemos las audiencias numerosas que hacen su fortuna, somos el público enganchado que se sabe de memoria los nombres y las andanzas de concursantes y de famosillos que hasta cuentan con un coro de comentaristas especializados en realzar la trascendencia de sus cuitas. ¿Y qué nos dan a cambio? Pues, supuestamente, retazos de intimidad, manifestada en afectos, ambiciones, proyectos y expectativas personales. Y es eso lo que la sociedad pretende: echar abajo las barreras que protegen los secretos del alma. Quizá porque el corazón del hombre es el más preciado tesoro, quizá porque vivimos una vida segura, pero aburrida, y queremos ver en los dramas televisivos lo que no nos cabe en ella.

Otro tanto ocurre con las redes sociales virtuales –virtuales o aparentes subrayo-, que se usan para exhibición de las propias actividades y emociones y en las que se dan arrebatos de idolatría hacia unos y de odio hacia la manera de ser de otros. Pero los reality y las redes sociales no han hecho otra cosa que ocupar el sitio dejado por las plazas de los pueblos y sustituir a los corrillos que en ellas desmenuzaban, criticaban y denostaban, si así se les antojaba, la supuesta vida íntima de los demás. Somos herederos de una pasión atávica por la que deseamos rasgar el velo que protege el sanctasanctórum de nuestros vecinos y me temo que tanto control normativo no es más que un vano e incómodo intento de poner puertas al campo.

Todo este enjambre de hechos y de tendencias encontradas está produciendo una deriva del concepto mismo de intimidad. La protección legal de los datos nos lleva a fundir el sentido de los términos intimidad y privacidad. La privacidad es un neologismo combativo, se halla del lado de la regulación externa, se ocupa de los datos que tienen relevancia para los negocios de la sociedad actual. En cambio, la noción de intimidad se acrisoló para describir, no para combatir. Lo íntimo, como dice la Academia, es una zona espiritual. Y conviene entender, en este caso, que lo espiritual es lo específicamente humano, el lugar en el que uno se encuentra consigo mismo y se habla a sí mismo. Es también ese espacio donde tiene lugar la confidencia, donde se goza de los más próximos, de los amigos y de los familiares. Caracterizado así, lo íntimo tampoco concuerda con las expresiones que lo reducen a lo que se oculta de la vida sexual. La erotización de la propaganda y del ocio y, en general, las controversias producidas por el aumento de la libertad sexual han hecho que, en cierta medida, nos inclinemos a dotarla de una participación excesiva en la idea de intimidad.

Pero la paradoja más curiosa y, quizá, preocupante de las generadas en estas revueltas aguas de las mentalidades sociales sea la que procede, con razón o sin ella, de la investigación neurológica y de las terapias usadas para los problemas de la mente. Es ahora frecuente oír a la gente que su cerebro le dirige en tal o cual dirección, mientras decae la atribución lingüística de la conducta al propio yo. Por su lado, los trastornos mentales son descritos en los prolijos sistemas clasificatorios actuales al modo del mal funcionamiento de una pieza mecánica. Pero, si somos sólo el órgano cerebral, con sus programaciones y reacciones, o si psicológicamente se nos puede explicar como un encaje de partes geométricas, ¿qué sentido tiene hablar de intimidad y pregonar tanto la necesidad de protegerla? Si el psiquiatra o el psicoterapeuta no ve en mí una persona en cuyo conjunto orgánico cobran sentido mis síntomas, hablarle de mí mismo no me lleva a ninguna parte. Basta con que describa mis tics, mis señales externas, para que se me facilite un fármaco o se me recete e imponga un hábito corrector.

La intimidad, sin embargo, existe. La conocemos directamente y es lo mejor de nosotros. Se basa en nuestro cerebro y, que se sepa, no puede desvincularse de él, pero emerge como realidad con consistencia propia y no meramente neuronal. Es el dominio en el que palabras como persona y yo adquieren su plenitud. Subirla a los escenarios, comercializarla, confundirla con la mera custodia de datos o escudarse en ella para enredar la convivencia no hacen más que alejarnos de su auténtica trascendencia.