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Siguen bien presentes los ecos de la revuelta contra la despoblación y de una de las reivindicaciones más justa: la igualdad de derechos. Vivo en Valverde, que no deja de ser medio rural, aunque esté cerca de la capital, y me doy cuenta de lo importante que es el deporte para fijar población, para hacer ver a los padres que el futuro de sus hijos puede estar en un sitio donde la calidad de vida es incomparable. Veamos: un club de fútbol sala y otro de baloncesto, más un grupo numeroso de ‘runners’, ciclistas, jugadores de pádel y hasta patinadores. Los clubes, modélicos en cuanto a gestión económica y de recursos, educan en valores a la chavalería con el respaldo importante del Ayuntamiento, todo hay que decirlo.

Demos una vuelta por la provincia: En Nava de la Asunción – otra vez sí, tengo debilidad por esa gente – hay un club de balonmano que tiene una cantera en franco crecimiento, y a un paso de la Asobal con sus mayores. Allí es más fácil que salga un Julen Aguinagalde que un Iniesta. Lo que me cuesta contener la euforia. Ya he sacado la camiseta del cajón, y la bufanda. La que va a liarse en La Nava.

Sigo, que me pierdo. En Vallelado resiste un club de pelota que lucha por codearse con la élite mundial de su deporte. En Cantalejo el taekwondo, en La Granja las carretas por montaña, y en Cuéllar el fútbol sala o el fútbol son ejemplos de deporte sostenible, pero hay más. Muchos auguraron el final de la práctica deportiva reglada en la provincia con la defunción de Caja Segovia, pero muchas agrupaciones siguen adelante. Sobreviven gracias en parte a la ayuda de empresas de la zona, y con menos capacidad de generar recursos que los de la ciudad. Personas mayores con la gimnasia o el pilates también hacen por demostrar que la vida en los pueblos es además de tranquila, sana.

El medio rural se agarra al deporte para sobrevivir, aunque cada vez haya menos servicios y más desapego. Salvo en fiestas, claro, que para la juerga todos tenemos un pueblo al que volver.