Isabelita entre los Carpes

Son los setos una suerte de ejército verde atado a una formación imposible. Aplastados por un horizonte rectilíneo de pitagórica disposición, esos pobres paisanos se esfuerzan por sujetar la juventud que les impele a subir hacia el infinito, aunque ello signifique desatender el vigor en la raíz para acabar tronzados sobre la zahorra. A ojos del calocedro que observa desde esa ancianidad de suave rama y sedoso paso, aquellos pobres infantes apretados ansían ser bojes de tronco revirado y madera balsámica, pero apenas llegarán a levantar un palmo del jabre con que los ents de mi Paraíso receban sus frustradas raíces. Siempre empeñados en cerrar en copa la meseta que el jardinero corta y perfila, pasan su vida en un querer llegar a ser sabiendo desde el principio que todo es un quizás cegado por el ayer. Esos pobres setos de boj, que ven aflorar oscuros platillos volantes en los vectores gaussianos de sus límites laterales, duermen cada noche en una eterna juventud de la que esperan nunca despertar.

Puede que, si miraran más allá de la sombra proyectada por los perdidos jarrones de Jean Thierry, si se libraran de esa media sonrisa del pobre Baco que en eterna cogorza aplasta su querer crecer, llegarían a vislumbrar otro seto más alto y lozano, dejado de la mano que poda y quema los brotes, siempre joven, siempre vivo, siempre dispuesto a entrelazar las yemas de sus hojas en continuo abrazo juvenil. Aquellos, altos carpes del laberinto que imaginara René Carlier en las páginas del viejo libro de Antoine Joseph Dezallier d’Argenville, viven libres en la sempiterna felicidad de la esquina del jardín, donde las corzas se arremolinan a la sombra del haya rojiza y cubierta de madreselva que rompe a cada toesa la línea, mientras la vinca cosquillea en la corteza baja, esa que apenas asoma del terruño. Abrazados y felices de poder crecer hasta alcanzar la punta de las acículas con que la tuya juguetea, reta y bromea, los carpes animan a todo el que por allí pasa para que, liberados del resquemor que en el muro vivo se intuye, se atrevan a soltar el torrente juvenil aprisionado por un vivir acostado en el mañana. Que nada hay más próximo a la felicidad que dejarse dominar por la inconsciencia que encierra la juventud inmemorial escondida en algún lugar de nuestro triste vivir.

Que la inocencia de la infancia administrada en un vivir apasionado ha de mantenernos atentos al devenir de un presente zalamero, corruptor, viejo y esquivo

Conocedora de aquel mágico trance, la reina Isabel II solía escapar de la sombra que proyectaba sobre su futuro y el de esta pobre nación aquella espada negra sujeta por la huesuda mano marcial de Ramón María Narváez; por la emperifollada camisa de Leopoldo O`Donnell y su Unión Liberal; por aquellas uñas con recorte perfumado y chaquetero de Francisco Serrano o enroscada a las curtidas llagas encalladas por años de victoriosa derrota que acompañaban a Baldomero Espartero. Seguida por su círculo más íntimo, ya fueran sirvientes, confidentes o jóvenes amantes, esa reina apenas veinteañera corría a esconderse entre aquellos carpes de un futuro al que no quería conocer. Allí, arropada por una plétora de setos libres en herbácea juventud, la reina se entregaba a la danza furibunda del que no quiere perder el presente. Ya fuera en chotis lento y embriagador, con aristocrático vals que levantara el polvillo con la punta del chapín o en mazurca deslenguada y polca desatada, aquella reina casi niña trataba de atesorar lo poco que de juventud le dejó una España en permanente deconstrucción. Como les pasara a tantos ancestros entronizados, ya fueran Borbón o Habsburgo, Trastámara o Borgoña, Isabel II perdió la inocencia juvenil ajada en mezquina madurez de corrupción inveterada. Casada y ofuscada por una política empecinada en destruir la promesa que alumbraba una joven nación, la reina que fuera esperanza del común, a decir del Maestro Galdós, tornó en pesadilla de monja mentirosa, confesor despistado, ministro trincón y política putrefacta que todo lo consumen.

Puede que, por todo ello, este humilde Cronista tienda a proteger lo que de juventud prevalece a su alrededor. Que la inocencia de la infancia administrada en un vivir apasionado ha de mantenernos atentos al devenir de un presente zalamero, corruptor, viejo y esquivo, oculto entre arrugas grises de un futuro al que no pretendemos llegar. Dejar a la juventud libertad por su pasión ha de ser nuestra garantía de que, entre los muchos futuros que hayan de venir, acabemos acertando en uno donde ellos canten entre carpes envalentonados, ellas bailen su glorioso desenfreno a la sombra de alerces recónditos, y todos huyamos de la rectitud manifiesta en cada uno de los vértices con que el viejo seto de boj se aplasta sobre la raíz. Sin duda, queridos lectores, es en esa juventud que habremos de cuidar, de cultivar, donde subyace el mañana que esperamos encontrar en cada una de las vueltas escondidas de aquel laberinto de carpes donde Isabelita bailaba para escapar de la reina que nunca debió llegar a ser.