Invierno en el jardín

No hay muchas personas que amen el invierno. Frío, privado de luz y angustiado por ese recogimiento que produce en todo lo que crece o quiere crecer, este periodo de año suele escamar a una parte importante de la sociedad. Quitando a mi amigo Ricardo Ramos, amante de los largos y extenuantes fríos crepusculares, la mayoría andamos encaramados al calor y la luz que hace brillar todo color que mayo luce y junio deleita. Pesados los pasos del pasto, raídas las cortezas por el congelador relente que baja de la sierra, el Paraíso enmudece en un silencio roto tan solo por las briznas de nieve que golpean su gélido filo contra los débiles cristales de nuestras ateridas ventanas. Puede que alguna mañana de invernizo cierzo venga con un sol brillante y entumecido, de modo que se pueda uno aventurar al paseo matutino entre pinos tiesos y castaños desnudos, mientras el cortante airecillo serrano acaricia la cara descubierta despellejando pómulos y labios como cuchilla de afeitar.

Es en esos días de febrero cainita que me dejo llevar por las calles del Jardín del Rey, arrastrando mi pesado sentir con el crujido cómplice de la poca hojarasca aún no recogida por los operarios distraídos en silenciosa soledad. Subiendo por la calle angosta que se pega a la cerca que habita más allá del Colmenar, ando despistado entre robles retorcidos y triunfantes con algún que otro cedro perdido entre los restos de algún gamoncillo tieso como el garrote del viejo Isaac. Esquivando el lazo que me echan los carpes enfilados y las hayas en eterno abrazo, cojo el paseo que lleva hasta la plazoleta de la fuente del Cañón, donde mi señor padre me hizo plantar una vez un castaño que hoy asombra el caño pulido de la fuentecilla. Viendo cómo el Sr. Bellette arrima la mano al chorrillo, éste que suscribe se da media vuelta para fijarse en la inmensa fachada diminuta que regala el palacio de San Ildefonso a quienes se atreven a admirarlo llegados los meses de recogimiento.

El edificio, sabedor de lo poco que interesa en tiempos de oscuridad, trata de presumir cuanto puede, justo ahora que las hojas de un ejército arbolado han causado baja por lo invernizo de la situación. Atrayendo hacia sí toda luz capaz de hacer brillar la honrada piedra de Sepúlveda y los delicados mármoles una vez tallados en Granada o sacados de Carrara, el palacio henchido de orgullo y un tanto sobrepasado por la floresta que lo acongoja casi todo el año se revela señor absoluto de aquel predio ideado por René Carlier con los reintegros que André le Nôtre le dejó en Vaux-le-Vicomte. Difícil es pasear por cualquier espacio del jardín en las mañanas de invierno soleado sin quedar conmocionado por la presencia sorpresiva de un palacio al que casi nadie hace el menor caso. Ya sea desde el parque, por el jardín y sus verdes setos con destellos de rojo o entre los bosquetes de enmarañado deleite, los ventanales vestidos de gasa y las dulces contraventanas de suave madera torneada sonríen al saber que todo ojo por allí circulante queda prendado de semejante presencia.
He de suponer que, siendo en su infancia visible por todo quisque en aquel espacio descomunal, el palacio, como la monarquía que albergaba, poco o nada temía de lo que pudiera ocultar su esencia con el paso del tiempo. Sin embargo, llegada la primavera avanzada, aquella que se mezcla con el verano a mediados de junio, copas tupidas, hojas de verde candor y frutos de alegres y apetitosos colores empeñan con sencillez lo que pueda mostrar un edificio arrumbado a la oscuridad del desdén. Incluso la horda de estatuas allí plantadas en blanco inmaculado desprestigiado por alguna pizcas de musgo termina acaparando la prestancia de un palacio un tanto descascarillado y obsoleto en su necesidad. Puede que, hace trescientos años, cuando terminó la primera fase de su construcción, aquella que lo dejó casi cúbico y adornado por cuatro torres más borgoñonas que afrancesadas, cualquiera que por aquí pasara entendería la esencia de su ser. Aquella monarquía recién estrenada, a caballo entre lo despótico que habría de regalar Carlos III y lo excesivamente francés que acompañó a Felipe V tuviera alguna suerte de esperanza para lo que se trataba de levantar. Con los setos bien bajitos, árboles de medio pelo y estatuas apagadas por el pajón de centeno que las permitía sobrevivir a las heladas, la construcción monárquica semejaba un plan más que exitoso o, por lo menos, esperanzador. Los españoles de acullá, amorosos seguidores de la idea que sea, siempre que parezca plausible, aceptaron con poca duda las cuatro fachadas de un edificio que tendría que ser reformado bien pronto.

Ampliada la planta inicial con los patios de carruajes y honores, así como con los anejos espacios habitados por un servicio cada vez más numeroso e inservible, aquella monarquía transitó hacia el futuro halagüeño que muy pocos esperaban. La verdad fue que, crecida la arboladura de un bosque primigenio, el palacio empezó a quedar oculto a toda vista que no fuera inverniza, terminal, fría y seca. Entre flores y arrayanes, calocedros, serbales, rebollos, arces, hayas, pinos, abetos, tilos, guindos y maíllos de tierno y sabroso estío, el palacio quedó semioculto a la espera de un invierno garante de frío atenazador para poder volver a disfrutar de un protagonismo perdido por un par de siglos con yerba alta y escasa podadura.
Con todo, no deja de ser atractivo para este humilde Cronista el paseo invernizo con la monarquía a la vista. Más allá de las ramas que todo lo ocultan, uno sigue viendo aquello que para todos no parece estar, pero prevalece. Hermoso en su inevitabilidad, el ya viejo palacio segoviano, como el alcázar desde la rocalla del cementerio judío o la sombra de un esqueleto raído y olvidado en Valsaín, siguen desafiando al porvenir con un implacable orgullo imborrable, justo ese que se oculta entre la bella y áspera dulzura del membrillo que duerme el verano oculto a la presunción de una primavera que nunca acaba de llegar.