Ilusiones viejas, ilusiones nuevas

Las conocí mientras grabábamos “Los años robados” en 2004. Para entonces ya eran mayores: andaban las cinco en los noventa años, poco más, poco menos. Las conocimos al compás de esta realización mientras estaban en sus casas, en sus barrios, en sus ciudades. Aunque no era ese el argumento, preguntamos a todas, de maneras muy distintas, qué había supuesto la guerra en sus vidas, y es fácil imaginar cuál porque en España parece que solo ha habido una.

Mercedes, recién casada, huyó apresurada de su casa familiar, en pleno barrio de Gracia, en los primerísimos días del conflicto. Tras su familia y otras muchas de la alta burguesía barcelonesa andaban los anarquistas. Logró ocultar sus joyas más preciadas poniéndoselas a las chicas de su servicio y pasar desde Francia al lado franquista. Mientras su marido combatía en el frente norte, lidiaba con sus recién nacidos y leía la prensa con avidez. Todavía nos enseñó su colección de periódicos de aquel entonces que le sirvieron de material para alguna de sus novelas. Una experiencia viva que le hizo crecer vitalmente y que luego alimentaría algunas de sus mejores obras.

Carmen, una aprendiza de costurera en el Madrid de 1936, se encontró casi forzada a casarse con su medio novio, al que aún paraba los pies —y las manos según nos contaba divertida— en su manifestaciones de afecto, que se presentó como miliciano desde el primer momento y luego pasó al ejército republicano regular. Le tocó seguirle, mientras pudo, hasta que finalmente se reencontraron y vivieron felices desde la posguerra. Su ilusión frustrada: no pudo ser costurera y vivir de ese trabajo y tardó mucho en poder montar lo básico de un hogar básico.

María Luisa era muy joven en 1936, en el Chamberí medio bien de entonces. Sus relatos nos trasportaban a un microcosmos, su edificio, en el que convivían los chicos no movilizados por su juventud aún y las amigas de ella. Juegos y entretenimiento juvenil mezclados con los primeros amorcetes y la colaboración quinta columnista a la medida de su edad… y hasta bautizos y primeras comuniones clandestinas. En medio, los sustos y terrores de registros, detenciones, bombardeos, tiroteos en algunos momentos… y la alegría del fin de la guerra. Para ella y sus amigas aquello fue un paréntesis que apenas afectó a su trayectoria vital posterior.

Muy distintos fueron los casos de Josefina y Palmira. La primera con padre de origen alemán. El inicio de la guerra le pilló en Berlín, aunque su vida había transcurrido en el Bilbao bien de la preguerra. Al enterarse del estallido decidió regresar y se instaló en Burgos: allí se hizo enfermera y se afilió a falange. Como era de las pocas que sabía alemán, le designaron para viajar a Alemania y enterarse de cómo se organizaban las militantes nazis… ahí intervino su novio, que se empeñó en casarse cuanto antes —estaba movilizado— y que se dejara de aventuras. Y por el mismo desagüe se fueron el viaje, su futuro político y sus estudios de piano.

Ya se había empeñado en hacer el bachillerato cuando ninguna chica bien de Bilbao lo hacía. Su madre le decía que la gente pensaría que era poca mujer, o por lo menos rara. Pero menuda era ella. Lo hizo y en la boda misma pensó que ahí comenzaba una segunda guerra para ella: la de educar a sus hijas para no ser dependientes de nadie. Y bien que le enorgullecía que todas (y fueron más de cuatro) hubieran conseguido el doctorado. Me hizo gracias que un sesudo catedrático de historia contemporánea, al ver el documental luego, dijo en alta voz al llegar este episodio de su segunda guerra: ¡eso: la Segunda Guerra Mundial! Lo que es no enterarse por muy historiador que se sea.

Por las mismas playas vizcaínas andaba también Palmira aunque no se conocieran por entonces. Su familia era también pudiente… y republicana. La guerra la llevó a la militancia en el Partido Comunista y allí se afanó en todo lo que la fueron encargando. Y allí encontró a su novio y luego marido: se lo propuso ella. Y de allí huyeron entre los vencidos y acabaron en Bucarest: en la famosa Radio España Independiente, Estación Pirenaica… la vuelta en 1975. Palmira lo perdió todo, menos a ella y su modo de ser.

El documental se cierra con la reunión de todas en un hotel de Madrid. No se conocían antes. Quienes habían estado con ellas en las grabaciones las presentaron entre sí. Pasaron un rato de tertulia conversando entre ellas. No hubo ningún problema. Ni por sus diferencias sociales, ni culturales. Tampoco por las políticas (bastante relativizadas ya), ni por sus actuales —entonces— lugares de residencia. Desde luego eran totalmente diferentes sus visiones del mundo. Hasta opuestas, pero pudieron encontrarse, conocerse y hablar como amigas de siempre. Uno puede pensar que esto son cosas de mujeres mayores. Son cosas de personas que han vivido una experiencia, como vencedoras o como vencidas, que quieren poner y dejar en el pasado. No les importa evocar algunos episodios, pero —incluso con noventa años— piensan más en la vida que tienen por delante (ellas, sus hijos, sus nietos) que en lo que dejaron a su espalda.