Humanos y humanoides

He de confesar que, cuando era jovencito, la lectura de Huxley, después de Orwell y, más adelante, la visión de Blade Runner, de Scott, causaron en mí un fuerte impacto muy difícil de describir. Lo sentí tan real entonces que ni siquiera me atrevía a comentarlo con mis amigos. Nos entendíamos en todo, menos en “este tipo de cosas”. Eso me llevó a silenciarlas, a meditarlas en el más absoluto mutismo conmigo mismo.

Resulta necesario parar y observar, de vez en cuando, para poder comprender la verdadera entidad de los acontecimientos. Hace tan solo treinta años vivíamos sin teléfono móvil. Hoy por hoy, es imposible realizar la más sencilla gestión sin semejante dispositivo. Sin entrar a analizar en este artículo el salvaje desprecio más burdo que ello supone para nuestros mayores, para ese consejo de ancianos sabios en la ciencia de la vida a los que hemos vilipendiado, merece la pena un análisis breve sobre este nuevo paradigma.

Hasta ahora, casi todo eran alabanzas a esta novedosa tecnología. Nos la han inoculado a través de todos los sentidos y ello ha trasformado nuestra mente. Porque, si el mundo es distinto, nosotros, a la fuerza, nos hacemos diferentes. En estos últimos dos años, ¡que coincidencia!, la conquista de las máquinas ha avanzado más que en toda la historia de la humanidad.

El caso es que –a todos nos ha pasado– cuando hemos intentado acceder a una ayuda, solo accesible a través del teléfono móvil, el sistema se colapsa. Cuando hemos tenido que presentar un escrito ante la Seguridad Social o el paro –cerrados a cal y canto– el programa se ha caído y el plazo se ha pasado. Nos hemos tenido que acostumbrar a chatear con máquinas que resuelven nuestras dudas. Los médicos han pasado de ser “de cabecera” a “telefónicos” y no deja de sorprenderme esa asombrosa capacidad que han adquirido en tan poco tiempo de auscultarnos a través de la red, mirarnos el fondo del ojo sin verlo, medirnos la temperatura sin termómetro o tomarnos el pulso sin tocarnos. Los juicios han sido privados de aquellos principios inalienables de la inmediatez y la contradicción de las partes. Y de los niños, mejor no hablo. ¡Pobres angelitos míos! ¿Cómo hemos podido llegar a permitir las atrocidades que se están cometiendo con ellos? Aquel mundo regido por la comunicación verbal, el contacto físico y el lenguaje gestual ha dado paso a un universo virtual extremadamente vulnerable, tremendamente sencillo de ser manipulado desde el manejo de los datos y la programación de las máquinas.

Esos dineros que vienen de Europa se entregan por decreto y sin convocatoria sustentados en una supuesta urgencia

Los aparatos nos controlan, saben dónde estamos en cada momento, en qué y cómo gastamos nuestro dinero, lo que nos gusta o aflige. Solo precisan dar una vuelta de tuerca a la derecha o a la izquierda para apretarnos o soltarnos un poquito. La información es única y universal. Las noticias, emanadas por la fuente de las grandes agencias, se “copia-pegan” en todos los medios del planeta con ligerísimas diferencias teñidas por el color ideológico del medio en cuestión. El dinero, en forma de subvenciones, va y viene para, permitirlos sobrevivir y de paso, decirles lo que tienen que decir. Nada está escondido. Todo se publica en el BOE; eso sí, se oculta detrás de un leguaje farragoso que ni los letrados entendemos, escondiendo lo que no quieren que se sepa en los recovecos de normas que han sido dictadas para regular una cuestión diferente. Esos dineros que vienen de Europa se entregan por decreto y sin convocatoria sustentados en una supuesta urgencia. Las partidas presupuestarias para fumigar nuestros cielos ahí están editadas, pero nadie las encuentra. Todo está a la vista, pero nada se ve. Todo está bajo control, pero no lo parece.

Las máquinas no son los replicantes de Blade Runner ni los robots de la inteligencia artificial. Las máquinas que están conquistando la tierra habitada por el humano se ubican delante de nuestras propias narices, pero no somos capaces de localizarlas, porque la misión fundamental de estos aparatos consiste en tenernos entretenidos permanentemente, sin descanso, para que no miremos donde está la chicha.

Esta estrategia de lucha está inventada desde que el homínido es humano. ¿Acaso existe alguna máquina tan perfecta como lo es nuestra mente? La mente es la mejor herramienta para realizar todas las acciones de nuestra vida. Pero –hay que reconocerlo– nos ha ganado la batalla. Nos tiene tan entretenidos que nos ha hecho olvidarnos de que somos sus dueños, de que ella es un simple utensilio para nuestro desarrollo.

Es hora de empezar la reconquista. Ha llegado el momento de rescatar a nuestra mente del control de las máquinas para, una vez recuperada, trascenderla y ponerla de nuevo bajo el dominio de nuestro ser.