Hijos de nuestro pasado

¿Qué tiene el pasado que tan poco gusta a unos y tanto a otros? ¿Que unos quieren ensalzarlo y otros olvidarlo e incluso cambiarlo, si eso fuera posible? Nuestros constituyentes no quisieron en ningún momento borrar el pasado, sino en palabras del historiador Santos Juliá “echar en el olvido”, que por no olvidar voluntariamente su historia, y precisamente por recordarla, decidieron no repetirla. Si durante la Transición nuestros representantes políticos se hubieran lanzado el pasado a la cara, es seguro que la reconciliación entre los españoles, que en gran medida se había producido antes, no se hubiera consumado en la Ley de Amnistía de 1977 ni en la Constitución de la concordia de 1978. Hubo, por tanto, un acuerdo tácito en dejar la historia en manos de los historiadores y fuera de la batalla política.

El olvido es un concepto paradójicamente tan antiguo como la civilización. Dos días después del asesinato de Cesar, Cicerón se dirigió al Senado pidiendo el olvido eterno del acto (obliovione sempiterna delendam). Gladstone se refirió a los continuos desencuentros con los separatistas irlandeses y habló de “un bendito olvido del pasado” (“a blessed oblivion of the past”) cuya cita fue recuperada por Winston Churchill en su famoso discurso de Zurich en 1946 al decir “tenemos que volver la espalda a los horrores del pasado. Debemos mirar hacia el futuro. No podemos permitirnos el arrastrar a través de los años aquello que puede traer de nuevo los odios y las venganzas que se desprenden de las injurias del pasado. Si hay que salvar a Europa de la infinita miseria, y por supuesto de la condena final, tiene que darse un acto de fe en la familia europea y un acto de olvido hacia los crímenes y locuras del pasado”.

Pero a veces la realidad es tozuda, y el pasado se presenta sin llamar a la puerta, de sopetón, seguro de sí mismo insistiendo en dar forma al porvenir. No hace mucho, hubo una polémica en Holanda –nadie se libra- porque el propietario de un terreno donde existe una construcción conocida bajo el nombre del Muro de Mussert, quería derribarlo para ampliar un negocio particular. El nombre coloquial del muro hace referencia al líder político del Movimiento Nacional Socialista holandés durante la ocupación alemana de la Segunda Guerra Mundial, Anton Mussert, porque en ese muro, que tiene una disposición de piedras que permite sentarse a modo de anfiteatro, era desde donde arengaba a sus partidarios colaboracionistas. Pues bien, un grupo de historiadores ha pedido al ministro de Cultura que lo proteja para que su mera existencia sirva para “recordar un periodo negro a las futuras generaciones” incidiendo en que “no se puede hablar de paz y libertad ocultando el lado oscuro, y el muro permitirá recordar los años de la guerra aprendiendo del pasado”. ¿Es que acaso el legislador no entiende que la profundidad de la creación artística como la escultura, la arquitectura, la pintura o la música representa lo que fuimos y no lo que somos? Finalmente el gobierno holandés accedió a proteger el muro, y hoy es un incómodo recuerdo para los holandeses.

Asimismo el ayuntamiento de Núremberg ha decidido destinar 85 millones de euros para la preservación del Campo Zeppelin, -catalogado como monumento histórico en 1973- aquel que inmortalizó Leni Riefenstahl en El Triunfo de la voluntad y en el que todos hemos visto desfilar a los nazis en numerosos documentales. Los promotores de esta iniciativa no han querido reconstruir ni restaurar, pero sí conservar una parte de su historia que por vergonzosa que sea tiene un valor educativo para las nuevas generaciones.

Mediante la retirada de símbolos y monumentos de épocas pasadas que –feliz o desagraciadamente- forman parte de nuestro acervo común, no hacemos otra cosa que amputarnos una parte de nuestra biografía.

En mis paseos por la localidad Navarra de Vera de Bidasoa descubrí una placa que homenajea a los caídos en un combate entre liberales y carlistas ¿No es acaso el recuerdo de aquella guerra fratricida lo que nos debe inspirar a que no se repita? Cuando con paso ligero voy a la estación de ferrocarril de Atocha, siempre me fijo en el escudo nacional republicano -que respetó la dictadura- y que para los amantes de la historia es un bonito recuerdo de aquel convulso periodo.

Como indica la ensayista Ana Nuño, la historia no es un objeto jurídico, -no es la Ley de Arrendamientos Urbanos, añado yo- por lo tanto, en un Estado democrático “la definición de la verdad histórica no compete ni al Parlamento ni a la autoridad judicial” y promulgar leyes sobre ella dice poco del criterio democrático y liberal del legislador. La verdad es incómoda, y no por ello debemos olvidarla, ocultarla o, ni mucho menos, alterarla con fines espurios, porque solo desconociéndola estaremos avocados a repetirla.

Miguel de Unamuno decía que era preferible ser padres de nuestro porvenir que hijos de nuestro pasado, intentemos pues que éste no nos impida construir nuestro futuro.


(*) Director de la Fundación Transición Española.