Hecho en Catar, made in Qatar

En una jornada cualquiera de octubre de 2010, a hora demasiado mañanera, un taxista filipino nos trasladó desde el aeropuerto de Doha hasta la Corniche, completamente vacía, en la primera visita a Catar. Los compatriotas de Rizal son apreciados en el Golfo Pérsico por su dominio del inglés; y resultan habituales en puestos como recepcionistas de hoteles. El paseo marítimo, kilométrico, conecta el casco histórico con el nuevo distrito financiero, quedando entremedias una zona anodina, previa al boom petrolero. Los rascacielos se atisbaban en la lejanía: panorámica grandiosa, cual espejismo en las soledades del desierto. Sin embargo, a medida que avanzábamos hacia la “boomtown”, heredera de aquellas surgidas con la fiebre del oro en el Yukón y coetánea de Shenzhen —embrión del milagro económico chino—, comprobamos algo. Esta Nueva Manhattan no era de cartón piedra, pues todo se antojaba real. Si la expresión “piso listo para entrega” engrosa la jerga de promotores inmobiliarios, aquella mole, toda ella, de golpe, parecía “ciudad lista para entrega”. Recién arribados al cogollo, cuyas aceras no estaban terminadas, apareció un Starbucks, fachada de la globalización anglosajona; y fue como llegar a casa. El local estaba repleto de árabes con túnica y turbante; algo que no es tan fácil de ver, pues los autóctonos solo representan el doce por ciento de la población. Los inmigrantes, procedentes en su mayoría de la Península Indostánica, realizan los trabajos más duros; y, los locales suelen ocupar puestos cómodos del funcionariado. Las restricciones extremas para naturalizarse preservan el “statu quo”.

Si los centros comerciales más lujosos son observatorio de nativos, en Lagoona Mall, donde hay concesionario de Rolls-Royce, grupitos de chicas adolescentes merendaban. Una botella glamurosa de Evian brillaba en cada mesa. Los árabes del Golfo Pérsico lo hacen todo a lo grande; y, ya en 1998, me alojé en el Jumeirah Beach de Dubái, primer hotel de seis estrellas. Ahora, la construcción de un estadio ha sido excusa para fundar urbe de nueva planta: Lusail.

Doha aspira al estrellato como ciudad global. Los espacios promocionales se repiten en CNN o Euronews, con objeto de proyectar imagen de modernidad, competitividad y calidad de vida. Si la apuesta por los negocios internacionales resulta prioritaria, el poder mediático establece jerarquías. Al Jazeera, canal de noticias en inglés —también disponible en árabe—, replicante de la cadena pionera de Atlanta, emite desde Catar.

Dubái era hermana pobre dentro de Emiratos Árabes Unidos (EAU) en energía; y, dicha desventaja incentivó su transformación en puerta de entrada al Golfo Pérsico, interlocutora con los mercados exteriores. Ante una crisis inmobiliaria, tuvo que ser rescatada por la rica Abu Dabi. Por el contrario, Catar, jurisdicción independiente, atesora ventaja: las inmensas reservas de gas natural —y, en menor medida, petróleo—. A partir de frontera poco nítida entre estado y familia real, su fondo soberano (QI) despliega inversiones multisectoriales por doquier, desde Iberdrola o El Corte Inglés en España hasta el club de fútbol PSG en Francia.

Los intentos por diversificar la economía buscan rentabilidad y cobertura frente a un futuro con yacimientos exhaustos. La creación de un centro financiero anhela quedarse con tajada del negocio de los petrodólares, en ámbitos que van desde banca privada a mercados de futuros del petróleo. Los anagramas de Nike o Coca Cola endorsan valor añadido; y las ciudades han aprendido a posicionar marca propia. Aquí aparece la arquitectura “superstar”: si el continente supera a los contenidos en el Guggenheim de Bilbao, lo mismo me pareció en el icónico Museo de Arte Islámico de Doha, emplazado junto al mar y diseñado por un Premio Pritzker —equivalente al Nobel de los arquitectos—. El Museo Nacional de Catar, de Jean Nouvel, amplia el elenco de suma y sigue, vía talonario sin límite, incesante al comprar piezas de coleccionismo en el mercado internacional del arte. Museos que crecerán con el tiempo.

La celebración del Campeonato Mundial de Fútbol en 2022 representa la culminación de Catar para darse a conocer. Los intangibles, relacionados con marca-país y poder blando, estimulan la organización de estos acontecimientos, ya que, en el plano presupuestario, las inversiones faraónicas suelen resultar deficitarias. Se trata de la primera vez que una ciudad-estado de facto alberga esta cita balompédica; y, además, el calendario de los partidos ha debido trasladarse a las puertas del invierno. Dos supuestos obstáculos, a priori insalvables.

Si bien tiene un tamaño muy reducido, con tres millones de habitantes y muchos menos ciudadanos de pleno derecho, Catar ejecuta una política exterior hiperactiva, que le ha llevado a enfrentarse con Arabia Saudita, primera potencia regional, y EAU, cancillerías que no apoyaron la Primavera Árabe de Egipto. Ante la Guerra de Ucrania, las exportaciones cataríes de gas licuado, alternativa al proveedor ruso, fortalecen su peso geopolítico.

En cualquier caso, el Mundial de Fútbol ha evidenciado un triunfo agridulce. Las sospechas sobre posible adjudicación irregular de la sede del campeonato por la FIFA han estado en el candelero desde el primer momento. En vísperas, los medios occidentales han enfatizado el lado oscuro del emirato: las carencias democráticas en materia de derechos civiles y laborales. Un bumerán empotrado, vía viento huracanado del desierto, contra la marca “made in Qatar”. Algo propio de la teoría del caos, con logro opuesto al buscado. La prohibición de la homosexualidad asusta e irrita a Occidente; mientras, la prensa británica ha denunciado la elevada mortandad de trabajadores en la construcción de estadios. Además, muchos obreros debían pagar comisiones abusivas a ciertas agencias para sentar plaza. Desde la presión internacional, Catar había aprobado un salario mínimo —muy bajo—, desmantelándose el impedimento para que los trabajadores abandonaran su puesto o salieran del país sin permiso del empleador —sistema patriarcal de Kafala—.

Un amigo sirio me comentaba cómo muchos paisanos de su pueblo emigraban al Golfo Pérsico, con idea de retornar al cabo de cinco años para montar un pequeño negocio; pero, él no se decidió, debido a la dureza de las condiciones de trabajo. Las empleadas domésticas de Filipinas se reúnen cada domingo, a modo de picnic surrealista, entre los rascacielos de Hong Kong. Según me referían, las preferencias sobre contraparte laboral más deseada estaban claras: expatriados occidentales; chinos; y, en último término, hogares árabes del Golfo Pérsico, por donde muchas de ellas habían pasado. Allí, era usual, incluso, que fueran acompañadas por el cabeza de familia hasta la entidad financiera para enviar sus remesas.

Si Hong Kong era puerta de entrada a China, Dubái y Doha ejercen dicho papel en la Península Arábiga, desde sus credenciales angloparlantes como antiguos protectorados británicos. Su mayor grado de tolerancia frente a la dureza de Arabia Saudita, estado muy cerrado, los hace amigables a Occidente (“western-friendly”). Así, el número de expatriados no cesa de crecer. Cuántos europeos residentes en Ryad optan por pasar algún fin de semana en estos oasis, incluidos los ingenieros españoles que trazaron el tren de alta velocidad en el desierto.

Una buena geografía ha apoyado la expansión vertiginosa de las aerolíneas de bandera en la zona. Doha es escala ideal para las rutas que unen Europa Occidental con Asia Oriental y Meridional, por una parte, así como China con África, por otro lado. Las largas colas a la puerta de los cuartos de baño reflejaban cómo, con tantos vuelos, Doha no daba abasto. Un nuevo aeropuerto de bella factura es icono arquitectónico, promovedor de imagen amable a la llegada, con placita central y estatua gigantesca de un oso para fotografiarse. Qatar Airways ofrece buenas tarifas, tripulaciones cosmopolitas y servicio esmerado de atención al pasajero.

En una segunda visita a Doha, la animación principal continuaba en el zoco (Souq Waqif). Como en la España de los años cincuenta, a la caída de la tarde, los chicos paseaban con los chicos; y las chicas con las chicas. Algo así como calle Real arriba, calle Real abajo, en Segovia. En jornada festiva, numerosos muchachos visitaban con su padre las tiendas de halcones agrupadas en el centro histórico, para realizar la compra, rito iniciático de la pubertad. Las aves rapaces esperaban, tratadas a cuerpo de rey, con aire acondicionado. Cuando hijo y progenitor salían, mi madre se atrevió a mantener, posada en su brazo, aquella criatura imponente. Un conocido empresario exporta halcones desde la provincia de Segovia; y me comentan que un veterinario se ha comprado un piso con las propinas recibidas en sus viajes al Golfo Pérsico.

Un Catar ancestral coexiste con el Catar moderno y global. En el zoco, muchas mujeres llevan el rostro tapado en su totalidad; pero, otras tantas no.