Greta Thunberg

Si Greta Thunberg fuera un chico nacido, por poner un ejemplo, en Madrid, vistiera camisa Spagnolo y pantalones chinos, luciera pelo cuidadosamente desmadejado y dijera lo que dice, pasaría por un cachorro neototalitario de cuidado. Y los adalides de la opinión publicada, que predican desde sus púlpitos mediáticos cargados de los más absurdos tópicos, lo anatemizarían, remarcando incluso su peligro.

Hace poco, oyéndola hablar en un escenario al aire libre de Glasgow, me quedé pasmado. Con violencia gestual y palabras agresivas —que nada indican, es verdad, sino la vehemencia de quien las profiere— dijo, muy segura de sí misma, que las autoridades presentes en la cumbre del clima no representaban al pueblo —“a nosotros”, dijo específicamente; lo que es peor, porque asume que ellos, y solo ellos, son el pueblo— y que, en cambio, los presentes sí gozaban de legitimidad —no explicó de donde surgía la dicha— para imponer sus tesis sobre la cuestión climática.

Ahora mi perplejidad se acrecienta al leer en The Guardian una columna suya en la que reclama el surgimiento de un líder providencial que dicte sus criterios para que el desastre medioambiental no nos lleve a la catástrofe. Horror, pensé. Un líder providencial. Un caudillo. Un papá Hoxha. Un führer. Un cirujano de hierro. Y lo pedía desde The Guardian. Con dos narices. ¿De verdad que hay que dar crédito a esta iluminada?

Hace unos meses, creo que mediaba la anterior cumbre sobre el clima, la observé enhiesta como un abedul, creo recordar que con los brazos cruzados, o en jarras, que igual da, mirando retadoramente a todo un presidente de EE.UU. Ya saben la poca simpatía que guardo hacia Donald Trump. Pero, me pregunté, ¿qué legitimidad ampara a este personaje para porfiar a un presidente elegido por una nación en donde, con todas las imperfecciones que se quiera, rige la democracia hace más de doscientos años?

Siempre he recelado de quienes parecen a todas las horas cabreados, como si el mundo les debiera algo que no logran cobrar. Me pasa lo mismo con los pijos con permanente cara de estar oliendo a mierda. Greta Thunberg está continuamente enfadada, incluso cuando una cohorte de acólitos la protege de las masas que, cuan mesías, la rodean y azuzan. Me espantan sus proclamas porque no dejan un ápice a la duda. Me dirán que los políticos también hacen lo mismo. Pero ellos poseen un hábito que es fácil identificar. Ella no. Ella está imbuida de un idealismo preexistente a toda materialización; vive en el mundo de las formas, de la verdad no sometida a validación ni a control. Y eso es lo peligroso. Ya se sabe que el idealismo alemán, con sus ideas preexistentes a toda comprobación empírica, dio paso a lo que dio. Obviamente aquí no pasará lo mismo. Pero el método es semejante.

Me horripilan los aspirantes a líderes mundiales. Se llamen Zuckerberg o Thunberg

Probablemente sea su juventud la que anima a sus devotos. Hacen buenas las palabras del estupendo Oscar Wilde: “no soy lo suficientemente joven para saberlo todo”. Ni para tener razón. Me parece estúpida esta glorificación de la juventud. Por mí no será. Suerte que he superado, con la ayuda del paso del tiempo, la terrible década de los veinte años. Fue, por cierto —también tuvo sus cosas buenas—, la edad en que leí a Joaquín Costa y su teoría sobre el cirujano de hierro, que tanto recuerda al demiurgo que reclama Thunberg. Las experiencias de la segunda y tercera década del siglo XX, alimentadas con las teorías que ensalzaban a movimientos populares y a líderes convertidos en mitos mesiánicos, tuvieron un mal recorrido. Superaron la podredumbre del sistema parlamentario burgués, pero la alternativa fue mucho peor. No es cosa de broma esta Greta Thunberg. Poca gracia contemplar, en esta sociedad que se avergüenza de sus valores occidentales, que los derechos de la mujer se reivindiquen aireando culturas en las que ellas llevan la cabeza cubierta por un hiyab, como hacían las mujeres casadas en Europa en el peor pasado. Estamos en un estadio social en el que el valor moral no reside en los actos o las palabras, sino en quién los acomete o en la boca que las pronuncia. Un terrible y agotador maniqueísmo simplista este al que tan gratamente nos plegamos los medios de comunicación y las redes sociales. Me horripilan los aspirantes a líderes mundiales. Se llamen Zuckerberg o Thunberg. Prefiero mi alienada existencia que salvadores totémicos o ideas redentoras.