Gracias Mariano Gómez de Caso

De los 8.000 millones de personas que vivimos ahora mismo dentro de unos años no quedará nadie. Creo que algunos no se enteran. Yo, gracias a Dios, he caído de la burra no hace mucho. Es más: comparativamente tenemos poco tiempo de vida. Todavía más: Muchos de nosotros estamos en el último tercio o cuarto o quinto de vida. Ignorar que no solo nos moriremos pronto sino enfermos y rabiando más o menos puede ser una terapia para alguien, pero con ello no se niega la evidencia. Así es, no más.

En casi todas las personas que conozco hay un lamento por no vivir más o mejor o las dos cosas. En pocas observo un agradecimiento por lo vivido bien o razonablemente bien. Por eso soy más creyente: Por dar gracias por lo bien que he vivido, aunque el asunto de la resurrección me tiene muy confundido.

Yo le digo a Pili que si me voy primero piense en lo bien que nos lo hemos pasado estos treinta y siete años y en que todo lo que viviera después iba a ser tiempo de lamentos. En cambio si ella se va primero se merece que alguien la llore como Dios manda.

Hoy recuerdo que Mariano Gómez de Caso se ha ido y lo que se me ocurre pensar, más que lo siento, que también, es gracias. Por haberlo conocido, por haberlo tratado, por todas las cosas que me contó y que me escuchó.

Para mí Mariano Gómez de Caso es un ejemplo de lo bueno que puede hacer una persona. Cuántas veces se escudan algunos en que no han estudiado; cuántas veces muchos dicen “me gustaría hacer”. Cuántas veces los que saben se arropan de un gremialismo vanidoso. Aquí tenéis a un funcionario de correos, a un jubilado. Mariano Gómez de Caso es el ejemplo de persona que se pone a ello, que lo hace: lo que le gusta, lo que cree que puede hacer: fotos, investigaciones, escuchar música, ir con los amigos. Qué justo me pareció que la Universidad de Historia y Arte de San Quirce lo acogiera entre los suyos. Yo había visto unos cartelones con fotos de Segovia en las paredes de las aulas de diversos colegios: resulta que las fotos eran suyas y no ponía el nombre; y así unas cuantas (Amalio Cuenca, María de Pablos): yo no sé si él estaba tan ocupado en sus asuntos que no le funcionaba la publicidad o que la envidia de algunos le ninguneaba.

Tuve la suerte de conocerlo y marearlo a preguntas. No es que esté arrepentido de no haberlo usado más porque en todo momento intenté respetar su velocidad, su tiempo, sus silencios. La pandemia nos obligó a mantener la distancia y sus cataratas a renunciar a la correspondencia. Se fue y, por lo visto en los periódicos, pienso que él no habría quedado insatisfecho con la mala noticia: A la vejez viruelas.
Mariano Gómez de Caso empezó a tratarme como si yo supiera algo de algo (fotografía, guitarra) y pronto comprobó que yo podía llegar a ser un buen aprendiz. Me impresionó no solo el número de diapositivas, sino el celo en guardarlas y organizarlas para la posteridad. Me impresionó su tarea de albacea de la familia Zuloaga. Pero lo más que me impresionó fue su dolor de esposo ante la pérdida de ella, solo superado por su dolor de padre por la muerte de su hijo: tan presente durante todos nuestros encuentros.

Y me impresionó que, a pesar de estos dolores, de sus sufrimientos por la enfermedad que padecía, no se quejaba y mantenía la conversación inalterable. Qué ejemplo.

Mariano Gómez de Caso: una persona ilustre que goza de un puesto en mi cuadro de honor.

Todo esto pasó porque fui a escuchar canto gregoriano y vi una foto y quise emularla y las monjas que cantaban y que pusieron mi foto a la entrada de la iglesia le dieron noticia a Mariano de quién era yo. Este premio lo he disfrutado de la mano de las Monjas Dominicas de Segovia. Por eso doy gracias a Dios, a estas monjas y a Mariano.