Fiestas de San Lorenzo, Segovia y la España del norte

Las fiestas de San Lorenzo son un fenómeno sociológico digno de mención. En el imaginario segoviano, los festejos patronales de San Juan y San Pedro carecen de relevancia semejante. No hay punto de comparación en cuanto a jarana se refiere. La caminata por la calle de Antonio Coronel, flanqueado por dos huertas enormes a izquierda y derecha, otorga la perspectiva de acceder a un pueblo, máxime cuando se avista la torre de la iglesia en el horizonte. ¿Cómo no se han ampliado esas aceras tan angostas? Por el contrario, se permitió la edificación de dos viviendas unifamiliares de lujo al pie de la vereda mínima.

San Lorenzo era arrabal diferenciado, repleto de hortelanos, durante el Antiguo Régimen. Por ello, antes de su lamentable expulsión (1609), era el emplazamiento segoviano –junto a la villa de Fuentidueña- con mayor peso de población morisca. La plaza preciosista, armada con casitas de ladrillo mudéjar y vigas cruzadas de madera, es testimonio de una herencia. Cual ironía del destino con sabor a reparación histórica, la inmigración marroquí –rifeña en buena medida- enriquece la demografía de San Lorenzo en siglo XXI. No obstante, pienso que, dadas las diferencias culturales, la participación de esta colectividad en la fiesta barrial resulte muy escasa. Unos festejos mucho más endogámicos de lo que pretenden aparentar.

En el autobús que viene de Madrid, escucho conversaciones juveniles en torno a cuestiones logísticas. Los infantes jerarquizan la elección de las fiestas de los pueblos a las que asistirán. Alguien cita hasta tres nombres: Navafría; y dos más que no recuerdo. San Lorenzo, pueblo imaginado de mayor dimensión y acceso sencillo, encabeza el listado. La fiesta mayor de la ruralidad segoviana. En paralelo, muchos vecinos del barrio tienen otro lugar de adscripción en la provincia. Cuando descubrí Telesegovia, me llamó la atención el protagonismo y seguimiento informativo del fenómeno vinculado a ocios locales. De la misma forma, la televisión autonómica vasca institucionalizó un programa veraniego –Jaiak– que iba de pueblo en pueblo. Un mundo que me resultaba ajeno, puesto que yo vivía aislado del resto de España en Madrid, Distrito Federal, más cerca de Buenos Aires que de Toledo.

Olviden los hechos diferenciales por todos conocidos, recreados vía Romanticismo del siglo XIX. La divisoria real queda trazada entre la España del Norte (gregaria) versus la España del Sur (individualista). Y, no lo duden, Segovia pertenece a la primera. San Lorenzo o Cuéllar celebran encierros, igualito que Pamplona o Falces –estos últimos son los más peligrosos-. Una relación del colectivo con el toro. Que diferente respecto a Andalucía, donde solo se concibe el duelo individual del matador frente al animal totémico del Mare Nostrum.

Cuánto se parecen castellanos al norte del Guadarrama a vascos y navarros, núcleo duro de una España taurina que no incorpora a gallegos y asturianos. Aquí tenemos hasta apellidos toponímicos con raíces en el euskera como Chávida o Anaya. Qué recuerdo tan agradable la cafetería Anaiak – que significa hermanos-, regentada por una familia baztanesa en Viña del Mar. Allí conocimos a Cantatore, antiguo entrenador del Valladolid.

Recordemos la pregunta del millón en Españoles por el Mundo: ¿qué echan de menos? Y los expatriados responden: “ir de cañas”. Si la cerveza tiene más adeptos, la cultura popular de tomar vinos –chatos para los segovianos y chiquitos en Bilbao”- registra su mayor arraigo en los mismos contornos de la España taurina de la mitad septentrional. Lo de aquellos aspirantes a nuevos ricos de todo el país que se apuntan al vino es otra historia. Cuántas mujeres de cierta edad, jóvenes en tiempo machista, van solas -o en grupo- a un bar de Segovia. Y, en el momento de pedir un verdejo, emerge otro nexo norteño, vía matriarcado atávico.

Los locales efímeros donde los miembros de las peñas de San Lorenzo meriendan son equivalente segoviano de txosnas bilbaínas y bajeras calagurritanas. La fiesta grupal dura todo el día. En torno a las 15 horas del sábado inaugural, el tramo de Vía Roma donde se concentran los bares presentaba aspecto multicolor,  repleto de mozos y mozas, ataviados con camisetas de colores diversos, símbolo de pertenencia tribal.

Las peñas son extensión de la legendaria cuadrilla vasca, teorizada por antropólogos y humoristas. Los libros sobre la materia de Óscar Terol son muy divertidos; y ensalzan la dependencia frente a la pandilla de amigos, cuya cohesión se mantiene desde la niñez o adolescencia hasta la vejez. Las sociedades gastronómicas y las mesas alargadas de las sidrerías son complemento. Recuerdo el caso de un amigo bilbaíno, quien hizo un viaje largo a Perú, acompañado por otro miembro de la cuadrilla y la esposa del mismo. La mujer del primero no pudo ir porque estaba trabajando. Un modelo que, en Madrid, resultaría rarísimo.

La cuadrilla pierde fuelle a medida que descendemos por la Meseta; pero, la esencia se mantiene. Eso sí, el vínculo matrimonial se superpone sobre la amistad entre miembros del mismo sexo. Las cuadrillas vascas son tanto masculinas –por un lado-, como femeninas –por otro lado-. Cuántos grupos de dos o tres parejas de edad madura se reúnen a pasar la tarde de cualquier sábado en muchos bares de Segovia; algo que apenas se ve en otros lares. Por lo extraño, me resultaba llamativo el caso de unos vecinos en mi barrio de Madrid que practicaban dicho hábito. Y, de forma no casual, eran gallegos.

Como decía el humorista Tip, “mañana hablaremos del gobierno”. Las fiestas de San Lorenzo también incorporan un lado oscuro, que rebasa su interés antropológico. ¿No resulta excesivo que la música verbenera se prolongue casi hasta las cinco de la madrugada? ¿Por qué la policía municipal es tolerante respecto a los coches mal aparcados en Antonio Coronel y otras vías durante estos días? En estas celebraciones se bebe; y cuando se toma, no se debe conducir, algo sumado a la infracción cometida al estacionar. Además, un cumplimiento más estricto de la normativa apoyaría al gremio de taxistas, sin necesidad de subvencionar sus servicios vía medidas como los bonos de comercio del ayuntamiento –según ocurriera hace algún tiempo-.

Como corolario, me hago una pregunta, cual oyente involuntario, encerrado en mi casa sin escapatoria posible, sobre la proliferación de actuaciones musicales, más allá de las fiestas del barrio, en ese auditorio permanente llamado Plaza de San Lorenzo. ¿Se trata de elemento nutricio de pan y circo asociado a cierto clientelismo político?