Las revoluciones de octubre acaban mal

Octubre es mes de revoluciones. La rusa de 1917, que en realidad fue en noviembre, pero ha pasado a la historia con otra fecha. La de 1934 en Asturias. La de 2017 independentista en Cataluña, que duró menos de un minuto. Ahora, en este año nefasto 2020, octubre nos llega ya esta semana cargado de nubarrones muy negros, que presagian lluvias torrenciales de muy variada índole y constituyen, en conjunto, una tormenta perfecta. Un diseño de revolución, tal y como algunos pretenden. Ojo, porque las revoluciones de octubre, aunque tengan lugar según el calendario juliano en noviembre, acaban mal a más o menos corto plazo: ya sean los diez segundos de la catalana o los setenta y dos años de la rusa. Así que atención, que la Historia está para no repetir los peores pasos de la misma.

El próximo sábado, 3 de octubre, se cumplirán tres años de aquel discurso memorable de Felipe VI condenando, en términos inusualmente enérgicos, el intento de golpe perpetrado desde la Generalitat catalana, con el simulacro de referéndum y la efímera declaración de independencia de dos días antes. Muchas cosas han ocurrido, y temo que ocurrirán, desde entonces en una Cataluña agitada por el peor presidente imaginable, manejado desde el exterior por el incompetente más completo que ha conocido la agitada historia política del secesionismo catalán. Ahora, como una venganza conmemorativa, arrecian los ataques contra el jefe del Estado desde los ámbitos independentistas, pero también conjuntamente desde el sector de Unidas Podemos coligado en el Gobierno central de Pedro Sánchez. La consigna es revolucionaria, aunque no proclamada en voz demasiado alta aún: sustituir la actual Constitución por otra republicana, denigrando lo que fue, y ya no es, el ‘espíritu de 1978’. Y cambiando el signo de la Jefatura del Estado, naturalmente.

No puede ignorarse que la debilidad del país en general, la tristeza noventayochista que embarga a los ciudadanos atemorizados por la pandemia y la ineptitud de sectores del Gobierno y de la oposición, o de las oposiciones, favorece el clima de quienes quieren sustituir el pasado por un presente no diseñado para durar en el futuro. El panorama, que es el caldo de cultivo de las aventuras rupturistas, no puede ser más desolador: La Moncloa, enfrentada a La Zarzuela y, a la vez, al Gobierno de Madrid en la Puerta del Sol. Y viceversa. Vivir en el Madrid de las conspiraciones, aunque sea al borde de otro semi confinamiento, da para muchas crónicas. Ah, si Pérez Galdós y Larra levantaran la cabeza…

Y, a todo esto ¿y la oposición? Supongo que Pablo Casado, el presidente del PP y líder de la misma, iniciará ya esta semana la ofensiva de desgaste al Ejecutivo de Sánchez consistente en pedir la reprobación del vicepresidente Pablo Iglesias, por sus ataques a la forma del Estado, y el cese del ministro Alberto Garzón, por lo mismo. Lamentablemente, la voz de Casado no suena tan fuerte como otras, quizá porque le falta algo de empuje y mucho de televisión, pero no cabe duda de que es intolerable que un miembro del Gobierno que ha prometido fidelidad a la Constitución monárquica hable de que el Rey “maniobra” contra la coalición, saltándose además la Constitución. Nada menos. Y todo ello, porque Felipe VI telefoneó al parecer —ahora La Zarzuela lo desmiente, pero vaya usted a saber— al presidente del Constitucional para decirle que le “hubiera gustado” ir a Barcelona a la entrega de despachos de los nuevos jueces, acto al que el monarca no pudo ir creo que por prescripción gubernativa. Y digo ‘creo’ porque en este episodio, como en tantos otros, la transparencia brilla… por su ausencia. Un conflicto a tres bandas: Jefatura del Estado-Ejecutivo-Poder Judicial. Y el mal llamado ‘cuarto poder’ a verlas venir, sumido en un mar de silencios.

Y encima, la batalla de Madrid, que puede dar con todos los que en esta Comunidad vivimos en una nueva casi reclusión. Pero es una batalla eminentemente política, mucho más que sanitaria: al inquilino de La Moncloa no le gusta que la Comunidad más rica de España esté controlada por el principal partido de la oposición en coalición con Ciudadanos. Así de simple. La ciudad con un centro solitario, frecuentada por manifestaciones en el sur que pronto serán manifestaciones contra el norte, alentadas por la llamada a la lucha de clases que efectúan portavoces ‘morados’ como Pablo Echenique. Agítese todo esto y sírvase frío. Porque puede que este otoño vaya a ser caliente, pero, si nada cambia, nos va a helar el corazón. A las dos Españas y a todas las demás.