Feng shui y CIDE

Hace unos meses, una querida amiga, al pasar por el edificio del CIDE, me dijo: “Este edificio nunca saldrá adelante, porque corta el aliento vital con esas fechas envenenadas que penetran en su flujo y lo modifica”. Es el principio del feng shui. Predica una ocupación armónica del espacio, en la búsqueda de un karma entre el mundo tangible, visible, físico, y el espiritual, oculto y vibrátil. Los occidentales no somos muy dados a la armonía, y más últimamente, cuando la templanza no rige ni nuestro comportamiento ni nuestra actitud. Más bien somos propicios a la ruptura, a la exageración y al exabrupto. En todas las manifestaciones humanas. Seguimos el precepto bíblico: “Ni por caliente ni por frío sino por tibio te vomitaré de mi boca”. Aunque he dicho antes últimamente es tendencia desde hace cuatro siglos, con algunos breves descansos intermedios.

Como soy occidental no creo mucho en este tipo de geomancia. La ordenación del espacio debe regirse por criterios de otra índole, por ejemplo la practicidad, la estética y el respeto al medio natural. En los pueblos del somontano segoviano, las casas están orientadas al sur, y las eras en las zonas más altas del caserío. Y había zonas que en el pasado se respetaban como germen de espacio público y propiedad del común, y cuentas domésticas que no conocían el derroche y en las que la economía circular era una necesidad, no una teoría.

Ahí malviven aeropuertos sin aviones, polígonos sin empresas y museos en los que importa más el continente que el contenido

Pero visto este edificio me ganan las dudas. Ya sé que es producto de una España hortera y de nuevos ricos en donde el efecto Guggenheim hizo mucho daño, salvo en Bilbao. Ahí malviven aeropuertos sin aviones, polígonos sin empresas y museos en los que importa más el continente que el contenido. Y que además este proyecto del hoy CIDE estuvo pésimamente gestionado. Pero da no sé qué verlo cuando cae la noche enerina en medio de un inmenso descampado repleto de esparto, con algunas puertas abiertas –“toda puerta abierta es una invitación a la nada”– y con sus flechas venenosas apuntando a la Mujer muerta. Da yuyu, sí.

Las fechas venenosas que generan sha chi crean un espacio habitacional desfavorable. El sha chi exterior necesita ser remediado. Pero allá los futuros ocupantes del edificio. Nos daríamos con un canto en los dientes, sin embargo, con salir del embrollo del CIDE en el más corto espacio de tiempo y al menor coste. Las flechas pueden variar su proyección y apuntar al edificio que a principios del siglo XVII levantó Pedro Brizuela; y que no tiene, por cierto, ningún ángulo agudo, sino líneas rectas. Todo un tratado estético y moral.