Expresar y aguantar

Uno de los derechos más difíciles de ejercer es el de la libertad de expresión. Su principal dificultad estriba en que exige la libertad del pensamiento. Y pensar libremente es muy difícil, la mayor parte de las veces no porque haya oposición externa, sino porque faltan cosas que decir a las bocas con cerebro mal alimentado. Y con mucha más frecuencia, sencillamente porque falta inteligencia y eso hace mala la expresión expresada. Y no te digo si acudes a los versos de Machado (Se miente más de la cuenta // por falta de fantasía; // también la verdad se inventa) y en las dificultades indudables que exige el inventar en ese sentido más alto.

La libertad de expresión tiene un sujeto activo: el que habla o escribe; pero mas importante aún es el pasivo: el que escucha o lee. Y lo curioso es que la atención habitualmente se centra en el activo y nadie piensa en el otro, que suele ser por obligación más paciente que pasivo. Podría decirse que muchas veces, casi siempre, si el protagonista de la libertad de expresión es que el habla, la víctima es el que escucha: ¡Y hay que estar del lado de los damnificados siempre!

Desde luego puede objetarse que en los mensajes escritos no se molesta a ningún potencial receptor. Eso es verdad para grandes audiencias: ninguno de ustedes tiene por qué seguir con la lectura de estas líneas. Es más: ni siquiera han de empezar. El título avisa y también mi cara: se pasa la página y a otra cosa. Todos contentos (el autor también, aunque solo sea porque “ojos que no ven corazón que no siente”).

En el otro extremo de la difusión masiva está la comunicación cercana, la familiar o de mucha amistad. Aquí las cosas son más complicadas porque el afecto (o el desafecto sentido) agudizan las reacciones; pero no suele haber víctimas entre los oyentes. De modo más o menos explícito, se hace saber al titular del derecho constitucional a la libertad de expresión algo parecido a que “contra el vicio de pedir (la atención) está la virtud de no dar (eso mismo)”. La cosa salvo enfados circunstanciales no suele pasar a mayores.

Las dificultades de alto riesgo (para los lectores o escuchantes) se sitúan en las reuniones que se producen en las distancias cortas, pero no familiares ni de amistad: que son la mayoría en nuestra vida normal y corriente. Se trata de las juntas de la comunidad de propietarios que al parecer son multitud en este país. Ocurre con mayor frecuencia en las asambleas de diverso tamaño y carácter entre las que discurre buena parte de la vida de los profesores universitarios. También en las de las asociaciones profesionales que aún quedan. En todos estos escenarios, como diría un sociólogo, es donde realmente se da un auténtico acoso a la gente de bien por parte de los abusones de la libertad de expresión.

La primera regla de buen gusto que se salta este peligroso personal es la de pensar antes de hablar o escribir

La primera regla de buen gusto que se salta este peligroso personal es la de pensar antes de hablar o escribir. Las tonterías, medidas en frases falsas o sin sentido, son muy frecuentes. Y no es por afán de engañar. Es ignorancia y glotonería verbal: antes morir que callar. Si no sabes una cosa, te la inventas: desde cuantas funciones tiene la comisión permanente del departamento de al lado, a qué ha dicho el rector, o la decana. Y nadie se disculpa cuando le pillan en renuncio. Otra modalidad es el mail de 25 líneas, o más, que pregunta casi todo, como si fuera un derecho el exigir que le contestaran, cuando basta con pensar o hacer memoria para obtener la información que se desea. Se parece mucho a los estudiantes que piden aclaración sobre lo que ya está perfectamente claro: si el examen es o no liberatorio; si la fecha es la que figura en las instrucciones del curso; si se puede escribir con bolígrafo rojo… Y eso incluidos aquellos que, según sus abuelas, son de una inteligencia preclara.

Otra modalidad es el reiterativo. Suele comenzar sus peroratas de manera esperanzadora: estoy de acuerdo con lo que han dicho los intervinientes anteriores…, pero decide repetirlo… y hunde a los condenados a no decir nada para no herir el ejercicio de su libertad de expresión. Y no te digo con los que hacen preguntas –muy largas naturalmente- o expresan con todo lujo de detalles asuntos que no tienen nada que ver con lo que aquella reunión tiene en su agenda, o ni siquiera cae en su universo de interés. Suelen sorprender los comienzos y los escuchadores forzados prestan una atención suplementaria, asombrados por el cauce tan poco usual de la intervención y su extraña relación con el asunto debatido. Es tarde cuando se descubre la trampa: ya no se puede hacer nada… y lo peor es que alguien afirme que aquello no era pertinente: porque entonces si que no se sale ya temáticamente del pantano fangoso en que nos ha metido el ejerciente de la libertad de expresión.

Luego está el continuo reclamador de derechos inexistentes. Una vez estuve atascado con uno en algo que me parecía patente. Afirmaba mi interlocutor que todo doctor tenía derecho a dirigir tesis doctorales. Le aclaré que no era un derecho, sino una condición previa: porque si fuera un derecho, por ser exigible, el departamento, la facultad, la universidad, el sistema universitario español y el Parlamento estarían obligados a proporcionar doctorandos (víctimas en este caso) a todo el que hubiera defendido un trabajo doctoral con éxito. Pues no. No tenía yo razón (según él). Si un doctor quería dirigir una tesis tenía que dirigirla.

Y el mundo se ha llenado de derechos exigibles: el primero a decir libremente lo que se quiera, cuando se quiera y ante quien se quiera

Y el mundo se ha llenado de derechos exigibles: el primero a decir libremente lo que se quiera, cuando se quiera y ante quien se quiera. La pregunta es: ¿Estamos obligados a aguantarles? No parece ¿Habrá que marcharse tranquilamente de la sala hasta que paren? Se hace en los parlamento, ahora ‘votamentos’ porque ya no hay diálogo: cada cual suelta su royo y se pulsa el botón que toca, cuando toca. En algunas asambleas universitarias el personal se lleva tranquilamente sus portátiles y sus auriculares, pero en las más próximas (departamentos) queda aún feo, aunque ahora las reuniones virtuales facilitan la multitarea: no hacer caso a quienes dicen cosas sin interés (la inmensa mayoría) y aprovechar el tiempo trabajando en otra cosa.

Los ejercientes incontinentes del hablar, incluso ensayan tácticas asamblearias de los años setenta: enrollarse hablando hasta el infinito y esperar a que los enemigos se vayan aburridos… y exigir entonces la votación.

¿Cómo se ejerce el derecho a la libertad de expresión si nadie te hace caso? ¿Es inconstitucional? O, quizá el infierno solo sea un parlamento en el que haya que se deba poner atención obligatoria a todas las intervenciones.