Exclusión financiera de los pobres castellanos

El próximo domingo, día de la comunidad Castellanoleonesa, es tiempo para ver que, en la zona rural de la Castilla la Vieja, han ido desapareciendo entre otros servicios las oficinas bancarias. Han querido sustituirlo con un bus-banco, por cierto, poco funcional. El caso es que, unido a la dificultad que los ancianos tienen de utilizar los medios telemáticos para hacer sus pagos, en la zona rural es difícil tener acceso a los servicios financieros.

De la misma forma que Berlanga describió la reacción de la sociedad española a la llegada de los americanos en Bienvenido Mr. Marshall, así los medios de comunicación actuales han descrito la llegada a la Muela, una pedanía de un pueblecito de Cádiz, de un cajero automático. Después de 27 años de haberlo solicitado, los vecinos han salido entusiasmados a celebrar que con el soporte de Correos la empresa ATM les ha instalado un cajero. Se hacen selfis junto a ese ‘punto de acceso a los servicios financieros’ donde solo falta que lo carguen de dinero para no tener que ir a los pueblos vecinos, a pagar en las pocas tiendas que aún quedan.

Para los expertos financieros se trata de un ‘punto de acceso a los servicios financieros’. Este giro semántico describe la hipocresía de un sistema económico y financiero, políticamente tolerado y consentido, donde las relaciones personales están siendo sustituidas por máquinas y algoritmos embrutecedores. Según el informe del IVIE, a finales de 2022, en el 54% de los municipios donde reside el 3,3% de la población española (1.555.688 habitantes), no hay oficinas. De 45.707 oficinas con personas en el año 2008, el sistema ha pasado a 19.015 en 2022. Con la hipócrita argumentación de ganar eficiencia, se nos quiere hacer creer que estamos atendidos financieramente.

Además de haber suprimido oficinas y despedido a miles de empleados con la bendición de sindicatos amarillos y autocomplacientes, en las pocas oficinas que quedan se ha reducido el horario de atención, se exige cita previa, se cobra por la atención con comisiones y, lo que es más grave, se procura que no haya contacto humano. Llegar a transmitir emociones en una oficina es peligroso, entablar familiaridad con el becario y pensionista proletarizado supondría perder eficiencia algorítmica.

Vamos a celebrar un año desde que la ministra Calviño se comprometió con Carlos San Juan para afrontar la exclusión financiera y aún no se conoce la lista de municipios donde el nuevo fantasma administrativo del ‘fondo de garantía de servicio al cajero’ instalará el ‘punto de acceso’. Aunque el IVIE sostiene que menos oficinas no implica exclusión financiera, la confianza que precisa una economía ‘social’ de mercado no está en los algoritmos. No se suprime la exclusión financiera multiplicando el número de máquinas, sino manteniendo y fortaleciendo el contacto personal de los servicios públicos. No es un problema de grupos vulnerables o poblaciones sin servicio, es un problema de ética económica y financiera básica. Cuando nos hicimos clientes no depositamos nuestra confianza en una máquina, sino en un bien cada vez más escaso, una persona como servidor público.

Este comportamiento excluyente de las entidades financieras no es baladí: en el fondo los más pobres no interesan. Es más, la mayor parte de los ciudadanos de la Segovia vaciada son pensionistas y el dinero de los pensionistas está controlado por la fuerza bancaria, ya que antes de llegar a los destinatarios, debe pasar por la gestión bancaria. Si un pensionista no puede sacar dinero de su cuenta cuando lo necesita, sus fondos siguen permaneciendo en las manos gestoras del banco o del Estado.

Si quisiéramos buscar las causas habría que recordar el capitalismo estatal en el que vivimos, el lavado de conciencia que hicieron a los castellanos durante la entrada en el Mercado Común (esto ocasionó que los agricultores segovianos perdieran su creatividad y capacidad de iniciativa y comenzaran a depender de las subvenciones) y la mediocridad de nuestras autoridades políticas que son incapaces de unir Castilla con dos de los polos económicos más fuertes de la península: Oporto-Vigo y Cataluña (sus vías ferroviarias y viarias siguen obsoletas). Castilla sigue dormida: ahora con la droga del turismo, una religiosidad popular interesada y la modorra de la política partidista.
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(*) Catedrático emérito.