Evolución histórica de ‘Puchero’

‘Puchero’, cuyo nombre era Cipriano Juárez, fue un personaje segoviano bohemio ‘sui géneris’. A comienzos de la década de los años 10 del siglo pasado nació este hombre en el barrio de San Millán donde vivió toda su vida al parecer con una hermana. Era hijo de un herrador de caballos y bueyes. ‘Puchero’ fue un hombre bajito y enjuto, barba negra muy cerrada, manos ennegrecidas de limpiabotas, sus conocimientos y cultura dejaban mucho que desear, vestido con guerrera y pantalón de obrero muy viejos, siempre con gorra negra y bufanda raída, daba la impresión faltarle aseo personal. Su simpatía hacía que todo el mundo le tuviera cierta estima.

El escritor Antonio Gómez Santos que en 1965 le entrevistó y literalmente nos dice de él: El popular ‘Puchero’, vendedor de cacahuetes, tiene un vocabulario pintoresco y desconcertante. Nosotros creemos que los «calés» no tienen nada que hacer a su lado. ‘Puchero’ es un hombre analfabeto, aunque nos pese tanto como a él confesarlo, pero es así. Cipriano Juárez dice que es «brujo» y «hombre primitivo» pero no tiene complejos ni en el hablar ni en el vestir.

Es feliz a su manera. Gana lo justo para ‘ir tirando’ y lo bastante para echarse al coleto, entre pecho y espalda, un lingotazo en Casa de la Juliana (taberna de los aledaños de la Plaza).

Moisés Nuño Berzal, al que conocí, fue benefactor de una escuela gratuita de aprendizaje de reparación del calzado. A finales de los años 20 tendría unos diez acogidos que aprendieron el oficio y se establecieron en distintos lugares de Segovia. Uno de estos becarios fue Cipriano Juárez que aprendió y se transformó zapatero remendón.

Antes de la Guerra civil, con 22 años instaló un salón de limpiabotas en la calle Juan Bravo 50. El día de la inauguración de la que antes había sido una Gorrería de Moisés, debía de ser un local coqueto pero por el año 45 ya resultaba más bien un inmundo cuchitril. El caso es que trabajando lo indecible ‘Puchero’ con este humilde negocio malamente iba subsistiendo.

La portada del local disponía de una hermosa luna procedente del escaparate de negocio anterior que permitía ver al personal que se encontraba dentro del establecimiento.

Allá por el año 1945 mi padre tenía una ebanistería en la plaza de San Martín, 2 y un día los dos aprendices del taller bajaban sendas mesitas al hombro. La tienda de ‘Puchero’ se encontraba situada en lo más angosto de la calle de Juan Bravo y dio la casualidad de que cuando pasaban por allí irrumpió una camioneta que les obligo apartarse a la acera. Dada la estrechez de la calle, uno de ellos, que llamábamos Perico ‘El mondas’ -porque recogía las mondas de patata en las casas para dárselas de alimento a un cerdo que cebaba también en el barrio de San Millán-, con la pata de la mesita percutió en la luna del establecimiento y la hizo añicos.

Salió del Salón de limpiabotas ‘Puchero’ todo afligido y con grandes ayes lastimeros se lamentaba: ¡Qué va a ser de mí! Esto es mi ruina, -y lloraba desconsoladamente. Perico «el Mondas» le consoló y le dijo: Mira Cipriano, tú lo que tienes que hacer, ya que se ha roto la luna, es poner aquí una venta directa de caramelos, cacahuetes y chucherías y dejar el oficio de limpiabotas. ‘Puchero’ se aplicó el consejo pero solo en lo tocante a los cacahuetes. Así que comenzó a tostar todos los días una cantidad de cacahuetes que en un saco subía por la tarde, abría el establecimiento y fácilmente los vendía. Desde entonces, el hombre gracias al buen consejo de Pedro ‘El Mondas’ mejoró mucho en su peculio.

El caso es que por casa de ‘Puchero’ pasó todo Segovia a comprar cacahuetes,

Al tener mucho tiempo partir de entonces le dio por pintar y parió cuadros a tutiplén. Como tenía expuestos muchas pinturas en el tugurio, esto era un atractivo para visitarle los artistas o aficionados a las bellas artes y de paso comprarle unos cacahuetes. Pero a mí me cabe la duda de si no irían muchos a burlarse de él y sus pinturas a ‘lo sorduno’. El caso es que su interés por la pintura comenzó por capricho, siguió como vocación y terminó en la…basura.

También, como todos los zapateros remendones, fue un recalcitrante pajarero y en la tienda no faltaban seis u ocho jilgueros y pardillos enjaulados, pájaros de la tierra, que con sus trinos alegraban el ambiente del local.

Dado que el accidente le cambió el ‘modus vivendi’ elevando su estatus a mejor, muchas veces que yo pasada por allí a comprar 50 céntimos cacahuetes, ‘Puchero’ me recordaba con gran beneplácito el accidente dando gracias a Dios por la rotura de la luna y el consejo que le había dado el aprendiz del taller de ebanistería de mi padre: Pedro ‘El Mondas’.

Toda su vida permaneció soltero lo que no fue óbice para que tuviera amores secretos con una muchacha hermana de un conocido industrial bien acomodado con la que se citaba a escondidas. Aunque yo no lo llegué a ver, las malas lenguas comentaban que «Puchero» fue corrido a gorrazos y garrotazos por el industrial en varias ocasiones, porque siendo hermano de la dama en cuestión la tenía prohibido terminantemente verse con Cipriano.

La noticia de su muerte se propagó por toda la ciudad ya que el 7 de enero de 1975 se daba cuenta del fallecimiento de Cipriano Juárez, conocido por ‘Puchero’, zapatero remendón, limpiabotas, pajarero, vendedor de ricos ‘torraos’ y pintor artista

Y esta es la breve historia de nuestro querido amigo ‘Puchero’ que por su singularidad bien merece un cariñoso recuerdo y que Dios le tenga en la gloria.