Eutanasia: matar al pobre

Durante años, el que mejorara la esperanza de vida fue un objetivo primordial en todos los países. Era un indicador muy adecuado para valorar la mejora de las condiciones de vida: que los franceses vivieran, por término medio, más años que los españoles no se consideraba un fallo de la política exterior, sino una manifestación del atraso de nuestro país. Entre unas cosas y otras se logró que nuestros sufridos compatriotas vivieran más y lo hicieran mejor. Ahora, la esperanza de vida anda en España por los 80,8 para los hombres y 86,2 para la mujeres: una de las más altas del mundo, aunque nuestro peso internacional sea casi tan reducido como antes.

Desde luego, salvo excepciones, la vida desde esas edades no tiene el ritmo y la firmeza de la que disfrutaron con cincuenta o setenta años. Basta igualmente con acudir a un centro de salud, para comprobar que las necesidades de atención médica y farmacéutica son crecientes a partir de determinados momentos.

Por otra parte, en España disfrutamos de una atención médica pública prácticamente universal, administrada por los gobiernos regionales. Este tipo de datos, tan evidentes como ciertos y asequibles, están al alcance de todas las fortunas e inteligencias sin distinción. Los medios de comunicación, especialmente los gubernamentales o subvencionados por el gobierno (que ahora son prácticamente todos los de cierta relevancia), no dejan de repetirlo últimamente gracias a la pandemia que nos asola.

Y en estas nos viene el gobierno con una ley de eutanasia. Ya se le escapó en plena primera ola de muertes de ancianos por Covid a una de nuestras inefables ministras. Una “buena noticia” dijo: han descendido los gastos de pensiones.

Esto de la eutanasia tiene sus emociones. En Bélgica y Holanda casi la mitad del personal médico admite haberla aplicado sin autorización del paciente (del “interesado”, vamos). Y eso que en estos países es legal la eutanasia desde los años 80: es decir a cualquiera que la pide se le “administra” gratuitamente. No es extraño que sus jubilados se vengan a la Costa del Sol.

Aplicar la eutanasia a alguien que no la pide y que no le pase absolutamente nada al ejecutor (lo declara tan tranquilo en una encuesta) da idea de lo que nos espera en España en cuanto la ley se apruebe. Porque no son ni uno ni dos: entre suicidios perpetrados por el sujeto, eutanasia, suicidio asistido, y sedación terminal para que no despierten más, salen el 25% de las defunciones anuales en Holanda.

Entre las declaraciones de la ministra, la situación lamentable de la caja de pensiones, la política familiar que penaliza en la práctica tener hijos y que la sanidad dependa de las administraciones públicas (que controlan los gobiernos manejados por los partidos) uno puede hacerse fácilmente una idea de quiénes van a ser los primeros “beneficiarios” de la eutanasia en España.

Porque los ricos que quieran que se les “administre” acabarán organizando exequias de lujo: no de cuerpo presente sino con “vivo a punto de morirse” presente. Así, el interesado podrá escuchar, antes de la campanada final, los panegíricos fúnebres que solo se dan a los ya difuntos. Y raro será que no se acompañen de actuaciones de figuras de la canción, que ofrecerán las tonadas preferidas del protagonista de la ceremonia… los más acaudalados establecerán premios vinculados al testamento para las mejores intervenciones en categorías diversas… En fin, el funeral asistido se convertirá, primero en un acto social; luego, en un género de espectáculo como tantos otros. Y habrá primero expertos y luego empresas de servicios que ofrecerán sus catálogos a los “eutanasiantes” con diversos grados de riqueza.

Pero los ricos son pocos y los muy ricos casi ninguno. La mayoría de los “eutanasiados” serán pensionistas de clase media y baja que no podrán acceder a la sanidad privada que les asegure que no se les aplicará este “servicio”. Los médicos (la mitad en los países que ha autorizado la eutanasia) decidirán, sin preguntar al interesado, si merecen o no vivir, si su vida es o no digna… y en las clínicas y hospitales habrá fines de semana de muerte. Porque los viejos y las viejas pobres cobran pensiones, gastan medicinas, requieren atención que es cara y molesta. Enseguida algún sociólogo decidirá que tienen una vida que no se merece vivir, porque vivir así es indigno… y lo mejor por su bien es matarlos. Perdón: aplicarles la eutanasia.

En fin: antes los partidos revolucionarios proclamaban el derecho a una mejor vida de los pobres; ahora prefieren quitárselos de en medio.