Escondiendo al rey muerto

Que nadie quiere morir es una evidencia irrefutable. Ya sea uno santo en el altar o condenado en el patíbulo; amante despechado o fiel compañera viuda destruida en el dolor de la pérdida; enfermo terminal o joven cometa fulgurante en explosión homérica inigualable; seamos dignos de seguir viviendo o miserias humanas abyectas merecedoras del peor fin imaginable: la muerte se nos antoja injusta y temprana, aun habiendo vivido hasta gastar la ternilla más dura. Rebeldes contra el fin irremediable que nos persigue sin descanso, hacemos lo imposible porque aquello oscuro y aterrador que descansa en la negrura de nuestra consciencia más temida nunca llegue a aflorar, dejando a ese libre albedrío tan cristiano una aceptación que nunca llegaremos a comprender, por mucho San Manuel de pacotilla que se postule para convencer a ese condenado Unamuno resiliente que habita en nuestro interior.

Sometidos a un avatar del que nos sentimos aterradoramente predestinados, ocultamos ese destino fatal que elimina cualquier sentido a una vida sufrida a vista de todo y en presencia pública inevitable. En algunos casos, esa muerte anunciada, nos sirve para confirmar la bondad o estupidez del finado; la justicia del término de una vida misérrima o la sinrazón de un óbito inesperado. En cualquier caso, hacemos gala de la muerte como el último acto sonoro de muchas vidas acalladas por la insustancialidad más peregrina.

Sin embargo, de vez en cuando, la muerte, incomprensiblemente, tiende a ser ocultada del sentir común del paisanaje. Expulsada de la conciencia pública, de la cotidianeidad que conlleva el vivir, morir, en una sociedad resabiada de cualquier expectativa, el fallecimiento de algunos tórnase en arcano proceso de ocultación, lo que alimenta la duda de si, en realidad, alguna vez tuvo lugar semejante estertor. Escondido el muerto envuelto en misteriosa ocultación, se transita del todo a la nada en un silencio cómplice apartado de la comunidad que una vez garantizó su vivir, por lo general, circunscrito en el mayor de los privilegios.

Supongo que algo similar debieron pensar aquellos que accidentalmente atendieron desde la distancia al tétrico cortejo fúnebre que, al son del ronco y lúgubre salmo “Benedictus Dominus Deus Israel”, acompañó el traslado del cadáver embalsamado de Felipe V la noche del 7 de julio de 1758.

En la estricta soledad del atardecer segoviano en el Real Sitio, el todavía rey, Fernando VI, tercer hijo que fuera del primer matrimonio de aquel primer Borbón español extraviado, decidió ejecutar el tránsito de los despojos paternos del enterramiento provisional de la Capilla de las Reliquias en que había sido depositado el 17 de julio de 1746, a la cripta construida detrás del retablo que pintara Andrea Procaccini y que, como bien sabe Daniel Vera, permanece hoy expuesto en la parroquia del Barrio Bajo.

La sublimación del rey muerto de un mausoleo de estilo romano transmutado en cenotafio hacia una cripta que olvidar por decisión de aquel hijo sepultado entre el recuerdo de un padre enloquecido y un despótico hermano se llevó a cabo entiendo que, como solía decirse según la “subsidia periodística”, en la más estricta intimidad. Llegadas las diez de la noche, el duque de Montellano, José Ignacio de Solís y Gante, precedido por una comitiva fúnebre encabezada por el abad de la Real Colegiata e imposible arzobispo de Odesa y el correspondiente cabildo dispuesto con cruz ceremonial y cirios en llamas, abrió con la llave entregada por el canónigo presidente, Lorenzo Bonifaz, la tapa sellada del mausoleo.

De la carcasa de ladrillo enlucido en simulación de bronce sacaron una caja de plomo con visera de cristal a la cara del difunto y ceniciento Borbón, llevada en andas hasta la nueva cripta del altar mayor de la colegiata por el propio duque de Montellano; Antonio Osorio y Guzmán, conde de Cervellón y marqués de Alcañices; Marcos de Mendoza, brigadier de los reales ejércitos; el conde de Anguissola, primer caballerizo de Isabel de Farnesio; el marqués Duhart, el coronel de la guardia real, Agustín Caballero y el capitán de infantería, Gregorio Fernández de Córdoba; el arcediano de Guadalajara, Miguel Sabogal, y Juan Antonio Angulo, capellán de honor de Fernando VI. Todos ellos flanqueados por hachas en manos de los jefes de oficios de boca y cama de Isabel de Farnesio quien, sorprendentemente, no estuvo en el acto por su condición femenina, a pesar de ser viuda del fenecido y señora del Real Sitio de San Ildefonso.

Detrás del abigarrado cortejo fúnebre que apenas recorrió veinte metros, se situaron los pocos invitados que el duque de Montellano consiguió arrancar a Ricardo Wall, secretario de Estado y del Despacho Universal del rey, testigos todos improvisados de un acto inédito y ocultado al común de los vecinos del Real Sitio. De hecho, para evitar que hubiera presencia de paisano alguno, el duque de Montellano dispuso que la puerta de la colegiata estuviera cerrada y, custodiando edificio y acto, colocó un retén de la real guardia de infantería y otro de la guardia valona para que, a decir de Diego Ramos de Velasco, secretario del rey y escribano público del reino, se obviara cualquier disturbio, respetándose el silencio debido a semejante y luctuosa ceremonia nocturna.

Como consecuencia de tan oculto traslado, no hubo vecino alguno que llegara a saber dónde reposaban los restos mortales del primer Borbón y de ahí la general sorpresa ante el descubrimiento de la cripta en 1954, dejando, como en tantos otros asuntos públicos, a la imaginación de los españoles la suposición de una verdad bien protegida del saber común. En buena lógica, uno ha de entender que la monarquía, sumun del privilegio donde los haya, no pertenece al dominio público y, tanto su organización como la responsabilidad de sus actos, ha quedado alejada del alcance general de los españoles durante siglos. Que el rey nazca o muera debía ser participado por la alegría y el dolor de la población, pero nunca incluido entre las actividades o responsabilidades propias de aquellos que no concomitaran el privilegio detentado. Vamos que, siendo el rey privilegio y arcano, nada corresponde a los no privilegiados más allá de la asunción del compromiso con su defensa y mantenimiento.

Aun así, éste que suscribe no deja de sorprenderse de ese extremo boato en soledad tan opresiva, donde ni el más deseado de los privilegios se me asoma siquiera soportable. Que el rey ha de morir, lo deberíamos saber todos. Ahora, que seamos testigos de su fallecimiento, de la morbidez de esa carne que lo compone, pareja de la dilapidada por el común de los mortales; eso, queridos lectores, queda reservado a la gracia divina de la que todos los más o menos iguales estamos desposeídos por mucho que se empeñe la constitución de turno.

Eduardo Juárez
Eduardo Juárez
Historiador | Ver más artículos

Eduardo Juárez Valero es profesor en la Universidad Carlos III de Madrid. En 2012 fue nombrado Primer Cronista Oficial del Real Sitio de San Ildefonso. Doctor en Historia Medieval, cuenta con más de cuarenta publicaciones académicas, quince libros y experiencia en difusión y divulgación en medios de comunicación, entre ellos, El Adelantado de Segovia.