Es difícil ser McCartney

Antes, cuando alguien tenía la pretensión de cambiar el mundo montaba una banda de rock, lo que llevaba consigo un cierto tipo de vestimenta, forma de hablar (lenta y desilusionada o atropellada y revolucionaria), un corte de pelo (normalmente largo, punk, lo que sea) y una especie de ideario. Y detrás de ellas, copiando con mayor o menor acierto los atuendos, iba la legión de fans. En función de la “profundidad” del mensaje que lanzara cada uno de esos grupos o solistas, la adhesión podía ser casi mesiánica. Éxitos, escándalos, calidad de su música…, hacían que esos grupos desaparecieran tras un solo disco o tuvieran carreras musicales y personales de 50 años (o todo lo que aguanten). Sus opiniones, actitudes ante la vida, ante las guerras, generaban, por igual, muchos seguidores y detractores.

Ahora, todo se ha materializado mucho; tanto, que cambiar el mundo es montar una “start up”, con suerte dar con el algoritmo de los millones y ya, en el colmo, conseguir vender la empresa. Y ese momento suele ser efímero, pues siempre viene algo que supera lo anterior. Lo que un día copa noticieros al poco tiempo desaparece y para siempre.

A este respecto recuerdo la figura de uno de los más grandes y de los que más aguantan: Sir Paul McCartney. Desde la edad de 16 o 17 años (con la madurez que se puede tener a esa edad) hasta hoy, que ya va por los 79, es figura que nunca ha resultado indiferente: siempre en la notoriedad.

Su vida personal ha sido azarosa. Le aleja del mundo de los comunes mortales el hecho de que “sus” buenos momentos son inalcanzables para la mayoría, pero no se ha librado, por otro lado, de golpes duros de realidad y muerte. Y esos momentos terribles son tan parte de su vida como las mejores vivencias o los ratos aburridos. Una anécdota –contada por él mismo- es que letra y música de “Let it Be” ocurrieron mientras él, una noche, en tiempo de ensayos para un álbum, dormía. Él lo atribuye a una inspiración de su madre que murió cuando él tenía 13 años y que de esa manera le confortaba un poco. Admirable su capacidad para encajar golpes e incluso poder elevarlos hacia algo tan hermoso como inefable y eterno. Todos los que hemos pasado en la vida por circunstancias difíciles (cada uno lleva lo suyo) sabemos cuánto cuesta ponerse en pie y seguir.

A McCartney también le tocó sufrir el perder a su esposa por un cáncer de pecho (como su madre). Después, un mal divorcio tras un mal matrimonio…

De ahí que su punto de vista PERSONAL (genialidad, éxito, azotes de muerte) sobre las cosas -que a veces puede resultar extraño o muy adelantado a su tiempo- tiene el valor del que tanto ha visto y ha sentido.

Hace ya bastantes años comenzó una particular cruzada para salvar al planeta. Se atribuía a las flatulencias de las vacas una acción muy negativa contra la capa de ozono. Y hacía una invitación amable al no consumo de carne, particularmente los lunes. Nunca serán buenas noticias que alguien de la talla de este artista y enorme líder de opinión invite a limitar el consumo de algo un día por semana. Con esta campaña lleva muchos años y puede que sea hasta saludable en países como el suyo, en donde el pescado lo ven más en los acuarios que en los platos. Su opinión, insisto, es personal ya que él no representa a nadie, tan solo a sí mismo y no arremete contra un sector entero. Desde su convicción y práctica vegana no demoniza a los que comemos carne algún día en semana ni a los que la producen.

Él es sabedor del peso de sus palabras y las modula y modera. Se exhibe lo indispensable.

En cualquier caso, es difícil ser McCartney u otro de los grandes (grande de verdad, me refiero), ya que lo que digan, aun siendo opinión personal, será muy leído, escuchado y comentado.

Veo más fácil ser ministro de un país cualquiera, pongamos el nuestro y saber contestar las preguntas de un periódico con ganas de poner titulares más que texto reflexivo. En ese momento conviene recordar quién te paga (los contribuyentes) y recordar por qué te hacen una entrevista (por ser ministro de un país).

Y, sobre todo, no olvidar que a nadie -fuera de su casa- le importa demasiado la opinión personal de un ministro sobre materia alguna. Su función pública no suele venir acompañada de que además sea “un grande” por méritos propios, con un criterio personal que tenga algo que aportar.

En fin, zapatero a tus zapatos. Y los que han llegado después, también, por favor.