En torno al diseño arquitectónico del ambulatorio de San Lorenzo

Un espíritu cívico me anima a hacer una crítica constructiva en torno al diseño arquitectónico del ambulatorio de San Lorenzo o Centro de Salud Segovia III. La provisión de este tipo de servicios públicos se encarece en capitales y provincias con una población exigua, donde no se pueden aprovechar las economías de escala derivadas de la concentración demográfica. La construcción de dichos edificios incorpora un coste fijo; y, una vez asumido el mismo, su tamaño puede ser bastante más grande, ponderado sobre el número de vecinos, en relación a una metrópoli cercana como Madrid. Las dimensiones notables del ambulatorio referido son una ventaja para Segovia.

“El castillo” es mi novela favorita de Franz Kafka. José K, “alter ego” del escritor, es un agrimensor que llega a cierto lugar para realizar un trabajo; pero no logra acceder a la fortaleza, ni entrevistarse con el propietario. La pesadilla “kafkiana” que mejor simboliza el universo tan personal de uno de los autores más grandes de la literatura universal.

Cada vez que paso por las cercanías del ambulatorio de San Lorenzo, tengo la sensación de encontrarme ante el castillo de Kafka. El edificio aprovecha el desnivel, como desafío arquitectónico, entre una calle principal (Vía Roma) y otra secundaria (Novillos), carente esta última de asfaltado en gran parte del tramo adyacente al contenedor de servicios de salud.

Una pared ciega, que no desagrada al ojo humano, es la visión desde Vía Roma. Una lectura emerge: la aspiración estética que se ha impuesto sobre la funcionalidad en la construcción. ¿Se trata de un edificio fantasmal? Eso podrían pensar transeúntes y automovilistas cuando perciben dicha mole. El acceso se encuentra en la parte trasera (Novillos); y las urgencias ocupan el espacio más periférico posible: el esquinazo ubicado junto al tramo no urbanizado de dicha calle.

La crítica más severa está aún por llegar. Un muro imponente tapa la fachada principal, impidiendo la visión, tanto de la entrada al vestíbulo de urgencias como del interior iluminado de dichas dependencias. Cualquier usuario potencial es susceptible de incurrir en un error: pensar que dicho servicio tan prioritario (las urgencias) no está disponible a una hora determinada en la que la prestación de dicha asistencia pudiera ser demandada.

El diseño arquitectónico de un contenedor de servicios sanitarios debe transmitir un mensaje de puertas abiertas y bienvenida a la ciudadanía. El muro referido en San Lorenzo aísla, ciega y no invita a acceder, aunque sea de forma subliminal. Los muros de cárceles y fronteras incorporan un componente psicológico, más de allá de su condición como barreras físicas.

Todos asociamos las farmacias en la nocturnidad con una cruz verde iluminada en su exterior. Una imagen de la ciudad. Los titulares de estos establecimientos están interesados en que esto sea así, más allá de la normativa al respecto. Como profesionales, desean que el público no dude: la farmacia está abierta. Desde luego, un símbolo iluminado, tanto en Vía Roma como en Novillos otorgaría más visibilidad a las urgencias del ambulatorio de San Lorenzo.

Un domingo por la tarde, hace unos meses, se planteó la posibilidad de ir a urgencias; pero no se hizo. Una consulta en Internet indujo al error: pensar que, en aquellos momentos, las urgencias del Centro de Salud Segovia III estaban cerradas. A pesar de haber estacionado muchas veces el automóvil en sus inmediaciones, éramos como los personajes invidentes de Saramago en su obra “Ensayo sobre la ceguera”. Desde entonces, el “problema del hubiera” y la ucronía son mi condena.


(*) Profesor de la Universidad Complutense de Madrid. Experto en Economía Urbana.