“En él estaba la Vida”

Gracias al «motu proprio» Aperuit illis del papa Francisco celebramos hoy el domingo de la Palabra de Dios para reflexionar sobre su valor para la vida. Al oír hablar de la Palabra de Dios pensamos de inmediato en los escritos de la Biblia. Son los libros que la Iglesia tiene como revelación de Dios. Pero la Palabra de Dios por excelencia, la que sustenta estos libros, es Jesucristo, Hijo de Dios y Verbo eterno, que, al venir a nosotros nos ha revelado el misterio de Dios y el destino de los hombres redimidos por él. Todas las Escrituras hablan de Cristo y nos remiten a él. Ya en el Antiguo Testamento tenemos de modo latente la revelación que el Nuevo hace patente.

En el prólogo de san Juan se dice que en el Verbo «estaba la vida y la vida era la luz de los hombres» (Jn 1,4). No se puede decir más con tan pocas palabras. Las lecturas de este domingo, para explicar esta verdad, presentan poéticamente el comienzo de la predicación de Jesús con la imagen de la luz que ha brillado en las tinieblas: «El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte una luz les brilló» (Mt 4,16). La predicación de Jesús, su llamada a la conversión y la elección de los primeros apóstoles es presentado como una luz que brilla entre quienes habitan en tierra y sombras de muerte.

Estas palabras recogen casi exactamente la profecía de Isaías que anuncia la llegada del Mesías con la imagen de la luz, la luz de la que Juan habla en su prólogo. Llama la atención el hecho de que esta luz viene a iluminar no sólo al pueblo de Israel, sino a los pueblos paganos, lo que Isaías y Mateo llaman «la Galilea de los gentiles». Es una forma de decir que la luz de Cristo es una luz para todos los pueblos de la tierra, por la sencilla razón de que todo hombre que viene a este mundo habita en tierra y sombra de muerte. Todos sin excepción nacemos para morir. Pero ese paso de la cuna a la sepultura ha sido definitivamente iluminado por la luz de Cristo. Como dice el salmo 26, «el Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?».

La muerte es el gran enigma de la condición humana que Jesús ha esclarecido con su palabra, vida, muerte y resurrección. Las Escrituras son el testimonio de esta verdad que ilumina. Se explica, por tanto, que la Palabra de Dios contenida en las Escrituras sea el alimento del cristiano y el mayor tesoro de su patrimonio espiritual. La victoria de Cristo sobre la muerte recorre la Escritura desde el principio del Génesis, con el anuncio de la mujer y su descendencia que aplastará la cabeza de la serpiente mentirosa, hasta el Apocalipsis, cuando el vidente contempla que la muerte ha sido arrojada al lago de fuego (cf. Apc 20,14).

Atisbando la muerte, E. Ionesco escribía hace ya 30 años una tercera de ABC titulada «Dios mío, haz que crea en ti». Expresaba con fuerte dramatismo el camino del hombre hacia la muerte, el deterioro y el envejecimiento de quien «viene a la tierra para vivir» y sabe también que «se viene para debilitarse y morir». Habla de los esfuerzos de la medicina moderna y de la gerontología por «restaurar al hombre en su integridad, en su inmortalidad como la divinidad». Y reconoce que no ha podido hacerlo, no tiene capacidad para ello. Su reflexión termina en una sencilla confesión que es al mismo tiempo filosófica y espiritual: «Creo en Dios a pesar de todo, porque creo en el mal. Si hay mal, hay también Dios». Otros escritores, ante la existencia del mal, han negado a Dios. Ionesco afirma a Dios ante la evidencia del mal que, en último término, ha sido vencido gracias a que en el Verbo estaba la vida y la vida era la luz de los hombres.

(*) Obispo de Segovia.