Elogio del símbolo

Países de indudable tacha democrática muy conocidos por todos y cuyos sistemas políticos son más longevos que el nuestro, se defienden todos los días de aquellos que pretenden que sus sistemas entren en barrena. De unos años a esta parte, fuertes movimientos populistas se han unido a los nacionalistas con la intención de debilitar los estados nación demoliberales surgidos de la segunda guerra mundial. Todos disponemos de unas instituciones más o menos eficaces capaces no solo de defenderse, sino de denunciar a aquellos que están dispuestos a incumplir las leyes.

Pero es que, además, esas naciones comparten con sus ciudadanos unos códigos, mitos y efemérides de sus momentos fundacionales que forjan la ciudadanía y el patriotismo (lo que esto signifique para cada uno de nosotros). El ejemplo paradigmático es esa música, generalmente con una letra de recuerdos épicos, que representa a la nación y que es el himno nacional. Los franceses lo tienen claro pues el momento fundacional del régimen del cual ellos se sienten depositarios es fácilmente identificable con el 14 de julio. Los norteamericanos con el 4 del mismo mes, y ambas fechas unidas a gestas perfectamente legendarias.

Y este ha sido una de las dificultades conmemorativas de nuestra democracia: que es muy difícil convertir un proceso pacífico y cívico en una gesta a gran escala. Los que entendemos de la dificultad del proceso aceptamos la épica, pero ¿qué tiene de heroico o grandioso ganar una votación parlamentaria o cesar a un ministro frente a la gloria de una batalla? Nos ha faltado pedagogía, ya lo decía Ortega, porque hasta hace unos años hemos estado muy seguros de la superioridad histórica que suponía la Transición respecto a otros procesos históricos en los que unos dominaban a otros: en esta ocasión las puertas para el retorno de los exiliados se abrían a los vencidos.

Esta pedagogía tiene mucho que ver con el simbolismo de nuestra democracia, asunto al que ha dedicado su tiempo el catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad Complutense, Juan Francisco Fuentes en un reciente trabajo titulado ‘Simbología de la Transición democrática española: un difícil consenso’ y en el posterior ‘Diccionario de símbolos políticos y sociales del siglo XX español’ en el que hace un repaso histórico a este fenómeno. Bien es verdad que partíamos de un superávit simbólico -el franquismo- cuyo mito fundacional fue nada menos que la ‘cruzada’, con sus batallas, sus mártires, sus canciones, sus gritos y banderas de difícil equiparación en un régimen democrático salvo otra revolución de signo contrario.

¿Cómo afrontar un nuevo régimen democrático sin un repertorio simbólico que lo represente y además en inferioridad de condiciones frente a otros más sólidos y conocidos? Lo primero que tuvieron que hacer los sucesivos gobiernos de la Transición fue suprimir los símbolos del 18 de julio que identificaban al Estado con lo que quedaba del debilitado franquismo. En este sentido José Pedro Pérez Llorca me contó que cuando fue ministro de Administración Territorial (1980) rechazó una propuesta de cambio en el escudo nacional por el coste que suponía para el erario por lo que se tuvo que esperar aún un año más hasta que se estableció el escudo que hoy conocemos y que recoge elementos -a modo de transacción- del de la segunda república. Esto explica por qué no se puede decir que el antiguo escudo con el águila de San Juan sea inconstitucional, pues su modificación fue posterior a la promulgación de la carta magna.

Como nuestro proceso fue evolutivo, carece de una fecha emblemática como las anteriormente citadas, por lo que no fue hasta 1983 en que el gobierno socialista presidido por Felipe González estableció el 6 de diciembre -aniversario del referéndum de la Constitución- como festivo, concentrando en esa fecha el poder evocador y simbólico de nuestra transición. A esta fecha le acompañaron numerosos monumentos en todo España en los que la urna, la bandera, la corona, la paloma picassiana, el cuadro ‘El abrazo de Juan Genovés’ o el ‘Guernica’ se convirtieron en potentes símbolos evocadores de lo mejor de nuestra reciente historia política.

Desde que la crisis financiera de 2008, diera paso a los movimientos populistas que hábilmente supieron manipular la quiebra entre la ciudadanía y su clase política, desde ciertos entornos antisistema se han identificado los símbolos de nuestra democracia con el enemigo a batir, motivo por el cual su desprestigio a través de su ridiculización o destrucción es una imagen que el independentismo no puede evitar: quemando la efigie del rey, la bandera o, en un plató TV3 la Constitución.

Porque los símbolos son, al fin y al cabo, el reflejo de ese sedimento que supone años de convivencia en los que la ciudadanía gestiona el disenso a través del cumplimiento de la ley y del respeto a su Constitución que hoy celebramos.


(*) Director de la Fundación Transición Española.