Elogio de los contenedores de basura

Una antepasada mía, hace siglos, denunció, junto a sus hermanas, la pérdida de documento relevante: el ejemplar propio de la ejecutoria de hidalguía, concedida al linaje por el tribunal de la Real Chancillería de Valladolid. La cuestión no era baladí en el país de los hidalgos. Las muchachas habían quedado huérfanas; y atribuyeron el robo a un curador o tutor felón.

¿Por qué cuento esto? Un tipo ha forjado, en dos ciudades –ninguna es Segovia-, una red de agentes, buscadores de tesoros en contenedores de basuras. “Ni te imaginas lo que se puede encontrar”, le dice dicho informante al aficionado a periodista de inmersión. “¿Cuál ha sido la pieza más valiosa?, pregunto. “Una ejecutoria de hidalguía”, replica; y esa respuesta me deja helado. Paso del tiempo, desidia, falta de sucesión y decadencia de las viejas familias, como aquellas de los filmes de Visconti –cineasta y aristócrata-, explican la barbarie. Me comenta también su acopio reciente de fotografías de un ministro del tardofranquismo. En algunas tomas, aparecen los nietos, quienes no debían estar demasiado interesados en el legado del abuelo. Y optaron por destino cruel, anticipo de la nada: el cubo de basura. En la Cuesta de Moyano, compré un lote de postales, sin valor, de los años setenta; y habían pertenecido al padre de un colega de la universidad. Cuando se lo dije al hijo, quedó pálido, avergonzado.

El debate sobre el papel del especulador en la economía afluye. Sin demasiados escrúpulos, el empresario del sector informal pagará cuatro perras a sus proveedores, pertenecientes a estrato marginal; y obtendrá pingües beneficios, vía venta en páginas de coleccionismo. Así son las cloacas de la ciudad. No obstante, gracias a esta especie de mano invisible, como la referida por Adam Smith, padre de la Economía Política, papeles, postales, fotos y materiales muy diversos son rescatados de la quema. No es poco.

Desde hace años, algunos sufridores del desarraigo venden en el Paseo de Recoletos de Madrid las mercancías salvadas de los contenedores. En mi destierro, ya no paso por ahí; pero, supongo que todo seguirá igual. Y cuando se celebraba la Feria del Libro Viejo de Madrid, aledaña, algunos fondos de los primeros, humildes ambulantes, podrían resultar más interesantes que los de sus coetáneos, oficialistas. En el acceso al reino de los cielos, los últimos serán los primeros. Cuántas veces, las cosas no son lo que parecen; y una caseta coqueta puede albergar menos riquezas que la manta sobre el suelo. Un “top manta” cultural, de altura, legítimo; y no el de las falsificaciones. En cierta ocasión, apareció una fotografía del grandísimo Alberto Sordi, retratado en una finca de Toledo. Lástima no haberla comprado.

En realidad, la actitud de estos vendedores callejeros resulta encomiable. Cuando se arrojan libros y piezas de interés cultural a la basura, emerge el recuerdo de la biblioteca de Don Quijote en la hoguera. Los héroes referidos, anónimos, son remedo del bombero crítico de “Farenheit 451”, quien se rebela contra el mundo distópico, futurista, de pensamiento único, en el que la misión principal de los apagafuegos consiste en la quema de libros.

En carrera de fondo, algunos buhoneros de Recoletos eran clásicos, como cierto anciano, español. Ese ingenio desplegado para guardar sus existencias al final de cada jornada. El cosmopolitismo emergía. Un macedonio, mayor, derrotado, triste, transmisor de bonhomía y hablante limitado de español, es recuerdo efímero. Cierto argentino muy simpático de origen navarro no duró mucho tiempo. Según me dijo, su padre había destacado en el mundo radiofónico. Me acordé, entonces, de una sobremesa rosarina, estival: un viejo, casi escuálido, cuyo pecho solo era arropado por camiseta interior, apareció en la calle peatonal, casi vacía. Nunca olvidaré aquel instante, aquella frase: “yo fui la voz de Radio Belgrano”. Y se marchó.

En la jerga aséptica del Urbanismo, el edificio de la Fundación Mapfre, testigo de exposiciones de altura, allí mismo, en el Paseo de Recoletos, es “contenedor cultural”. Los contenedores de basuras de la zona también merecen dicha etiqueta ocasional. El barrio de Salamanca guarda la fama; pero, en la otra orilla del bulevar que vertebra la capital, hay un Madrid incluso más elegante, con palacetes como aquel donde se crio Fabiola de Bélgica. Mi madre siguió con atención la boda desde Segovia: una de las primeras retransmisiones televisivas recordadas. Esas calles con aroma aristocrático, burgués, afrancesado: Zurbano, Montesquinza. Un mero paseo; y, caminante, ten cuidado al andar, pues puedes toparte de bruces con el libraco que cuenta la historia de la discoteca Pachá, exiliado con su lomo encuadernado junto al contenedor de turno. Por allí, las proyecciones en la Academia Española de Cine: qué buen recuerdo, ya pasado. Desde candidatas latinoamericanas al Goya, hasta algún film soviético, como aquel de los años sesenta, cuya trama íntegra transcurre en taxi que recorre Moscú. Siempre en movimiento, captando instantáneas de la ciudad, epicentro de la pomada.
Trapero es apellido segoviano. Y Pablo Trapero, con raíces inmediatas en esta provincia, despunta como director ilustre del cine argentino. “Nacido y criado” (2006) integra subgénero: las cintas intimistas que transcurren en Patagonia. La soledad exterior como cura para las soledades del alma. Tras incursión en Bariloche, Calafate y Ushuaia, yo quería volver. Sentía la llamada de la Patagonia profunda. Y, serendipia, en la lejanía asiática de Rangún, aparecieron enviados de mis lugares fetiche. Sí, Comodoro Rivadavia y Río Gallegos. Dos viajeros procedentes de una de estas urbes se alojaban en nuestro hotel. En la mañana siguiente, junto al gran lago, una muchacha italiana nos habló de su adolescencia en la otra ciudad austral, gemela. Me cruzo con un matrimonio en mi calle de Segovia, mientras redactaba esta tribuna. “Mirá vos, qué gatita”, pronuncia la señora. Avanzan a buen ritmo, hacia el meollo; son turistas y no tienen tiempo que perder. Vienen de San Martín de los Andes: Patagonia, me persigues.

Qué orgullo ejercer trapería andante sin motivación crematística, portador de palo de escoba, cual lanza de caballero, y bolsa convertida en adarga, si fuera menester. La ilusión de encontrar algún objeto mínimo, cuyo valor único pertenece al reino de los afectos. La diferencia entre valor y precio: disquisición inefable entre economistas.

Las basuras de la calle Real dejan entrever cosmopolitismo. Los periódicos latinoamericanos ya no se dispensan en los kioscos de Madrid; pero, te puede aparecer la edición dominical, inmensa, de “La Nación” de Buenos Aires en las inmediaciones de la Plaza Mayor de Segovia. La frecuencia con la que se dejaba ver el londinense “The Times” era mayor; Y, ¿qué decir de la prensa regional española? Vasca, andaluza. La correlación con las estadísticas de número de turistas no fallaba; y, así, resultaría harto complicado localizar ejemplares de diarios neozelandeses. Papeles agarrados del contenedor para relectura. Reciclaje heterodoxo con alto valor añadido, cultural, no contabilizado por el EGM.

En cierto punto de la calle Real, había libros de temática segoviana, tan nuevos como el día en que fueron remitidos cual regalo de cortesía. Libros y más libros, sobre los temas más variados, despreciados, ninguneados. Los pobres esperaban adopción por alma caritativa. Cuanto mayor fuera el valor literario –los clásicos-, menor sería su precio en librerías de lance; mientras, exhibirán condición de gratuidad al pie del contenedor –o sobre el mismo-. Los “killers” que abominan en mayor grado de cultura encuadernada no hacen concesiones; y lanzarán estos objetos entrañables al interior del armatoste devenido en fosa común, como aquella en la que fuera enterrado Mozart. Sí, los libros resultan demasiado densos frente a los mensajes telegráficos de Whatsapp; y, la palabra escrita se bate en retirada frente al imperio visual de TikTok, llegada desde una China que impone. En era narcisista, cualquiera es fotógrafo, cineasta, artista, todo a la vez. Un teléfono móvil; y, a correr.

Los viajeros anglosajones han extendido moda minimalista por todo el planeta: la donación de libros a hoteles, pequeños o medianos, donde pernoctan. Algunas de estas bibliotecas, espontáneas y solidarias, adquieren tamaño. Los turistas más formados que visitan Segovia suelen pernoctar en la capital; y dejan guías en inglés, incluso sobre monumentos tan concretos como el monasterio de El Parral. No obstante, hay “dealers” insensibles; y el destierro a las aceras era destino habitual para estos libros, huérfanos de exlibris.

Los contenedores también son mobiliario urbano; y los diseños cambian. En alianza con el oficial de bomberos de “Farenheit 451”, defensor de la quema de libros, cual acto de corrección política frente al subordinado crítico en diálogo magistral, los ayuntamientos cierran la boca de Gargantúa, coloso de la calle, metálico o plastificado. El rescate de libros, salidos de un vientre llamado imprenta, se antoja cada vez más complejo. ¿Libros prohibidos?