Elecciones municipales, mayo de 1899

¡Mira tú! Buceando en los números de El Adelantado de 1800 y pico, periódico semanal que salía a la calle los jueves, día en que muchos habitantes de la provincia se desplazaban a la capital (lugar de mercado), donde con un apretón de manos sellaban –y cumplían- sus compromisos, encontré el editorial que el periódico dedicaba a las elecciones municipales (14/5/1899) de hace ahora 124 años. De aquí ‘pa bajo’ lo transcribo (casi ´to’):

‘Por causas sobradamente conocidas de todo el mundo, nuestras corporaciones de origen popular han decaído en importancia y arrastran una vida difícil, sin que los buenos propósitos de unos cuantos a dar con aquellos adecuados remedios que la naturaleza del mal exige hayan llegado.

Muchos son los orígenes de ese mal que todos lamentamos; pero ninguno tan claro como el punible sistemático alejamiento de nuestras corporaciones populares… y así va ello. En los momentos de lucha, cuando todas las clases sociales pudieran y debieran dar el primer paso en el ánimo de esa tan cacareada regeneración del país, llevando a los municipios hombres capaces por sus condiciones de cultura de atajar el mal que crece en proporciones alarmantes, ciudadanos de buena voluntad y espíritu sano, dispuestos a seguir las indicaciones de una dirección inteligente y honrada; en esos momentos, es cuando la llamada masa neutra se cruza invariablemente de brazos, y deja con indiferencia censurable que unos cuantos aprovechados sujetos se apoderen de las corporaciones populares, convirtiéndolas en campo abierto y fecundo donde realizar sus personales provechosos planes.

Si a la gran mayoría de los candidatos que hoy se mueven en busca de un puesto en los ayuntamientos se les interrogase acerca de los móviles que les llevan a solicitar el cargo, y quisieran contestar sinceramente, causaría verdadera tristeza la respuesta…

La regeneración de esta pobre patria ha de efectuarse en las personas y en las costumbres privadas, antes que en las costumbres públicas, antes que en las leyes; pero como el mejoramiento individual es obra lenta, hay que acometerla con aquella decisión que las circunstancias imponen, la obra difícil de regenerar los municipios ya que de ellos arranca la vida pública en nuestro país.

Mediten pues los electores, antes de conceder sus sufragios, si los candidatos reúnen las condiciones necesarias para el inteligente y honrado ejercicio de su cargo.

Por algo ese cargo es tan honroso’.

Digo: a lo largo del siglo XIX y mucho tramo del siguiente, centenas de convocatorias para acudir a las reuniones, tanto en el Ayuntamiento como en la Diputación de la ciudad, no se pudieron celebrar porque la mayoría de los concejales no acudía. Otras, ya por la urgencia de lo que había que debatir y aprobar, se celebraron con número mínimo de asistentes. Nada de ello me saco de la manga. Acudan a las hemerotecas de los periódicos.

In illo tempore, los concejales también pertenecían a partidos y su situación tenía dos vertientes: la ‘tiranía’ de aquellos, que si bien estaba, no se notaba tanto, y la de los elegidos para el cargo que no percibían ni una ‘gorda’ de a diez céntimos. Al hilo de cuestiones adyacentes o cóncavas dudo y me pregunto:

Duda (I) ¿Al cargo se va ahora por compromiso social, por amor al partido, quizás por buscar un destino en lo universal (¿remunerado?) dentro de la política…?

Duda (II) ¿Sí no hubiera dinero –donde lo haya-, habría el mismo interés altruista por dedicar tiempo las necesidades del pueblo y para el pueblo…?

Duda (III) En el supuesto, manifiestamente comprensible, entre lo que quiere el pueblo y lo que quiere el partido ¿me podrían decir en qué lugar de la balanza se ubicara el concejal, el diputado, el senador…?

Puedo afirmar y afirmo que si un representante del partido (que no de los que le votaron) se mantuviere en sus trece en defensa del interés ciudadano ante el referido partido, caerá en ‘desgracia’, y una nota oficial posterior hará saber a los ciudadanos que el concejal (éste o el otro), ha renunciado al puesto por ‘motivos personales’.

¿Cómo poner fin a tan mala ‘praxis’? Para ello, entre otras razones, se necesita un cambio que ha de comenzar por arrinconar batallas, enfrentamientos, rencillas grupales (partidos) y devolver la confianza perdida a los ciudadanos. A ello no se llega a través de ideas populistas, impregnadas de sectarismo partidista, sino a través de hechos y buscando el consenso. No al insulto, no la frase barriobajera. Y para ello es fundamental no mentir ni lanzar promesas imposibles de cumplir. Sea quien fuere quien infringe.

Duda IV. Suponga que usted va de compras y en todo comercio, tienda o similar tiene la percepción –que no se le va de la cabeza-, de que le han mentido ¿Volvería? ¿Invitaría a sus congéneres a que lo hicieran?

Nada va a cambiar. No se haga ilusiones. Votar es un derecho democrático. ¿Mentir a la ciudadanía, incumplir e insultar están también en el mismo paquete? ¿Y qué consecuencias tiene para quienes así se comportan? ¡Ninguna! Y hay que ver la cantidad de burradas que se hacen y dicen bajo el ‘amparo/paraguas’ de la democracia.

Nota resumen: ‘Al final/las cosas quedan las gentes se van/otros que vienen las continuarán…/

/…¡La vida sigue igual!

Hágase un selfie y sonría…por favor.