El vino del esposo

El padre Frédéric Manns, profesor del Studium Biblicum Franciscanum de Jerusalén ha mostrado, con su habitual competencia, que en el Evangelio de Juan existe una ‘sinfonía esponsal’. Desde el inicio del Evangelio, Juan Bautista se denomina ‘amigo del esposo’, que es Cristo. El título ‘esposo’, aplicado a Cristo, es quizás uno de los menos conocidos entre los cristianos de a pie. Otros títulos se han impuesto con más preeminencia: Mesías, Hijo de Dios, Hijo del Hombre. Pero este de ‘esposo’ es de enorme importancia porque recoge la gran tradición del Antiguo Testamento, según la cual Dios es el esposo de Israel con quien se ha comprometido en una alianza eterna. A nadie se le escapa que el título de ‘esposo’ lleva consigo connotaciones humanas, afectivas y psicológicas que están ausentes en otros títulos. Podríamos decir que llamar a Jesús ‘esposo’ es afirmar que en él, el hombre —varón o mujer— puede encontrar la plenitud afectiva que anhela como base de su felicidad. En cierto sentido es lo que dice san Agustín: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón anda inquieto hasta que descanse en ti». Pero, de modo indirecto, aplicar a Jesús el título ‘esposo’ confirma algo propio del evangelio de Juan: en Jesús se ha hecho presente Dios mismo, quien, según los profetas, viene a unirse a la humanidad en unos esponsales de fidelidad eterna.

En la liturgia de este domingo se confirma lo que venimos diciendo. La lectura del profeta Isaías es un poema de amor en la que se dice a Israel: «El Señor te prefiere a ti, y tu tierra tendrá su esposo. Como un joven se desposa con una doncella […] como se regocija el marido con su esposa, se regocija tu Dios contigo» (Is 62,5). El profeta utiliza, además, una imagen poética llena de significado, pues ante la vista de Jerusalén con su muralla almenada que el sol de la aurora cubre de luz, dice: «Serás corona fúlgida en la mano del Señor y diadema real en la palma de tu Dios» (Is 62,3). Dios es el rey victorioso, que como el sol, ilumina a su ciudad santa que «parece una corona refulgente sobre el monte visible desde lejos y magnífica» (Schökel).

Que Jesús haga su primer milagro en las bodas de Caná tiene que ver con esta «sinfonía esponsal» de la que habla F. Manns. No es causalidad que Jesús quisiera participar en unas bodas y que, en su trascurso, ofreciera un vino espléndido y abundante. ¿De qué otra manera podía manifestarse Dios sino en la abundancia de sus dones? La venida del esposo definitivo de la humanidad se hace patente en el ‘signo’ de Cristo que ilumina a los comensales con la gloria y la fe de su actuación. La presencia de María como ‘mujer’ resalta el simbolismo. Ella es la imagen del nuevo pueblo de Dios que invita a los criados a servir al Mesías y preparar así la alianza nueva: «Haced lo que él os diga». Estas palabras recuerdan las de Moisés en la conclusión de la alianza primera. Jesús ha llegado como el ‘esposo’ definitivo del pueblo de Israel y todos deben ponerse a disposición suya para celebrar las bodas definitivas. La cantidad de agua transformada en vino —600 litros—, teniendo el cuenta que el vino «alegra el corazón del hombre», subraya que Dios no escatima sus dones, sino que los reparte sin medida a quien se le acerca y se deja amar por él.

Presenciamos, pues, la auto-manifestación de Jesús al inicio de su ministerio que desencadena otras revelaciones de sí mismo y que culminarán en la cruz, donde de su costado abierto nacerá la esposa —la Iglesia— que, unida a él, proclamará su amor a todas las generaciones. Allí, en la cruz, Jesús ofrecerá el vino nuevo y revelará el amor infinito que le trajo a habitar entre los hombres.


(*) Obispo de Segovia.

César Franco
César Franco
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César Augusto Franco Martínez (Piñuécar, Madrid, 16 de diciembre de 1948) es un sacerdote católico español, obispo de Segovia desde 2014. Fue obispo auxiliar de Madrid entre 1996 y 2014.