El turismo frenético

El verano es tiempo de ocio, de descanso, de viajes, de acercarse a otros lugares, a otras culturas. Ya se sabe que no es lo mismo un viajero que un turista, pero lo peor es cuando convertimos el placer de un viaje en puro “turismo frenético”. Se lo escuché al cardenal Ravasi, el “ministro de Cultura” del Vaticano, en un encuentro organizado por la revista Vida Nueva. Decía Ravasi que hoy impera el turismo frenético en el que el visitante no ve con los ojos, pues ahora es la célula fotográfica del móvil la que mira por él. En lugar de mirar lo bello y detenerse para contemplarlo, el turista frenético, rodeado de cientos de personas, visita decenas de lugares, hace mil fotos, que posiblemente nunca vuelva a ver, y no mira lo que tiene delante. O se hace uno o varios selfies, incluso en las situaciones más arriesgadas, y lo sube inmediatamente a las redes para que todos sepan que ha estado allí, aunque no haya visto lo que había allí. Es como grabar un concierto con el móvil. Te lo pierdes en directo pero lo tienes grabado para, posiblemente, no verlo nunca más. Los turistas, especialmente en muchas excursiones organizadas, pasan por las ciudades y salen vacíos por la masificación, las prisas y la incapacidad para la contemplación. Lo quieren ver todo en el menor tiempo posible para, en realidad, no ver nada. No son viajeros, son turistas de la vida. Y, seguramente, lo son también en casi todas las demás facetas de su vida.

Viajar es otra cosa y debería ser obligatorio y estar subvencionado por los gobiernos. Viajar enseña tolerancia y respeto por los demás. Viajar es siempre un acontecimiento especial, una ocasión única que tal vez no se repita nunca más o que, precisamente por ser excepcional, nos haga volver al mismo lugar muchas más veces. Viajar es conocer personas y culturas diferentes, otras creencias, distintas formas de ser y de estar en la vida. Viajar es probar comidas y bebidas nuevas, llevarse experiencias y aprender de otras gentes.

Viajar tiene algo de peregrinación —todas las tradiciones religiosas cuentan con un viaje sagrado— y nuestro Camino de Santiago es una mezcla perfecta de viaje y peregrinación y no solo para los católicos. Hacer el Camino es una búsqueda de emancipación y de la verdad, la búsqueda de uno mismo. Es cierto que para los creyentes es algo más. Como decía San Pablo, “aquí no tenemos ciudad permanente, sino que andamos en búsqueda de la ciudad futura”. Casi todos, creyentes o no, estamos en camino hacia esa “ciudad futura”. Pero cada vez es más difícil entender nuestras ciudades, nuestra historia, nuestras raíces, entre otras razones por la secularización de la cultura y la marginación de la enseñanza de la religión en las escuelas. Como también decía el cardenal Ravasi, “quien entre actualmente en un museo histórico y no conozca nada de la Biblia o de los Evangelios no entenderá el 70 por ciento de las obras expuestas” y pasará por ellas con absoluta superficialidad.

Una peregrinación, terminaba Ravasi, debe contener tres elementos: la necesidad de “dejar algo atrás”, aunque sea temporalmente –la vida habitual, la casa propia–; “el encuentro con el misterio”; y la proyección hacia el futuro: “No vuelvas a casa como estabas cuando te fuiste, algo dentro de ti tiene que haberse transformado”. Benedetti lo dice de una forma maravillosa: “No te rindas que la vida es eso, / continuar el viaje, / perseguir tus sueños, / destrabar el tiempo, / correr los escombros y destapar el cielo”. Hay que viajar más, mucho más.