El suelo del infierno

A los jóvenes no se les puede recriminar su inmadurez: son jóvenes. Sin embargo, los jóvenes de Podemos que hace unos ocho años desembarcaron en la política nacional con ganas de comerse el mundo (otra cosa de jóvenes), ya no son tan jóvenes, y ni la inconsciencia, ni la desmesura, ni la arrogancia, ni la precipitación de su poca edad de antaño se avienen hoy con lo que se espera de gente que ya va peinando sus primeras canas.

Eso no tendría mayor importancia, pues en estos tiempos se madura tarde o no se madura nunca, si no fuera porque algunos de esos jóvenes han tocado el pelo del poder, forman parte del gobierno de la nación y de su mano está promover y en su caso dictar leyes y decretos que afectan a la vida de las personas, a algunas tan gravemente como a las víctimas de agresiones sexuales que ahora ven que sus verdugos pudieran beneficiarse de una de esas leyes de trazo improvisado y pueril.

Prefiero hablar de inmadurez y no de incompetencia o de ignorancia en la elaboración de la ley llamada del “solo sí es sí”, pues otros se encargan de usar éstos últimos conceptos como catapulta para sus andanadas de feroces insultos a su creadora, la ministra Montero. De incompetencia e ignorancia ha dado ésta, sin duda, numerosas muestras desde su ministerio, que no parece de Igualdad, sino más bien de feminismo bronco, supremacista y adverso, en consecuencia, al feminismo necesario y racional, pero más grave me parece la inmadurez cuando se trata de abordar desde la ley un asunto tan terrible como el de las agresiones sexuales a las mujeres, desde el falsamente inocuo piropo callejero a la violación.

La ministra Irene Montero puede ser todo lo inmadura que quiera, cual sugiere la ley inmadura que ha alumbrado, pero a lo mejor lo que no puede ser es ministra. Dicen sus afectos que la ley del “solo sí es sí” es benéfica y necesaria, que su intención es buena, pero de buenas intenciones, solo de buenas intenciones, está empedrado el suelo del infierno. Su aplicación material ha resultado catastrófica, y más, si cabe, la justificación en base a que entre los jueces (más de la mitad, por cierto, son juezas) hay mucho machismo.

Muchas víctimas de agresiones sexuales, que han tenido que transitar, por serlo, por un camino difícil, han de hacerlo ahora por el suelo del infierno empedrado por esa ley tan bienintencionada de Montero.