El soma tecnológico

En la novela distópica de Aldous Huxley, ‘Un mundo feliz’, para encontrar un estado de bienestar ficticio los ciudadanos toman una droga, el soma, que genera dependencia y anula su pensamiento y sus ideas; felicidad absoluta. ¿Les suena? ¡Soma, soma! Esta droga recuerda a la dependencia que tenemos de las pantallas y de su tecnología. Ambas, son drogas limpias que nos elevan a una felicidad socialmente autoimpuesta. Para más escarnio, Ray Bradbury en ‘Fahrenheit 451’ imagina una sociedad en que no se lee y se queman los libros. Veamos.

Soy un usuario habitual del transporte público —especialmente del metro ligero— que, por su comodidad me permite ir sentado y leyendo. Vale. Además, intento observar aquello que me rodea e interesa y de ahí saco mis propias conclusiones estadísticas. Veamos una de ellas; por cada persona que en el transporte público va leyendo en papel hay al menos dieciséis usuarios con un dispositivo electrónico. ¡dieciséis a uno! Según el “Barómetro de hábitos de lectura y compra de libros en España 2023” aproximadamente un tercio de los españoles nunca leen un libro. El mismo estudio dice que la lectura en formato digital ronda el 30% de los lectores. Y, aunque no es ahí donde quiero llegar, es algo que me chirría porque no cuadraría con mi estadística salvo que el diferencial de mis usuarios de metro se dedique a mirar juegos, redes sociales, webs… Vale, por ahí va la cosa.

El caso es que hace unos días, en la estación del metro de Alonso Martínez —no funcionaba la escalera mecánica— buena parte del personal bajaba raudo las escaleras mirando su pantallita sin atender a dónde ponía el pie. ¡Soma, soma, resonaba en mis oídos! Una octogenaria hacía equilibrios descendiendo las escaleras con su bastón y la bolsa de la compra mientras que, aparentemente contestaba mensajes con la pantalla a pocos centímetros de su cara. ¡Para haberse matado! Un hombre de mediana edad también bajaba abducido por su tableta mientras tropezaba con la maleta de una chica de pelo azul que iba delante con unos cascos, por supuesto a su bola. ¡Suerte! El riesgo es asumible siempre que nos compense, supongo. ¿Recuerdan ustedes aquel muchacho que murió despeñado por hacerse un selfi? Pues eso, según la Fundación iO cada semana muere una persona por hacer postureo en redes; por intentar tomar arriesgadas dosis de soma fotográfico y acompañarlo de ‘likes’. Y es que, las pantallas nos están idiotizando a marcha forzada y —lo dicen los psiquiatras— por eso aumentan los diagnósticos de Trastornos de Déficit de Atención (TDA), no sólo en niños, también en adultos. El psicólogo Marc Masip, fundador de Desconect@, lo llama heroína del siglo XXI. Hagamos una prueba; ¿Quién no ha puesto una película y poco después, comienza a trastear con su móvil olvidándose de ella? ¿Cuántas personas al levantarse consultan el WhatsApp y sus redes sociales? Hipnopedia social, el soma de la conexión está presente y por eso distintos estudios dicen que consultamos el móvil —a veces de forma involuntaria—más de cien veces de media al día ¡Cien veces! Ante el estímulo tecnológico que nos dispersa deberíamos ser conscientes y selectivos —más si el usuario es un chaval—ya que reduce nuestra capacidad de concentración. Y consecuentes con ello, parece que los móviles se van regulando en los colegios. Bien. La tecnología no es mala, lo malo es su uso desbocado.

Premonitoriamente, la sociedad distópica de Huxley y de Bradbury se cumple a medias. Contra la droga del soma tecnológico que nos aturde con felicidad precocinada, todavía tenemos el refugio terapéutico de los libros —que con salvedades aún no se queman— aunque los lectores reticentes sean un tercio de la población. ¡Uno de cada tres! Bradbury decía que no hace falta quemar libros si el mundo se llena de gente que no lee, que no aprende, que no sabe porque, añado, el soma de dopamina en la pantalla nos genera otras necesidades.

Al atontamiento de la población que los romanos llamaban pan y circo, yo lo llamo soma tecnológico. En fin, voy a seguir con mis observaciones de andar por casa para ver qué conclusiones saco.