El Señor Montero

En nuestro instituto el don estaba reservado a pocos profesores: don Hilario, don Rafael, de religión. Para algunos, entre nosotros, usábamos nombre y apellidos: Mari Carmen Ponz; la mayoría era referida por su apellido: Córdoba Truiillano, Cueto, Darmendrail. Señor, señor, al menos para mí, se reservaba para el Sr. Montero: mi profesor de Literatura.

Su presencia ya impresionaba: Llegada en taxi, un traje cada día sin que le faltara su chaleco correspondiente, que solo con el paso del curso se pudo comprobar que no eran 375 sesenta y cinco, el cabello siempre igual de largo y peinado, las uñas recortadas, aparentemente con manicura, los gemelos asomando por el puño. El quita y pon de las gafas, de concha para lejos, de concha para cerca, no dejaba ver con claridad sus ojos. Su sonrisa alternaba con un gesto de seriedad que imponía: entre concentrado y absorto; muy pocas veces dejaba salir una carcajada. Y lo más de lo más: con un tono bastante monocorde imponía silencio en el aula, sin necesidad de levantar la voz, sin dar orden alguna, cuanto más regañar, poner negativos, expulsar. Nunca se violentó con ningún alumno. Jo.

Yo me lo comía con los ojos, con las orejas. Casi no necesitaba estudiar para aprobar porque mi atención y mi interés eran tantos que asimilaba y retenía con el directo. Solo cuando me propuso matrícula de honor llegué a memorizar todas las obras de Benito Pérez Galdós, Episodios Nacionales incluidos, con su año de publicación. Alarde inútil: me dio matrícula sin demostrar que me lo sabía.

El resto del alumnado no le profesaba tanta admiración como yo. Hacían chistes a su espalda y caricaturizaban su pulcritud. Como aquella vez que, después de acudir a la representación de ‘La Detonación’, de Buero Vallejo, empezaron a corear en el autobús: “Venimos de Madrizzzz”, porque él nos había advertido de que no era ni madrí, ni madrit, ni madriz, sino más bien madride. Por lo demás sus clases transcurrían en un silencio respetuoso que a mí me parecía el clima ideal para disfrutar aprendiendo.

Más allá del aprendizaje yo salí disparado a iniciar mi carrera de escritor. Ya me habían animado otros profesores antes. Pero su ejemplo, trato y sabiduría, y la satisfacción que me dio que el Sr. Montero comentara en clase mi colaboración en El Adelantado, encaminaron mi vocación hacia las letras.

Para el Sr. Montero, a diferencia del centro escolar del País Vasco en el que ponen a Federico García Lorca en el la lista de “los de fuera”, todos los autores eran de los nuestros si no directamente segovianos, ya fuera el alicantino Azorín, el vasco Baroja, el canario Pérez Galdós, el cántabro Gerardo Diego, el abulense Juan de la Cruz y por ahí seguido. Recaía en madrileñismo y ponderaba mucho a su querido Arniches.

Si algo distinguía la literatura del Sr. Montero era el uso recurrente de la poesía de Antonio Machado. Para él Antonio Machado no era ni sevillano ni soriano: era segoviano. Salvo la ‘vieja cancela’ en la que rechinaba su llave modernista, lo demás era 98 y “palabra esencial en el tiempo”.

A diferencia de otros profesores de literatura que mareaban con continuos comentarios de texto donde los alumnos siempre incurríamos en ignorancia, el Sr. Montero se pasó toda una hora haciendo un comentario del poema XXIX de ‘Proverbios y cantares’, apenas diez versos, “Caminante, son tus huellas/ el camino, y nada más”. Empezó por leerlo como se debe, sin el soniquete vulgar y populachero que lo caracteriza y confunde. Terminó con el desesperado final: no hay camino. No era un comentario cualquiera, era aprender a leer, a pensar, a ser persona.

Más conmovedora fue la clase donde nos leyó ‘Valle, Vallejo’, poema que Gerardo Diego dedicó a la muerte de su amigo, el poeta peruano César Vallejo. Sin terminar el poema se paró a secarse las lágrimas, nos pidió disculpas porque recientemente se le había muerto al Sr. Montero un amigo. Entonces, más por vergüenza que por miedo, no tuve valor para darle las gracias. Para mí eso era la poesía: lo que te hace llorar de emoción. Esa era la demostración práctica. Se me ha ido sin decírselo.

Un día me invitó a dar un paseo por la Cuesta de los Hoyos. Disfruté como un enano. Terminó invitándome a un café en el Juan Bravo, donde se lamentó del poco provecho propagandístico y comercial que Segovia sacaba a la presencia de Antonio Machado, puesto que Don Antonio acudía con asiduidad a esa cafetería.

Asistía yo indefectiblemente a sus conferencias en San Quirce donde tanto como el contenido degustaba su expresión, su música, su cadencia: como cuando le escuchaba dando clase. Las palabras parecían notas de una partitura, perfectamente medida, pero ay, a mí me sabían a poco. En estas ocasiones, una vez más, quitarse las gafas de cerca y guardarlas en su funda era la señal inequívoca de que la disertación estaba a punto de concluir.

Mantuve correspondencia con él. Siempre me contestaba en unos tarjetones, breve pero cariñosamente.

Cuando le envié mi primer libro publicado, que a la postre también fue el último, me respondió, entre agradecimientos y cortesías: “¿Se han enterado en Segovia del libro y de que su autor es un escritor notable?” Porque yo aspiraba a que él mismo, qué iluso, con el tiempo, me incluyera en esa tanda de escritores tan bien valorados como desconocidos, los Rodao, Fernández Berzal, Martín Marcos… Al final solo he conseguido lo segundo, a pesar de su aprecio.

Cuando recibí la invitación para la presentación de su libro “Del amor y otras catástrofes” acudí al Casino de Madrid con la misma ilusión de alumno. Me sentí como un miembro de la nobleza, no la de títulos de abolengo, sino la de la sensibilidad y la sabiduría. Apenas se le notaba el paso de los años o la tristeza lentamente molturada por la pérdida de su esposa: aspecto pulcro, media sonrisa, música al hablar. Tras las palabras de los intervinientes se pasó a la firma de ejemplares. Su dedicatoria supuso la guinda del pastel: “Para Mario Antón Lobo, amigo dilecto, alumno ejemplar, con mucho cariño. José Montero Padilla”. Ya voy aprendiendo que las dedicatorias son otro género literario, que a él le gustaba mucho el adjetivo dilecto, pero, amigo, como dijo el otro: “Lo escrito, escrito está”.

Todavía lo volví a ver en la boda de mi sobrina, que se casaba con un sobrino suyo. Nos volvimos a reconocer como dos personas que se quieren, aunque el diálogo fue breve, actuando yo de fotógrafo cuasi oficial.

Ahora mi sobrina me informa de que murió Pepe. Casi me parece irreverente que alguien le pueda llamar tan familiar, coloquialmente, a mi Sr. Montero.

Mi madre no terminó comprándome el traje de pana fina marrón como el del Sr. Montero, a pesar de que aprobé todas, como habíamos quedado. No cuajé como escritor, como el Sr. Montero y yo llegamos a proyectar. Pero mientas yo viva el Sr. Montero no morirá del todo, como mis padres, como mis amigos Tere y Sindi, porque le recordaré tanto y tan bien que parecerá que está en su Madrid, o veraneando en La Granja o por ahí, preparando otra publicación, otra conferencia.

Gracias, Sr. Montero.

Hoy me voy a dejar llorar un poco, por él. No pediré perdón porque lo consideraré prueba del mucho cariño que yo le tenía, que yo le tengo.